Capítulo 9:
“Agnes Clement”
Agnes se despertó sobresaltada al descubrir una silueta inclinada sobre ella, recortada contra la luz del sol que entraba por la ventana. Durante un instante no reconoció el rostro y levantó la almohada por puro reflejo, hasta que distinguió el cabello castaño de Alex.
Lo golpeó con fuerza con ella.
—Imbécil —murmuró, todavía medio dormida.
Alex soltó una risa y se apartó un poco.
—Qué violenta eres —se burló.
—Deberías agradecerme que no fue con un bastón —replicó Agnes, señalando el moretón violeta que todavía tenía en el brazo.
Alex bajó la mirada hacia la marca y sonrió.
—Pues parece que está en remisión.
Agnes frunció el ceño y bajó un poco la almohada con la que se había cubierto la cara, esperando que continuara. Alex entendió la señal y dejó de sonreír.
—Anoche Jenesis buscó a Connor hasta el amanecer. Ahora está acostada porque se le hincharon las rodillas.
La expresión de Agnes cambió lentamente. Miró el moretón de su brazo y después volvió a levantar la vista hacia su hermano, procesando la información.
—¿Toda la noche?
Alex asintió.
—Toda la noche.
Quizá había juzgado mal a la anciana...
—Espero que se mejore —murmuró Agnes, sin estar dispuesta a compartir con su hermano aquellas ideas que apenas comenzaban a formarse en su cabeza. Tampoco quería admitir lo extraño que le resultaba sentirse culpable después de haber desconfiado tanto de Jenesis.
Un arañazo proveniente del interior del armario interrumpió sus pensamientos. Alex se volvió de inmediato hacia la puerta cerrada.
—¿Tienes a Connor encerrado o está embrujado? —bromeó, señalando el armario.
Agnes se incorporó de la cama, intrigada por el ruido. Intercambió una mirada con Alex antes de acercarse. Él abrió la puerta con cuidado y Agnes se asomó por encima de su hombro.
Dentro estaba Abel, sentado en el suelo.
—Qué cambiado estás, Connor —bromeó Alex.
Agnes apenas sonrió. Su atención había quedado atrapada en lo que el pequeño sostenía entre las manos.
Eran los pedazos de las fotografías de sus padres que ella guardaba.
—No… —jadeó Agnes, sintiendo que el dolor le atravesaba el pecho mientras arrancaba los pedazos de las manos de Abel.
El rostro de Alex se ensombreció al comprender lo que estaba ocurriendo. Antes de que la tormenta alcanzara a su hermana, levantó a Abel del suelo y lo apartó de ella.
—No, no, no… —repitió Agnes, mientras revolvía desesperadamente entre los trozos de papel, buscando al menos una fotografía que pudiera rescatar.
No encontró ninguna.
Todas estaban destrozadas en pequeños pedazos, algunas tan diminutas que apenas podía reconocer qué parte de la imagen habían formado alguna vez. Agnes tomó uno de ellos entre los dedos y lo observó durante un instante, como si todavía pudiera encontrar allí los rostros de sus padres.
—¿Qué hiciste? —sollozó.
Abel la observaba desde los brazos de Alex, sin comprender todavía la gravedad de lo que había hecho.
—Mamá y papá… —murmuró.
Aquellas palabras terminaron de quebrar lo poco que quedaba de la calma de Agnes.
—Eres un idiota, Abel —maldijo, con la voz quebrada.
—Agnes —la reprendió Alex, sujetando al pequeño con más firmeza.
Pero ella apenas lo escuchó. Continuó escarbando entre las fotografías, apartando los pedazos uno por uno, buscando algo que pudiera salvar. No quedaba ninguna imagen completa. Ni siquiera una que pudiera conservar como recuerdo.
—Las rompió todas. No dejó ni una —espetó, mirando a Abel con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Solo sirves para esto! ¡Para arruinarlo todo!
Abel pareció comprender por primera vez que su hermana estaba realmente enfadada. Su expresión cambió y bajó la mirada, encogiéndose entre los brazos de Alex.
Agnes volvió a mirar los restos esparcidos por el suelo. Por un momento, no pudo hacer otra cosa que quedarse allí, rodeada por los pedazos de las únicas fotografías que conservaba de sus padres.
Jenesis apareció en la puerta al escuchar los gritos. Se detuvo allí, observando primero a los tres niños y después los pedazos de fotografías esparcidos por el suelo.
—¿Qué pasa? —preguntó la anciana.
—Abel rompió las fotos de nuestros padres de Agnes —explicó Alex, todavía sosteniendo al pequeño en brazos.
Jenesis dirigió la mirada hacia los restos de las fotografías y luego hacia Agnes.
—Podemos conseguir más —ofreció con tranquilidad.
Agnes levantó la cabeza de inmediato. La simpleza de aquella respuesta terminó de irritarla.
—Estas tenían dedicatorias de cumpleaños, escritas a mano. ¿También puedes desenterrarlos de tu jardín del terror y hacerlos escribir?
—Agnes —la reprendió Alex.
—Deja de decir mi nombre —gruñó ella, apartándose de las fotografías—. ¿Pueden simplemente irse de una maldita vez?
Sin esperar respuesta, Agnes tomó a Alex del brazo y comenzó a empujarlo hacia la puerta. Él tuvo que acomodar a Abel contra su pecho para no dejarlo caer mientras ella prácticamente los arrastraba fuera de la habitación.
Jenesis permaneció junto a la puerta, observándolos en silencio.
Nadie insistió. Todos terminaron por marcharse y Agnes cerró la puerta con fuerza, deseando que a Faith no se le ocurriera entrar durante las próximas cinco horas.
Después de asegurarse de que estaban solos, se sentó dentro del armario, junto a Abel. El pequeño permanecía allí en silencio, mientras Agnes volvía a mirar los pedazos de fotografías que había esparcidos por el suelo.
Entonces reparó en algo.
En una de las esquinas, detrás de una fotografía donde aparecían sus padres junto a ella, todavía quedaban unas manchas de tinta azul. Agnes acercó el papel a sus ojos y trató de reconstruir las palabras que alguna vez habían estado escritas allí.
«Feliz cu... 5... Mam...»
El resto de la dedicatoria debía encontrarse entre los demás pedazos.
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Editado: 20.10.2026