Capítulo 5:
“Agnes Clement”
—Estoy bastante seguro de que entra a nuestro cuarto mientras dormimos —aseguró Alex.
Ambos regresaban a la mansión después de un día normal de clases. El camino seguía siendo largo, pero Agnes ya no lo encontraba tan hostil como durante su primer recorrido. Ahora le parecía, como mucho, decentemente hostil, con la posibilidad bastante concreta de encontrarse con un oso en algún punto del trayecto, tal como Leo había sugerido en reiteradas ocasiones.
De hecho, Alex y Agnes comenzaban a pensar que aquello era más que una simple posibilidad para su hermano menor. Leo hablaba de los osos con tanta emoción que, en ocasiones, parecía esperar sinceramente que uno apareciera frente a ellos. Ambos habían llegado a la conclusión de que el niño era un poco morboso.
Aun así, ninguno de los dos admitía que aquellas historias comenzaban a afectarles. Consideraban remota la posibilidad de encontrarse con un oso, pero, casi sin darse cuenta, apresuraban el paso cada vez que escuchaban el crujido de unas hojas a sus espaldas. Entonces uno miraba al otro y ambos terminaban riéndose, avergonzados de haber caído nuevamente en las historias de su hermano menor.
—¿Y para qué entraría a tu cuarto? —se rio Agnes.
—No lo sé, pero abrí los ojos un momento y estaba allí, saliendo del cuarto —explicó Alex—. Y no pretendo faltarle el respeto a nuestra respetable abuela, pero es aterradora. No deseo que ninguna señora me observe mientras duermo.
—O sea que, si fuese una modelo sexy, ¿no te sentirías asustado? —preguntó Agnes, divertida.
—Si una modelo sexy aparece en la puerta de mi habitación, que comparto con mi hermano, en una mansión en medio del bosque y a mitad de la madrugada, creo que estaría bastante asustado —aseguró Alex entre risas.
Agnes soltó otra carcajada. La explicación de Alex seguía pareciéndole absurda, pero tampoco encontraba una razón concreta para pensar que Jenesis hubiera entrado a la habitación con alguna intención extraña.
—Quizás solo escuchó algún ruido y fue a verificar —propuso, intentando encontrarle una explicación coherente a lo ocurrido.
—Supongo que sí. Quizás le pregunté luego —asintió Alex, todavía divertido, aunque la idea parecía no haberlo tranquilizado demasiado.
El gran portón de entrada los recibía con la misma majestuosidad de cada día. A Agnes todavía le resultaba extraño verlo después de regresar de la escuela, como si la mansión adquiriera una apariencia distinta cuando la contemplaba desde el camino.
—Mis amigos dicen que aquí hacían pactos satánicos —bromeó Agnes.
—No me extrañaría. Es lo que les he estado diciendo a todos —admitió Alex entre risas.
Atravesaron el portón y apenas habían avanzado unos metros cuando escucharon el crujido de unas ramas provenientes de los rosales. Ambos se detuvieron casi al mismo tiempo y dirigieron la mirada hacia el jardín.
El ruido había venido de la zona del cementerio. Agnes se acercó a la cerca que separaba las rosas blancas del resto del jardín y entrecerró los ojos, intentando distinguir algo entre los arbustos.
—¿Jenesis? —llamó, sin verla.
Pronto vieron a Connor al otro lado de la cerca, escarbando con insistencia en la base de uno de los rosales mientras tiraba de sus ramas con el hocico. A su alrededor, los pétalos blancos se habían desprendido y cubrían el suelo, mezclándose con la tierra removida por sus patas.
—¡Maldición! —murmuró Agnes antes de saltar la cerca.
Alex la siguió de inmediato, apoyándose en la parte superior de la barda para pasar al otro lado.
—¡Connor! ¡Deja eso! —lo reprendió mientras se acercaba al perro.
Jenesis salió de la casa al escuchar el alboroto. Apenas vio el desastre que Connor había dejado en el rosal, su rostro se transformó. La expresión serena que había mantenido hasta entonces desapareció de golpe y fue reemplazada por una mueca sombría.
—Maldito perro —murmuró mientras bajaba las escaleras con toda la rapidez que le permitía su edad.
Agnes intentó sujetar a Connor por el collar y tirar de él hacia la salida, pero el perro parecía completamente obsesionado con aquel rosal. Hundía las patas en la tierra y tiraba de las ramas con el hocico, ignorando cada intento de apartarlo.
Jenesis llegó hasta ellos y, sin dudarlo, levantó el bastón y golpeó al perro para obligarlo a alejarse. Connor soltó un chillido y se apartó de un salto. El movimiento hizo que el bastón alcanzara también a Agnes en el brazo.
Alex se interpuso de inmediato entre su hermana y la anciana.
—¿Qué cree que está haciendo? —preguntó, sorprendido por el golpe y por el chillido del perro.
Jenesis apenas pareció reparar en Agnes.
—¡Ese perro está matando el rosal de Cain! —exclamó con furia.
Agnes, todavía sujetando a Connor, miró las ramas destrozadas y luego a la mujer.
—Son solo rosas —murmuró mientras comenzaba a arrastrar al perro hacia la salida que comunicaba con el resto del jardín.
—¡Y es solo un perro! —replicó Jenesis.
Se agachó con dificultad y comenzó a recoger los pétalos y las ramas que habían caído al suelo. Lo hacía con movimientos bruscos, mascullando improperios entre dientes mientras intentaba devolver algo de orden al lugar.
Alex permaneció observándola durante unos segundos. Había algo en la manera en que recogía cada rosa, como si no estuviera simplemente limpiando un desastre, sino intentando reparar algo que para ella tenía una importancia mucho mayor de la que podían comprender.
Finalmente, siguió a Agnes.
—Vieja loca —susurró ella, lanzándole una última mirada a Jenesis antes de salir del jardín.
Connor continuaba ladrando y forcejeando con Agnes, obligándola a tirar con ambas manos del collar para mantenerlo en movimiento. Al llegar a la entrada de la casa, Alex tuvo que ayudarla. Se inclinó y levantó con dificultad al perro, que todavía intentaba volver la cabeza hacia el jardín.
#97 en Terror
#693 en Thriller
#317 en Misterio
terror psicológico, misterio y suspenso, horror en halloween
Editado: 20.10.2026