¿Cuántas cosas podía perder antes de quedarse sin nada?
La pregunta llevaba semanas repitiéndose en la mente de Agnes, apareciendo en los momentos más inesperados y regresando cada vez que creía haber conseguido apartarla. Desde el funeral de Abel, no había podido dejar de pensar en aquel pequeño ataúd. Los ataúdes infantiles siempre le habían parecido grotescos, incluso antes de tener que enfrentarse a uno. Había algo profundamente injusto en ver un cuerpo tan pequeño encerrado en una caja destinada a permanecer bajo tierra. Nunca había imaginado que tendría que contemplar uno de cerca, y mucho menos que sería el de su propio hermano.
¿Cómo habría podido saber que tendría que verlo morir? ¿Que una fiebre avanzaría con tanta rapidez que ni siquiera le daría tiempo a decirle que ya no estaba enfadada con él por las fotografías?
Todavía recordaba la última vez que se había sentado junto a su cama. Abel temblaba bajo las mantas y tenía las mejillas encendidas, mientras ella intentaba contener las lágrimas para hablarle sin asustarlo. Le había dicho que las fotografías no importaban, que podía romper todas las que quisiera si eso significaba que iba a recuperarse. Que lo único importante era que se pusiera bien. Sin embargo, mientras pronunciaba aquellas palabras, había tenido la impresión de que Abel apenas podía escucharla. Sus ojos permanecían entreabiertos y su respiración era irregular. Agnes nunca sabría cuánto había comprendido de lo que le dijo aquella noche.
—Hola.
Una chica se sentó a su lado con una sonrisa tan animada que, en aquel momento, a Agnes le pareció casi un insulto.
Hasta entonces había permanecido absorta en sus pensamientos, ajena al movimiento del patio y a las conversaciones que se extendían alrededor de las mesas. Ahora comenzó a distinguir el ruido de las bandejas, las risas de los estudiantes y el murmullo de varias conversaciones que se mezclaban en el aire. Estaba en la escuela, sentada junto a una desconocida, en un día cualquiera. La vida había continuado con una facilidad que todavía le resultaba difícil comprender.
—Soy Claire —se presentó la joven, tendiéndole la mano.
Agnes la observó durante un instante antes de estrechársela con frialdad.
—Agnes.
Claire asintió, un poco desconcertada por la escasa reacción de su compañera, aunque no pareció dispuesta a rendirse tan pronto. Se acomodó en el banco y volvió a mirarla con una curiosidad que intentaba disimular bajo una expresión amable.
—¿Vives en la mansión de la viuda Galanis?
—Sí. Es mi abuela, Jenesis Galanis.
—¿Tu abuela? —Claire abrió los ojos, sorprendida—. Vaya. Se dicen muchas cosas sobre ese lugar.
Se rio con cierta torpeza, como si acabara de darse cuenta de que quizá no debería haberlo mencionado. Agnes no respondió. Se limitó a mirarla, esperando a que decidiera si quería continuar con aquella conversación o fingir que no había dicho nada.
—¿Hace cuánto que vives aquí? —preguntó finalmente la rubia.
—Unos meses. Nos mudamos con mis hermanos. —Agnes señaló hacia el otro extremo del patio, donde Alex almorzaba con dos chicos de su edad—. Ese es mi hermano Alex. Los otros son más pequeños.
Claire siguió la dirección de su mano y saludó a Alex con un gesto, aunque él no pareció advertirlo. Después volvió a concentrarse en Agnes.
—¿Y ya tienes amigos? Puedo presentarte a los míos, si quieres.
Agnes estuvo a punto de negarse. No tenía ganas de conversar con desconocidos ni de responder preguntas sobre su familia, pero tampoco encontraba una razón concreta para rechazar la invitación. Llevaba demasiado tiempo encerrada en sus propios pensamientos, y permanecer allí sentada sin hacer nada no estaba ayudándola a sentirse mejor.
—Está bien.
Claire sonrió, satisfecha, y tiró suavemente de su mano para animarla a levantarse. Agnes la siguió hasta un grupo de cinco adolescentes reunidos alrededor de una mesa cercana. Había dos chicos y tres chicas, aunque uno de ellos estaba tan concentrado en su teléfono que apenas levantó la vista cuando se acercaron.
—Ellos son Matt, John, Lilia e Iris —presentó Claire, señalando a cada uno—. Y ella es Agnes. Vive en la casa embrujada.
—¿Está realmente embrujada? —preguntó Matt de inmediato.
Agnes lo examinó mientras él esperaba una respuesta. Era un chico atractivo, de cabello rubio y aspecto atlético, con esa seguridad despreocupada de quien probablemente nunca había tenido que pensar demasiado antes de hablar. Le pareció un poco tonto, aunque todavía no había hecho nada para confirmarlo.
—No que yo sepa —respondió, encogiéndose de hombros.
—Mi madre dice que, cuando era joven, la señora Galanis invitaba a los vecinos a comer unos muffins de aspecto muy extraño —intervino Lilia, dejando el teléfono sobre la mesa—. Según ella, tenían un sabor horrible y nadie sabía qué ingredientes llevaba.
Después de hablar, le dedicó a Agnes una sonrisa conciliadora, como si quisiera dejar claro que no pretendía ofenderla.
—Quizá eran de carne humana —bromeó John.
—Es su abuela, imbécil —lo reprendió Claire, antes de volverse hacia Agnes—. Lo siento.
—Está bien. Pero no creo que sea caníbal —respondió Agnes con una risa amarga.
El sonido le raspó la garganta. No estaba acostumbrada a reírse de las cosas que decían sobre Jenesis, aunque tampoco sentía la necesidad de defenderla. Apenas conocía a su abuela lo suficiente como para saber qué clase de persona era, y las historias que circulaban sobre la mansión no le parecían más extrañas que algunas de las cosas que había presenciado desde su llegada.
—Yo escuché que hacía pactos satánicos —añadió Iris en voz baja, inclinándose hacia el grupo con evidente entusiasmo—. Con animales, pentagramas y todas esas cosas.
Agnes soltó otra carcajada, esta vez más breve.
—Sí, anteayer encontramos un cordero degollado en un pentagrama durante el almuerzo.
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Editado: 20.10.2026