Rosas Negras

Capítulo 3: Agnes Clement

Capítulo 3:

"Agnes Clement"

Agnes sentía que habían pasado años desde que sus padres habían muerto, desde aquella última etapa en la que su familia parecía haberse acostumbrado a vestir de negro y hablar en voz baja mientras discutían qué harían con los cinco niños, como si fueran una responsabilidad incómoda que alguien debía aceptar tarde o temprano. Todavía podía recordar aquellas conversaciones entre murmullos, las miradas que se cruzaban entre los adultos y la manera en que evitaban hablar directamente con ellos, como si la muerte de sus padres los hubiera convertido de pronto en un problema que debía resolverse. Para Agnes, aquellos días parecían pertenecer a una vida completamente diferente, aunque todavía podía recordar con demasiada claridad la sensación de estar sentada cerca de ellos, escuchando palabras que no debía escuchar y comprendiendo poco a poco que nadie sabía realmente qué iba a suceder con su familia.

También le parecía que habían pasado años desde la última vez que había estado en su propia casa, aunque en realidad solo habían transcurrido unas semanas. Antes de todo aquello, conocía cada rincón de su habitación y podía reconocer el sonido de los pasos de sus hermanos por el pasillo sin necesidad de verlos. Estaban su escuela, sus amigos, las calles que recorría con frecuencia y el marco de una puerta donde, durante años, alguien había marcado su altura con pequeñas líneas y fechas que demostraban cuánto había crecido. Eran cosas simples que nunca había pensado que pudiera perder, precisamente porque siempre había creído que seguirían allí cuando regresara a casa. Ahora, en cambio, todo aquello parecía estar demasiado lejos, como si la distancia no pudiera medirse únicamente en kilómetros.

El lugar al que habían llegado no se parecía en nada a lo que Agnes conocía. La única manera en que conseguía describirlo era como aterrador, aunque no porque hubiera algo evidentemente peligroso en sus calles, sino por la sensación que le producía recorrerlas. Se parecía demasiado a esos pueblos que aparecían en las películas de terror, lugares donde las casas parecían demasiado antiguas, las calles permanecían casi vacías y nunca parecía haber demasiadas cosas que hacer. No estaba segura de si aquello era realmente una ciudad o si debía considerarlo un pueblo, pero la diferencia no parecía importar demasiado. Había pocas personas caminando por las calles, pocos negocios que llamaran su atención y una tranquilidad que, en lugar de resultarle agradable, hacía que todo pareciera todavía más extraño. Incluso durante el día, cuando había luz suficiente para ver con claridad las fachadas y los caminos, Agnes tenía la impresión de que aquel lugar permanecía apartado de todo lo que conocía, como si la vida allí avanzara a un ritmo distinto al del resto del mundo.

Miraba por la ventana cada vez que podía y trataba de encontrar algo que le resultara familiar, alguna calle concurrida, un grupo de estudiantes, una tienda donde pudiera imaginarse entrando con sus amigos después de la escuela. Pero no encontraba nada de eso. Solo veía el pueblo extendiéndose alrededor de la casa, tranquilo y casi inmóvil, y esa quietud le recordaba constantemente que ya no estaba donde pertenecía. Por más que intentara convencerse de que solo sería cuestión de tiempo acostumbrarse, una parte de ella seguía esperando despertar una mañana y descubrir que todo había sido un error, que sus padres seguían vivos y que volvería a preocuparse por cosas mucho más pequeñas que decidir dónde viviría el resto de su familia.

El camino desde la mansión de aquella señora que se había rehusado a ser llamada abuela, aunque exigía que todos la trataran con la formalidad que esperaba de sus invitados, hasta la escuela era largo y parecía interminable. Alex, con su habitual amabilidad y un humor que Agnes no conseguía compartir aquella mañana, había descrito el trayecto de una manera completamente distinta cuando lo recorrieron por primera vez. Para él, aquel camino era «campestre y relajante, un buen camino por el que pensar», una opinión que Agnes había escuchado sin responder mientras observaba por la ventana el paisaje que se extendía a ambos lados de la carretera. Había árboles, campos, algunas casas dispersas y largos tramos en los que no parecía haber nada más que naturaleza, pero para ella aquella tranquilidad no tenía nada de relajante. Cuanto más avanzaban, más lejos sentía que estaba de todo lo que conocía, y la distancia hasta la escuela parecía aumentar en lugar de disminuir.

Además, pensar era precisamente lo último que Agnes quería hacer. No sabía qué se suponía que debía pensar durante un trayecto tan largo. ¿En qué podía concentrarse sin terminar regresando al mismo lugar? ¿En sus padres y en todo lo que nunca llegarían a ver? ¿En su casa, en sus amigos y en la escuela que había dejado atrás sin siquiera tener la oportunidad de despedirse correctamente? O quizá debía dedicar aquel tiempo a responder las interminables preguntas de Faith y Abel sobre lo que ocurría con los cuerpos de sus padres después de morir, preguntas que parecían no tener fin desde que habían llegado a aquella casa. Agnes podía soportar que sus hermanos fueran curiosos, pero escuchar una y otra vez hablar de gusanos, tumbas y cuerpos cuando todavía estaba intentando aceptar que las dos personas que habían cuidado de ellos durante toda su vida ya no volverían a casa comenzaba a resultarle insoportable.

Faith y Abel viajaban juntos, todavía capaces de encontrar interés en cosas que Agnes ya no podía mirar con la misma inocencia. Probablemente para ellos todo aquello era demasiado reciente y confuso como para comprenderlo realmente, mientras que Agnes sentía que cada conversación terminaba recordándole algo que prefería mantener fuera de sus pensamientos. Había días en los que deseaba que alguien simplemente dejara de preguntarle cómo se sentía, que dejara de intentar convencerla de que con el tiempo las cosas mejorarían y que, por una vez, nadie mencionara a sus padres. No quería pensar en ellos durante aquel camino, pero tampoco podía dejar de hacerlo. Cada árbol que pasaba detrás de la ventana, cada curva de la carretera y cada minuto que la alejaba de la mansión parecían darle más tiempo para recordar una vida que se había terminado demasiado rápido, mientras el resto del mundo continuaba avanzando como si nada hubiera ocurrido.




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