Rosas Negras

Capítulo 13: Agnes Clement

Al abrir la puerta, Agnes se encontró frente a un hombre alto y elegante, vestido con una pulcritud que contrastaba con el ambiente familiar de la casa. Él apenas inclinó la cabeza a modo de saludo antes de pasar a su lado y marcharse por el pasillo, sin detenerse a intercambiar una palabra con ella. Agnes siguió su figura con la mirada durante un instante, pero no llegó a preguntarse quién era. Desde el comedor llegaban voces que reconoció enseguida, así que cerró la puerta y se dirigió hacia allí.

Jenesis estaba sentada junto a Alex, que permanecía apoyado contra la pared, con el aspecto de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando noticias. La conversación se interrumpió apenas Agnes apareció en la entrada, aunque alcanzó a escuchar las últimas palabras de su abuela.

—La criada no tardará en volver con el jarabe —comentó Jenesis.

—No entiendo cómo un jarabe puede ser tan caro —se quejó Alex.

—Por eso es importante tener dinero —asintió Jenesis con una naturalidad que no pareció advertir la ironía de su respuesta.

Agnes se detuvo junto a la mesa, alternando la mirada entre ambos.

—¿Jarabe para quién?

Los dos se volvieron hacia ella. Alex se separó de la pared, como si estuviera dispuesto a explicárselo, pero fue Jenesis quien respondió primero.

—Abel tiene gripe, cariño.

—Quizá pasó demasiado frío dentro de mi armario mientras recortaba todos mis recuerdos —replicó Agnes, encogiéndose de hombros con una indiferencia calculada.

Alex la miró con evidente desaprobación.

—Tiene mucha fiebre, Agnes.

—¿Y?

La respuesta hizo que su hermano se irguiera. Agnes sabía que estaba siendo cruel, pero no tenía intención de fingir preocupación para complacerlo. Todavía podía recordar los pedazos de las fotografías esparcidos por el suelo, las dedicatorias que ya no podría leer completas y la facilidad con la que todos parecían esperar que superara lo ocurrido sin quejarse.

—Te duró poco eso de protegernos y cuidarnos —espetó Alex.

Agnes volvió a encogerse de hombros, aunque esta vez el gesto estuvo acompañado de una sonrisa desprovista de humor.

—¿Para qué? Ya te tienen a ti y a Jenesis.

Sin esperar una respuesta, se encaminó hacia las escaleras. No quería seguir allí, escuchando cómo su hermano encontraba nuevas maneras de reprocharle sus errores mientras Jenesis permanecía a su lado, dispuesta a ocupar un lugar que Agnes nunca le había pedido que ocupara.

—¿Qué demonios te pasa? —Alex fue tras ella—. ¿Por qué tienes que comportarte como una niña malcriada?

Agnes continuó subiendo, sin apresurarse. Le resultaba irritante que Alex pretendiera exigirle madurez cuando le convenía y, al mismo tiempo, la acusara de comportarse como una niña cada vez que no estaba de acuerdo con él.

—¿No quieres que me comporte como un adulto, pero tampoco como una niña? Tus directrices son muy confusas —se burló, sin volver la cabeza.

—Quiero que te comportes como una persona de tu edad, sin ser una loca paranoica.

Agnes se detuvo un instante antes de llegar al pasillo de las habitaciones. La expresión se le endureció, pero no le concedió a su hermano la satisfacción de una respuesta. Lo miró apenas de reojo y siguió caminando hasta su dormitorio.

Entró, cerró la puerta y dejó a Alex del otro lado. Esta vez no tenía intención de continuar la discusión.




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