Rosas Negras

Capítulo 1: Agnes Clement

Capítulo 1:"Agnes Clement"

Agnes Clement observó por la ventana mientras el automóvil avanzaba por una carretera cada vez más alejada de la ciudad. Durante los últimos kilómetros había dejado de reconocer los lugares por los que pasaban. Las casas eran menos frecuentes, los árboles ocupaban buena parte del paisaje y el camino parecía prolongarse entre extensiones de terreno que no conocía. A su lado, Faith apoyaba la cabeza contra su brazo cada vez que el automóvil tomaba una curva, mientras que Abel dormía con la boca ligeramente abierta, abrazado a un pequeño muñeco que había insistido en llevar consigo. Leo hacía preguntas de vez en cuando, aunque no siempre sabían si realmente esperaba una respuesta o simplemente buscaba algo con lo que distraerse.

Alex estaba sentado del otro lado de los niños. Llevaba varios minutos mirando por la ventana en silencio, con los brazos cruzados y una expresión que intentaba parecer tranquila. Agnes lo conocía demasiado bien para creer que lo estaba.

Ninguno de los cinco hablaba demasiado sobre lo que había ocurrido. Habían pasado suficientes días desde el accidente como para que las palabras relacionadas con la muerte de sus padres hubieran dejado de resultar nuevas y, al mismo tiempo, demasiado pocos como para que pudieran pronunciarse sin que algo dentro de ellos se tensara. Había momentos en los que Agnes tenía la impresión de que todos estaban esperando que alguien dijera que había sido un error, que sus padres estaban vivos y que regresarían a casa antes de que terminara el día.

Nadie lo decía.

Ella tampoco.

A veces pensaba que la tormenta había sido lo único que recordaba con claridad de aquella noche. La lluvia golpeando con fuerza contra los cristales, los relámpagos iluminando las ventanas y los adultos hablando en voz baja después de recibir la noticia. Después venían los recuerdos más confusos: llamadas telefónicas, rostros que no conocía, documentos sobre una mesa, personas preguntando qué iban a hacer con los niños y alguien mencionando que no podían permanecer solos.

Sus padres habían muerto durante una tormenta en un accidente de transito.

Eso era lo que importaba.

Jude y Lily ya no volverían.

Agnes había escuchado tantas veces esas palabras que habían terminado perdiendo parte de su significado. Sabía que su padre había muerto. Sabía que su madre también. Lo sabía de la misma manera en que sabía que tenía diecisiete años, que Alex tenía quince y que Faith tenía seis. Era un hecho. Una cosa que había sucedido.

Lo difícil era entender todo lo que venía después.

Porque sus padres habían muerto y, de repente, Agnes había empezado a hacer cosas que antes nunca había tenido que hacer. Se aseguraba de que Faith llevara suficiente ropa. Recordaba cuándo Leo debía comer. Revisaba que Abel no se alejara demasiado. Contestaba preguntas para las que tampoco tenía respuesta y procuraba que los más pequeños no escucharan determinadas conversaciones de los adultos.

Nadie le había pedido oficialmente que se convirtiera en responsable de ellos.

Simplemente había ocurrido.

Durante unos días, varios familiares habían intentado encontrar una solución. Agnes recordaba fragmentos de conversaciones que había escuchado detrás de puertas entreabiertas, nombres que no conocía y frases que se repetían una y otra vez. No podían separarlos. No era conveniente que cada uno fuera a una casa diferente. No había nadie que pudiera hacerse cargo de los cinco durante mucho tiempo.

Entonces había aparecido el nombre de Jenesis.

La madre de Jude.

Su abuela.

Agnes sabía que existía porque alguna vez había escuchado hablar de ella, pero nunca la había visto. No recordaba haber recibido una llamada suya, una carta o siquiera una fotografía. No tenía recuerdos de haber pasado una Navidad a su lado ni de haberla visto sentada junto a sus padres en una mesa familiar. Era extraño pensar que una persona podía ser su abuela y, al mismo tiempo, sentirse tan desconocida como alguien a quien acabaran de presentarle.

Lo único que sabía era que tenía dinero.

Mucho dinero.

Y una casa suficientemente grande para cinco niños.

Eso había bastado para convertirla en la solución.

Agnes apoyó la frente contra el cristal frío.

—¿Falta mucho? —preguntó Leo desde el asiento.

Alex levantó la vista.

—No lo sé. Ya casi debemos estar llegando.

—Eso dijiste hace veinte minutos.

—Porque hace veinte minutos también pensé que estábamos cerca.

Leo frunció el ceño, pero no insistió.

Faith se movió contra Agnes y abrió los ojos.

—¿Ya llegamos?

—Todavía no.

La niña volvió a cerrar los ojos.

—Cuando lleguemos, ¿podemos ver nuestra habitación?

—Sí.

—¿Y puedo dormir contigo?

Agnes miró hacia ella.

—Sí, Faith.

La respuesta pareció tranquilizarla. Faith volvió a acomodarse contra su hombro, y Agnes pasó un brazo alrededor de ella. Alex observó la escena durante unos segundos antes de apartar la vista.

El automóvil comenzó a reducir la velocidad poco después.

Agnes se incorporó al sentir que los demás también empezaban a prestar atención. El camino se volvió más estrecho y los árboles se apartaron lentamente, dejando ver detrás de ellos una propiedad rodeada por una extensa verja.

La mansión apareció al final del camino.

Agnes no pudo evitar quedarse mirándola.

Había imaginado una casa grande. No había imaginado aquello.

El edificio se levantaba varios pisos sobre el terreno, con una arquitectura antigua que parecía pertenecer a otra época. La piedra oscura contrastaba con los grandes ventanales y las molduras claras que rodeaban algunas de las ventanas. Varias torres pequeñas sobresalían del techo, y una escalinata conducía hasta la entrada principal. Todo estaba perfectamente conservado. No había pintura descascarada, ramas creciendo entre las paredes ni ventanas rotas que justificaran la sensación extraña que Agnes experimentó al verla.




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