Capítulo 2:
"Jenesis Natasha Galanis"
Jenesis sentía que no había dormido en toda la noche. La casa que había conocido durante tantos años, cuyos pasillos podía recorrer incluso con los ojos cerrados y cuyos sonidos le habían resultado familiares durante gran parte de su vida, se sentía ahora extraña, ajena e incómoda. Permanecía acostada en la oscuridad, con los ojos abiertos y la mirada fija en el techo, escuchando cada pequeño sonido que se filtraba desde las habitaciones y los corredores. Podía distinguir el crujido ocasional de la madera bajo el peso de alguien que caminaba, el leve movimiento de una puerta y hasta las respiraciones de los niños mientras dormían, como si las paredes hubieran dejado de protegerla del resto de la casa y, en cambio, se hubieran vuelto demasiado delgadas. Sabía que probablemente estaba exagerando y que aquellos sonidos habían estado allí mucho antes de que ellos llegaran, pero su mente parecía incapaz de aceptarlo. Quizá no era la casa la que había cambiado, sino ella, y una parte de sí misma se resistía todavía a admitir que, después de tantos años, ya no volvería a sentirse completamente sola allí.
Por la mañana, Jenesis hizo que sus chefs prepararan un desayuno adecuado para los niños y después se sentó a esperar en el comedor, procurando mantener una actitud tranquila mientras observaba cómo la mesa quedaba preparada. Había pedido que hubiera suficiente variedad para que cada uno pudiera encontrar algo que le gustara, aunque no estaba segura de cuáles eran sus preferencias ni de cuánto acostumbraban a comer por las mañanas. Mientras esperaba, se descubrió acomodando pequeños detalles que ya estaban en su lugar, como si necesitara mantener las manos ocupadas para no pensar demasiado en la presencia de los cinco niños en la casa. De vez en cuando dirigía la mirada hacia la puerta del comedor, esperando escuchar sus pasos, y cada vez que el silencio volvía a instalarse se preguntaba cuánto tardarían en aparecer.
A media mañana, finalmente, Agnes apareció en el comedor con el cabello completamente despeinado y una expresión de evidente cansancio, mientras Faith avanzaba a su lado con tanta energía que prácticamente parecía arrastrar a su hermana detrás de ella. La diferencia entre ambas hizo que Jenesis no pudiera contener una pequeña sonrisa. Agnes apenas parecía haber terminado de despertarse, mientras que Faith se movía con una vitalidad que contrastaba por completo con el sueño que todavía pesaba sobre la mayor de las dos. Por un instante, aquella escena le resultó extrañamente familiar, casi doméstica, y Jenesis se permitió observarlas sin la misma tensión que había sentido durante la noche.
Detrás de ellas apareció Alex, llevando a Abel en brazos. Jenesis levantó la mirada y, en cuanto vio el rostro del niño, sintió un dolor repentino en el pecho que la obligó a contener el aliento durante unos segundos. Era exactamente igual a Jude. No se trataba únicamente de un parecido vago o de alguna característica que pudiera recordar a su hijo; había algo en sus facciones, en la forma de sus ojos y en aquella expresión tranquila que hizo que un recuerdo que había intentado mantener enterrado regresara con una claridad incómoda. Jenesis apartó la mirada casi de inmediato y obligó a sus pensamientos a regresar al presente, negándose a permitir que aquel parecido significara algo más de lo que realmente era. Era un niño, nada más. Un niño que acababa de llegar a su casa y que no tenía ninguna responsabilidad sobre los recuerdos que ella había decidido dejar atrás.
—Buenos días. ¿Cómo durmieron? —preguntó Jenesis, obligándose a sonreír mientras los observaba entrar al comedor. Intentó que su voz sonara tranquila y natural, aunque todavía sentía cierta incomodidad al tenerlos a todos reunidos frente a ella. Había pasado buena parte de la mañana pensando en cómo recibirlos y procurando que el desayuno estuviera preparado antes de que aparecieran, como si aquellos pequeños detalles pudieran ayudarla a hacer que la situación pareciera más normal de lo que realmente era.
—Muy bien —respondió Alex con una sonrisa mientras acercaba una de las sillas y sentaba a Abel con cuidado. El niño todavía parecía algo adormecido y permaneció tranquilo en su lugar, mientras Alex se aseguraba de que estuviera cómodo antes de tomar asiento junto a él.
Faith asintió de inmediato, acompañando el gesto con una sonrisa que dejaba bastante claro que, al menos para ella, la mañana no representaba ningún problema. Agnes y Leo, en cambio, parecían pertenecer a una categoría completamente distinta. Ninguno de los dos respondió a la pregunta. Agnes tomó asiento con el cabello todavía despeinado y una expresión cansada, mientras Leo hizo lo mismo sin siquiera levantar demasiado la mirada, como si la simple idea de mantener una conversación a esa hora requiriera un esfuerzo que todavía no estaba dispuesto a realizar. Jenesis los observó durante unos segundos y comprendió que, al parecer, no todos los niños eran personas de la mañana, aunque aquella falta de respuesta no pareció molestarle.
Los niños comenzaron a comer con entusiasmo y, al ver que ninguno parecía tener problemas con el desayuno que había preparado, Jenesis sintió un ligero alivio. Había pasado buena parte de la mañana preocupándose por cosas que probablemente no necesitaban tanta atención, preguntándose si la comida sería de su agrado, si se sentirían incómodos en aquella casa o si encontrarían alguna razón para rechazarla. Sin embargo, por el momento todo parecía transcurrir con normalidad. Faith era quien más disfrutaba de la comida y comía con una energía que hacía sonreír a Jenesis de vez en cuando. Fue precisamente mientras la observaba cuando la niña levantó la mirada hacia ella y adoptó una expresión que Jenesis reconoció de inmediato; era esa mirada expectante, acompañada de un pequeño cambio en la postura y una paciencia fingida, que cualquier mujer que hubiera tenido hijos habría aprendido a reconocer antes de escuchar la petición que estaba a punto de recibir.
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Editado: 20.10.2026