Capítulo 8:
“Jenesis Natasha Galanis”
Sus músculos le dolían como no lo habían hecho en años, pero no podía abandonar la búsqueda. Leo había continuado caminando con determinación, llamando a Connor incluso durante las dos horas posteriores a que sus hermanos se retiraran a dormir. Cada vez que escuchaba un ruido entre los árboles, levantaba la linterna y pronunciaba nuevamente el nombre del perro, convencido de que quizá esta vez obtendría una respuesta.
Jenesis lo seguía en silencio, procurando no quedarse atrás. La culpa le oprimía el pecho mientras observaba al niño avanzar por el bosque, agotado pero incapaz de darse por vencido. Quizá, si nunca hubiese golpeado al cachorro, en ese momento Leo y Connor estarían durmiendo cómodos y abrigados, en lugar de encontrarse los dos perdidos en algún lugar de aquella oscuridad.
El bosque se movía a su alrededor como una sinfonía aterradora, aunque ya demasiado familiar después de tantas horas de búsqueda. El viento hacía crujir las ramas, las hojas se rozaban entre sí y, de vez en cuando, algún sonido surgía de la oscuridad sin que pudieran identificar su origen.
—¿Escuchó eso? —preguntó Leo, levantando la linterna hacia los árboles.
Jenesis apenas volvió la cabeza. El cansancio comenzaba a pesarle en todo el cuerpo y ya no tenía la misma energía para detenerse ante cada ruido.
—Sigue caminando, hijo —le recomendó.
Leo obedeció durante unos pasos, pero enseguida volvió a frotarse los ojos.
—Quizá deberíamos continuar mañana, cuando haya luz —propuso con voz adormecida.
Jenesis levantó la mirada hacia el cielo. No podía ver las estrellas con claridad entre las copas de los árboles, pero por la hora y el agotamiento de ambos supuso que ya debía de ser cerca de la medianoche. Miró a Leo y comprendió que no tenía sentido seguir obligándolo a caminar.
—Ve a descansar. Yo seguiré un poco más —aseguró.
Leo dudó y dirigió la linterna hacia el camino que habían recorrido. Desde allí todavía podían distinguir las luces de la casa entre los árboles. No estaba lejos y el sendero era conocido, por lo que Jenesis sabía que podía regresar solo sin correr demasiado riesgo.
—Está bien —aceptó finalmente.
Jenesis esperó a que comenzara a caminar de regreso antes de volver la vista hacia el bosque. Aún quedaba demasiado por recorrer y Connor seguía sin aparecer.
Leo asintió y comenzó a correr hacia la casa, iluminando el camino con la linterna mientras se alejaba entre los árboles. Jenesis lo observó hasta asegurarse de que había tomado el sendero correcto y luego continuó sola con la búsqueda.
Siguió avanzando durante horas, llamando a Connor de vez en cuando y deteniéndose ante cualquier ruido que pudiera indicar que el perro estaba cerca. El cansancio hacía que cada paso resultara más pesado, pero no estaba dispuesta a regresar todavía.
Cuando la luz del amanecer comenzó a filtrarse entre las ramas, el bosque cambió poco a poco frente a sus ojos. La oscuridad retrocedió y los árboles quedaron bañados por una claridad pálida que revelaba el camino recorrido durante toda la noche.
Jenesis se detuvo por un instante y observó a su alrededor.
Por alguna razón, sintió que aquellos árboles habían permanecido allí durante horas, silenciosos e inmóviles, como testigos de todo lo ocurrido. Como si hubieran presenciado su violencia contra Connor y ahora conocieran aquello que ella prefería no admitir.
Había golpeado a un perro por defender sus rosas.
Jenesis bajó la mirada, incómoda con el pensamiento, y apretó con fuerza la linterna entre sus dedos. Quizá, después de todo, el bosque tenía motivos para recordárselo.
#97 en Terror
#693 en Thriller
#317 en Misterio
terror psicológico, misterio y suspenso, horror en halloween
Editado: 20.10.2026