Un mes podía ser una eternidad o apenas un suspiro. Sin embargo, cuando el cuerpo sucumbía a la fiebre y cada día se convertía en una lucha contra el dolor, el tiempo adquiría una crueldad distinta. Las horas se alargaban hasta parecer interminables, y la esperanza, que al principio parecía inagotable, terminaba desgastándose con cada nueva noche sin mejoría.
Jenesis observaba disimuladamente a Agnes. Las manos de la joven no dejaban de temblar y sus ojos estaban tan llenos de lágrimas que parecían hechos de cristal. Aun así, no lloraba. Permanecía inmóvil frente al hoyo abierto en la tierra, con la mirada fija en el pequeño ataúd que descansaba entre ellas y la última despedida de Abel.
Un mes. Eso era todo lo que su pequeño cuerpo había resistido antes de perder la batalla contra la enfermedad. Un mes de fiebre, dolor y esperanzas que se habían ido desvaneciendo hasta que ya no quedó nada que esperar.
Faith lloraba desconsoladamente entre los brazos de Alex, aferrada a él como si fuera incapaz de sostenerse por sí misma. Su hermano la mantenía junto a su pecho, con una mano apoyada en su espalda, aunque no parecía encontrar palabras para consolarla. Leo, por su parte, permanecía a su lado con lágrimas silenciosas deslizándose por sus mejillas. Ninguno de los dos apartaba la vista de la tumba.
¿Quién habría podido imaginar que un niño sano moriría por una simple gripe? Jenesis todavía tenía dificultades para aceptar que aquello fuera posible. Había llamado al médico, había conseguido los medicamentos y había esperado, como todos, que Abel se recuperara. Durante aquellas semanas, cada pequeño cambio en su estado había alimentado una esperanza distinta. Ahora, frente a aquel ataúd, todas esas esperanzas parecían absurdas.
Jenesis se acercó al borde de la fosa con un ramo de rosas blancas entre las manos. Las había elegido con el mismo cuidado con el que siempre seleccionaba las flores para las tumbas de su familia. Se inclinó y las dejó caer sobre el pequeño ataúd. Algunas quedaron acomodadas entre los tablones; otras se deslizaron hacia un costado. Cuando el ramo descendió, unos cuantos pétalos se desprendieron y cayeron lentamente sobre la madera.
Jenesis los siguió con la mirada hasta que dejaron de moverse. Aquella pequeña pérdida le recordó lo efímero de todo cuanto existía, incluso de aquello que parecía destinado a durar. Sintió gratitud y resentimiento a partes iguales ante la idea de que Dios hubiera decidido concederle una vida tan larga en un mundo donde todo terminaba desapareciendo. Ella seguía allí, obligada a despedirse de quienes amaba, mientras el tiempo continuaba llevándose las cosas que creía que podría conservar.
Cuando la ceremonia terminó, regresaron a la casa sin apenas hablar. El trayecto pareció más largo que de costumbre, y ninguno de los niños se adelantó ni buscó conversación. Al llegar, Jenesis apenas había cruzado la entrada cuando la puerta terminó de cerrarse a sus espaldas y la tensión acumulada durante el último mes estalló entre los hermanos.
—Ahora nadie romperá tus cosas —gruñó Alex al pasar junto a Agnes, golpeándole el hombro con el suyo.
Agnes se volvió de inmediato y lo siguió por el vestíbulo, acelerando el paso para alcanzarlo.
—¿Cómo puedes decirme eso hoy? —le reclamó con la voz quebrada.
Alex se detuvo y se volvió hacia ella. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro marcado por el cansancio, pero la rabia parecía haber encontrado la manera de abrirse paso entre el dolor.
—¡Es lo que querías, ¿no?! ¡Que recibiera una lección por romper tus malditas fotos!
Agnes lo miró sin comprender al principio. Durante un instante creyó que había entendido mal, que el dolor lo había llevado a decir algo que no pensaba realmente. Pero Alex no retiró sus palabras.
—¿Me estás culpando de que nuestro hermano haya muerto? —preguntó, incrédula.
—¡Basta! —intervino Jenesis.
Su voz resonó en el vestíbulo con una firmeza que sorprendió incluso a ella. Había pasado el día intentando mantenerse entera por los niños, atendiendo a cada necesidad y procurando que ninguno tuviera que afrontar solo su dolor. No podía permitir que aquella discusión los empujara todavía más lejos unos de otros.
—No es momento para esto. Todos estamos conmocionados y dolidos, pero no podemos seguir haciéndonos daño de esta manera —declaró, mirando primero a Alex y después a Agnes—. Vayan a dormir. Mañana tendremos que levantarnos y continuar con nuestras vidas, aunque ahora parezca imposible.
Las palabras le supieron amargas en cuanto las pronunció. Continuar con sus vidas. Como si el mundo fuera a esperar a que aprendieran a vivir sin Abel, como si al día siguiente la casa pudiera volver a sentirse como un hogar.
Agnes mantuvo la mirada en Alex, todavía herida por la acusación. Sin embargo, el peso que parecía cargar sobre los hombros terminó por vencer su impulso de responder. No tenía fuerzas para defenderse, ni para recordarle a su hermano que jamás habría deseado algo semejante. Alex, por su parte, parecía dispuesto a continuar la discusión, pero la expresión de Jenesis lo detuvo antes de que pudiera decir nada más.
Los dos subieron las escaleras en silencio, sin siquiera mirarse. Faith y Leo los siguieron poco después, todavía demasiado afectados para intervenir. Faith mantenía el rostro escondido y Leo caminaba con la cabeza baja, como si necesitara concentrarse en cada escalón para no echarse a llorar otra vez.
Jenesis esperó hasta que los cuatro desaparecieron de su vista. Entonces soltó el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo y se dejó caer en una de las sillas del vestíbulo. Le dolían las rodillas, le pesaban los brazos y, por primera vez en semanas, no había nadie a quien pudiera ayudar ni una tarea urgente que le permitiera mantener la mente ocupada.
Se quedó mirando las escaleras vacías, incapaz de comprender en qué momento todo había cambiado tanto. Hacía apenas un mes, Abel seguía correteando por la casa, Faith llenaba los silencios con sus historias y los hermanos discutían por cosas que entonces parecían importantes. Ahora había una tumba más en el jardín y cuatro niños que tendrían que aprender a vivir con una ausencia para la que ninguno estaba preparado.
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Editado: 20.10.2026