Hacía tantos años que Jenesis no se acercaba a aquellas cajas que el polvo parecía haberlas reclamado como propias. Ahora, mientras permanecía frente a ellas, sentía que abrirlas constituía una falta de respeto, como si estuviera invadiendo un espacio que el tiempo había conseguido mantener intacto. Sin embargo, sabía que era el único lugar donde todavía podía encontrar fotografías de Jude y Lily. Entre las pertenencias de Cain, junto a sus medallas militares, los uniformes cuidadosamente guardados, los documentos y algunos objetos cuyo propósito Jenesis ya ni siquiera recordaba, debían de quedar imágenes de los años que había perdido.
Apartó una de las cajas y levantó la tapa de la siguiente. El polvo se desprendió de los bordes cuando introdujo las manos, obligándola a sacudirlas antes de continuar. Tardó unos minutos en encontrar el álbum de Cain, cubierto por una fina capa gris que se había acumulado sobre la cubierta. Lo limpió con la palma y lo abrió con cuidado, procurando no dañar las páginas envejecidas.
Había fotografías de Jude durante su infancia, algunas en las que aparecía con una seriedad impropia de un niño y otras en las que sonreía directamente a la cámara. Jenesis se detuvo en una de estas últimas. Apenas recordaba el momento en que había sido tomada, pero reconoció aquella expresión que tantas veces había visto en su hijo cuando todavía vivía con ella.
Más adelante encontró las fotografías de la boda de Jude y Lily. Pasó las páginas lentamente, deteniéndose en las imágenes de ambos juntos y en aquellas en las que sostenían a Agnes cuando todavía era una bebé. También había algunas de la pequeña Agnes junto a Alex recién nacido, demasiado pequeño para sostener la cabeza por sí mismo. Jenesis no pudo evitar detenerse en una de ellas, intentando recordar quién había tomado la fotografía y qué habían dicho aquel día. Por más que se esforzara, solo consiguió recuperar fragmentos inconexos de aquella época.
Después, las páginas estaban vacías.
No había más fotografías, ni fechas escritas a mano, ni pequeñas anotaciones que le permitieran reconstruir lo que había sucedido durante los años siguientes. El álbum terminaba justo donde su vida había comenzado a quedarse sin respuestas: cuando Cain murió y Jude dejó de visitarla.
Sería mentira afirmar que no guardaba cierto rencor hacia su hijo por haberla abandonado durante quince años. Jude sabía lo que significaba vivir sola en una casa tan grande, rodeada de habitaciones vacías y recuerdos que parecían multiplicarse con cada día que pasaba. La soledad podía convertirse en una condena, una de la que no había manera de escapar por mucho dinero que se tuviera o por más personas que trabajaran bajo el mismo techo.
Pero, si era sincera consigo misma, aquel no era el verdadero motivo de su resentimiento. Lo que no conseguía perdonarle era que le hubiera arrebatado la posibilidad de participar en los últimos quince años de su vida. Se había perdido su voz, sus gestos, sus cambios, las cosas que le preocupaban y aquellas que lo hacían reír. Había perdido la oportunidad de conocer al hombre en el que se había convertido su hijo, y ninguna fotografía podía devolverle lo que el tiempo se había llevado.
—¿Jenesis? —preguntó una voz suave desde la puerta.
Ella alzó la cabeza de inmediato. Durante un instante, como le ocurría cada vez que alguien la llamaba cuando estaba absorta en sus recuerdos, pensó que alguno de los espíritus que tanto parecía echar de menos había decidido presentarse ante ella. La idea desapareció en cuanto distinguió la silueta de Alex apoyada en el marco de la puerta.
—Alex… —murmuró, cerrando parcialmente el álbum.
El muchacho asomó un poco más la cabeza, sin entrar del todo en la habitación. Parecía estar esperando a que ella terminara con lo que hacía, aunque su postura relajada sugería que no tenía intención de quedarse demasiado tiempo.
—¿Puedo salir un rato? Unos amigos me invitaron a ir a una cafetería en el centro —preguntó.
Jenesis bajó la mirada hacia las páginas abiertas. Una de las fotografías había quedado torcida junto al lomo, y la acomodó con la punta de los dedos antes de responder.
—Sí, no vuelvas tarde.
Alex asintió, satisfecho con la respuesta. Se apartó del marco y sus pasos se alejaron por el pasillo, hasta que dejaron de escucharse.
Jenesis permaneció sentada frente a las cajas, con el álbum abierto sobre las rodillas. Volvió a mirar las páginas vacías, sin decidirse a cerrarlo todavía.
Alex se detuvo frente a uno de los estantes cuando reconoció un equipo de béisbol que había pertenecido a Jude. Se acercó y examinó el bate, el guante y el resto de los accesorios, que llevaban tanto tiempo guardados que apenas recordaba haberlos visto antes. Tomó el bate entre las manos y lo sostuvo unos segundos, recorriendo la madera con los dedos.
—Era de tu padre cuando tenía tu edad —comentó Jenesis, que observaba desde el otro lado de la habitación.
Alex sonrió con añoranza. No parecía sorprendido por el descubrimiento; más bien, daba la impresión de que acababa de encontrar algo que llevaba tiempo esperando volver a ver.
—Me lo imaginaba. Nunca dejó de gustarle. Me enseñó a jugar apenas aprendí a caminar y me inscribió en el equipo de béisbol desde la primaria —recordó entre risas, mientras levantaba el guante para examinarlo—. Creo que le hacía más ilusión que a mí.
La sonrisa de Jenesis se ensanchó al escucharlo. Por un momento, Alex le estaba hablando de Jude como si todavía pudiera regresar a casa después de un partido, dejar sus cosas donde no correspondía y contarles cómo le había ido. Ella no intervino para corregir aquella impresión; se limitó a disfrutar de la naturalidad con la que su nieto hablaba de su padre.
—Aquí también tienen un equipo de béisbol. Deberías inscribirte —lo animó.
Alex dejó de examinar el guante y contempló el bate antes de volver a colocarlo en su sitio. Hizo una mueca, como si la propuesta le hubiera recordado algo que prefería no considerar.
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Editado: 20.10.2026