Rosas Negras

Capítulo 11: Agnes Clement

Agnes permanecía pegada a la pared del pasillo, atenta a la conversación que llegaba desde la habitación. Había salido de su propio cuarto con la intención de averiguar qué hacía Alex con Jenesis y, cuando lo vio aparecer con el equipo de béisbol de su padre entre las manos, comprendió que había llegado el momento de apartarse. Sin embargo, no fue lo bastante rápida. Alex levantó la vista y la descubrió antes de que pudiera fingir que pasaba por allí por casualidad.

Durante una fracción de segundo, ambos se miraron. Alex disimuló, adoptando una expresión despreocupada mientras se despedía de Jenesis, como si no acabara de descubrir a su hermana espiando detrás de la pared. Agnes agradeció que no la delatara, aunque la tranquilidad le duró poco. Apenas Jenesis dejó de verlos, Alex la sujetó del brazo y la arrastró hasta su habitación.

—¿Qué crees que estás haciendo? —le reclamó en cuanto cerró la puerta.

Agnes se soltó y se acomodó la manga que él le había arrugado al tirar de ella.

—Solo escuchaba —respondió, encogiéndose de hombros.

—¿Sigues buscando pruebas de que ella perdió a Connor a propósito? —preguntó Alex, incapaz de disimular su enojo.

—No. Solo vigilaba que no cayeras en una trampa por ser tan ingenuo.

Alex soltó una risa breve, sin humor, y dejó el equipo de béisbol sobre una silla.

—No soy ingenuo.

—Claro que no —murmuró Agnes con sarcasmo—. Por eso confías en la primera anciana que te regala cosas gratis.

—Confío en la única persona de toda esa familia que tanto te gusta presumir que nos dio asilo cuando lo necesitamos —replicó él, señalándola con un dedo.

Alex ya era lo bastante alto para mirarla desde arriba, a pesar de ser menor que ella. Agnes detestaba que utilizara aquella ventaja para imponerse durante las discusiones, aunque lo que más le molestaba era que pareciera convencido de tener razón.

—¿Y eso qué demuestra? —preguntó, acercándose un paso—. Es la misma persona de la que mamá y papá jamás nos hablaron. Nos impone reglas, nos observa mientras dormimos y, por alguna razón, siempre parece estar donde no debería. Y qué coincidencia: después de que Connor destroza sus tétricas rosas, desaparece. ¿De verdad no ves nada extraño? No seas tan ciego, Alex.

—Deja de vivir como si estuvieras en una persecución, Agnes.

Ella abrió la boca para interrumpirlo, pero Alex no le dio tiempo.

—Vives en una realidad en la que todo el mundo intenta lastimarte, pero esa realidad solo existe en tu cabeza. Porque, en la vida real, la única que nos hace daño eres tú.

Las palabras la alcanzaron con más fuerza de la que Agnes habría querido admitir. Durante unos segundos se quedó mirándolo, esperando que se retractara o que, al menos, mostrara alguna señal de comprender lo que acababa de decirle. Alex no hizo ninguna de las dos cosas.

—¿Yo? —repitió ella, con la voz cargada de incredulidad—. No he hecho más que ser el adulto en esta familia para que ninguno de ustedes tenga que serlo.

La respuesta le salió demasiado rápido. Agnes sintió que la indignación se mezclaba con algo más doloroso, pero se negó a detenerse a reconocerlo. Si Alex no podía ver todo lo que había intentado hacer por ellos desde el accidente, no pensaba explicárselo como si fuera una desconocida.

—¿Por eso le gritaste e insultaste a Abel? —preguntó él, bajando la voz.

Agnes apartó la mirada hacia la silla donde Alex había dejado el equipo de béisbol. El guante sobresalía del conjunto, y por un instante volvió a pensar en las fotografías que su hermano había destrozado sin comprender lo que significaban para ella.

—Rompió todas mis fotos —se defendió.

—Solo son fotos, Agnes. No son nuestros padres.

Ella volvió a mirarlo. La expresión de Alex no era cruel, pero tampoco parecía entenderlo. Para él, las fotografías eran objetos que podían reemplazarse; para ella, habían sido una manera de conservar las voces, los rostros y las pequeñas cosas que el tiempo comenzaba a borrar. Sin embargo, no encontró la forma de explicárselo sin sentir que estaba suplicando por algo que su hermano ya había decidido considerar insignificante.

—No. Nuestros padres ya están muertos, aunque a veces parezca que no te has dado cuenta.

Lo dijo con una tranquilidad que contrastaba con la dureza de sus palabras. Alex se quedó inmóvil, observándola como si hubiera algo en su rostro que no terminara de reconocer. Abrió la boca, quizá para responderle, quizá para decir algo que pudiera reparar el daño de aquella discusión, pero al final no pronunció una sola palabra.

Agnes tampoco intentó detenerlo cuando se dirigió a la puerta. Alex salió y la cerró de un portazo, haciendo que el equipo de béisbol se moviera ligeramente sobre la silla.

Ella permaneció en el centro de la habitación, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo. Las palabras que acababan de intercambiar seguían presentes en su cabeza, entrelazadas con las acusaciones que ninguno de los dos había sabido retirar. Agnes había querido proteger a sus hermanos, pero, por primera vez, se preguntó si Alex había dejado de verla como alguien que intentaba mantenerlos a salvo.




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