Rosas Negras

Capítulo 12: Jenesis Natasha Galanis

Las rosas siempre le habían transmitido paz a Jenesis. Había algo reconfortante en su belleza y en la compañía silenciosa que le ofrecían mientras podaba los rosales, lejos del ruido de la casa y de las preocupaciones que rara vez conseguía dejar atrás. Por eso, cuando unos pasos apresurados interrumpieron la tranquilidad del jardín, levantó la vista con curiosidad y descubrió a la pequeña Faith acercándose a ella.

—Señora no abuela, solo Jenesis. ¿Está bien que esté aquí? Sé que no debo salir, pero la puerta ya estaba abierta y usted también dijo que podíamos estar aquí si usted estaba presente —explicó la niña a toda velocidad, como si temiera recibir una reprimenda antes de terminar de hablar.

Jenesis soltó una risa mientras dejaba las tijeras de podar a un lado. La pequeña parecía haberse preparado para defenderse de una acusación que nadie tenía intención de hacerle.

—Puedes estar aquí conmigo, Faith. No tienes que pedirme permiso cada vez que quieras venir al jardín.

La niña asintió, visiblemente aliviada, y se sentó en el suelo a su lado. Durante unos instantes se limitó a observar cómo Jenesis recogía las ramas que había cortado, pero aquella quietud no duró demasiado. Faith tenía una facilidad extraordinaria para llenar cualquier silencio con sus pensamientos, y no tardó en encontrar algo que contar.

—Mi madre siempre decía que los rosales eran plantas traicioneras. Las rosas son hermosas, pero también peligrosas. Recuerdo una historia que me contó una vez. Cuando ella tenía mi edad, le parecían delicadas y preciosas, así que un día quiso cortar una. Se pinchó con las espinas y la mano se le infectó y se hinchó muchísimo. Pero, como le daba vergüenza admitir lo que había hecho, tardó dos días enteros en contárselo a su madre.

Faith se rio al recordar la anécdota, balanceando las piernas mientras contemplaba las flores que tenía delante. Jenesis la escuchaba con una sonrisa, entretenida por la manera en que la niña relataba cada detalle como si hubiera estado presente.

—Algún día, cuando sea adulta, quiero ser como una rosa —continuó Faith, levantando la mirada hacia ella—. Quiero ser fuerte y peligrosa, sin importar lo frágil que parezca.

Jenesis no pudo evitar reírse ante aquella declaración. La pequeña tenía una manera peculiar de interpretar las historias que escuchaba, convirtiéndolas en lecciones que parecían tener una importancia enorme para ella. Sin embargo, Faith no compartió su diversión. La sonrisa se le desvaneció poco a poco y bajó la mirada hacia sus manos, entreteniéndose con un pequeño trozo de hierba que había arrancado del suelo.

—Señora Jenesis —la llamó después de un momento, esta vez con una timidez que contrastaba con su entusiasmo anterior—. ¿Cree que podríamos ponerle un ramo de rosas a la lápida de mi madre?

La pregunta tomó a Jenesis por sorpresa, aunque no dejó que se notara demasiado. Observó a la niña, que esperaba su respuesta sin levantar del todo la cabeza, y dejó las tijeras sobre la mesa de trabajo.

—Por supuesto, cariño.

Eligió algunas de las mejores flores, procurando que los tallos tuvieran una longitud similar para formar un ramo armonioso. Las rosas blancas, con sus pétalos impecables y todavía cerrados en el centro, componían un conjunto elegante. Jenesis las acomodó con cuidado y se las entregó a Faith, que las recibió con ambas manos, procurando no apretarlas demasiado.

Caminaron juntas hasta las tumbas de los padres de la niña. Faith se arrodilló para dejar el ramo frente a la lápida y corrigió su posición varias veces hasta quedar satisfecha. Después permaneció allí, con las manos apoyadas sobre las rodillas, leyendo los nombres grabados en la piedra.

Jenesis se quedó a unos pasos de distancia, respetando aquel momento. Siempre le llamaba la atención el cambio que se producía en Faith cuando dejaba de hablar. La niña podía pasar varios minutos relatando historias, haciendo preguntas o comentando cualquier cosa que se le ocurriera, pero frente a las tumbas parecía olvidarse de todo lo demás. Su rostro se volvía sereno y su mirada permanecía fija en los nombres, como si esperara encontrar en ellos algo que las palabras de los adultos no podían darle.

Jenesis se preguntó qué estaría pensando. No quiso interrumpirla para averiguarlo.

Al cabo de un rato, Faith se puso de pie y se volvió hacia ella. Tenía una sonrisa pequeña, aunque la tristeza seguía presente en sus ojos.

—Gracias, señora Jenesis.

—No tienes que agradecérmelo, cariño. —Jenesis le acomodó suavemente un mechón rubio detrás de la oreja—. ¿Quieres que volvamos a la casa y comamos algo?

Faith asintió. Jenesis se quitó los guantes de jardinería y los dejó junto a las herramientas antes de tomar a la niña de la mano. Juntas regresaron a la casa, dejando atrás el jardín y el ramo de rosas blancas que descansaba frente a la lápida.

La tranquilidad de aquella tarde duró poco.

Al entrar en el comedor, Jenesis encontró a Alex caminando de un lado a otro. El joven parecía incapaz de quedarse quieto; cada pocos pasos se llevaba una mano al cabello y volvía a recorrer la habitación, pendiente de la puerta por la que ella acababa de aparecer.

—Jenesis, tenemos que llamar a un médico. Abel tiene mucha fiebre —le informó en cuanto la vio.

La expresión de Jenesis cambió de inmediato. Miró a Alex, buscando en su rostro alguna señal que le permitiera comprender la gravedad de la situación.

—¿Desde cuándo está así?

—No lo sé. Esta mañana parecía estar bien —contestó él, deteniéndose por fin—. Pero ahora está ardiendo. No sé qué hacer.

La inquietud en su voz le recordó que, por mucho que intentara mostrarse seguro delante de sus hermanos, Alex seguía siendo un muchacho que no sabía cómo reaccionar cuando algo escapaba a su control.

—Voy a llamar al médico —aseguró Jenesis, acercándose a él—. Podría ser una gripe, pero es mejor que lo examine. No te preocupes antes de saber qué ocurre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.