La respiración de Jenesis se aceleró al despertar. Durante unos segundos permaneció inmóvil, con los ojos abiertos y la sensación de que algo había interrumpido su sueño, aunque no conseguía recordar qué. La habitación estaba sumida en una oscuridad casi absoluta, apenas interrumpida por la luz de la luna que se filtraba a través de las cortinas. Entonces la distinguió.
En una esquina, junto al armario, había una figura delgada que la observaba con unos grandes ojos brillantes, semejantes a los de un ciervo.
Jenesis sintió que el cuerpo se le endurecía. No se atrevió a apartar la mirada, temiendo que, al dejar de vigilarla aunque fuera un instante, la figura pudiera acercarse. La escasa claridad que entraba por la ventana le permitía distinguir su silueta, pero no los detalles de su rostro. Parecía demasiado alta y estrecha para ser uno de los niños, aunque había algo en su postura que le impedía descartar por completo esa posibilidad.
Los hombros de la criatura subían y bajaban lentamente. Respiraba.
Jenesis intentó controlar su propia respiración, pero el aire se le atascaba en la garganta. Entonces advirtió que el ritmo de la figura también se había acelerado. Cada vez que ella tomaba aire con dificultad, el pecho de aquella cosa se elevaba con una rapidez semejante. Cuando conseguía contener la respiración, la figura parecía hacer lo mismo.
Por un instante, tuvo la impresión de que estaba imitándola.
Con un movimiento brusco, Jenesis extendió el brazo hacia la mesita de noche y encendió la lámpara. La luz iluminó las paredes, el armario y los muebles de siempre. La esquina estaba vacía.
Se quedó mirando el espacio donde había visto a la figura, con una mano aferrada a las sábanas. No había nada detrás de las cortinas ni junto al armario. La habitación permanecía tal como la había dejado antes de acostarse. Sin embargo, le costó varios segundos convencerse de que podía apartar la vista de aquel rincón.
La oscuridad se había retirado, y con ella, la presencia que había visto.
Fue entonces cuando reparó en la puerta.
Estaba entreabierta, dejando una franja de sombra sobre el suelo del pasillo. Jenesis frunció el ceño. Desde que los niños se habían mudado a la mansión, tenía la costumbre de cerrar la puerta con pestillo antes de acostarse. No quería que ninguno de ellos recorriera la casa durante la noche, y mucho menos que se acercara a las zonas que les había prohibido visitar. Quizá aquella vez se había olvidado de asegurarla. El cansancio podía hacer que una persona pasara por alto cosas tan sencillas.
Apartó las sábanas y se levantó con cuidado. Se calzó las zapatillas y avanzó hacia la puerta, procurando no hacer ruido. Al asomarse al pasillo, distinguió una figura delgada que caminaba lentamente hacia el extremo opuesto.
Jenesis se detuvo.
La silueta le resultaba familiar, aunque no era exactamente igual a la que acababa de ver en su habitación. Tenía una forma distinta de mover los hombros y su cabello, apenas visible bajo la penumbra, parecía más abundante. Aun así, había suficientes semejanzas entre ambas figuras como para que Jenesis no pudiera dejar de observarla.
Extendió la mano hacia el interruptor de la pared.
Cuando encendió la luz, el pasillo quedó iluminado de golpe y la joven se detuvo en seco. El cabello castaño cayó sobre sus hombros cuando volvió la cabeza. Agnes la miró desde unos pasos más adelante, sorprendida por haber sido descubierta.
—¿Qué haces despierta a estas horas? —preguntó Jenesis, incapaz de disimular su molestia.
—Voy al baño. ¿Eso también está prohibido? —replicó Agnes.
La respuesta fue inmediata, pero la anciana reparó en que el baño quedaba al otro lado del pasillo, en dirección contraria a la que la joven había estado caminando. No la contradijo. Ya había aprendido que, cuando Agnes no quería responder a una pregunta, encontraba la manera de convertirla en una discusión.
—No me gusta que merodees por la casa durante la madrugada. Te escucho caminar casi todas las noches.
Agnes ladeó la cabeza, como si aquella observación le pareciera absurda.
—Qué extraño. Nunca he visto rosas en los pasillos a estas horas para que puedas justificar otra de tus tontas prohibiciones sobre dónde podemos estar y dónde no.
Jenesis contuvo la respuesta que le vino a la mente. Estaba cansada y no tenía deseos de discutir con una adolescente en mitad de la noche, pero tampoco quería que Agnes creyera que podía desafiar todas las reglas de la casa sin consecuencias. Desde la llegada de los niños, mantener cierto orden se había convertido en una tarea mucho más difícil de lo que había imaginado.
—No soy tu enemiga, Agnes. Solo intento cuidarlos —admitió finalmente.
La joven soltó una risa breve, desprovista de humor.
—¿Exactamente cómo nos estás cuidando al no dejarnos visitar las tumbas de nuestros propios padres?
Jenesis bajó la mirada durante un instante. Había esperado aquella pregunta desde que los niños llegaron a la mansión, aunque nunca encontraba una respuesta que pudiera satisfacerla. Para Agnes, cualquier límite que estableciera parecía una forma de castigo, y explicarle sus motivos no garantizaba que fuera a escucharla.
—Tú y Alex pueden ir cuando quieran. Ya son mayores. Pero podría ser peligroso para Faith y Leo acercarse tanto al bosque.
—Y para Abel... —susurró Agnes.
La amargura de aquellas palabras alcanzó a Jenesis antes de que la joven terminara de pronunciarlas. No necesitaba que levantara la voz para comprender a quién estaba culpando. Aun así, fingió no haberla escuchado. No porque el comentario no le doliera, sino porque no sabía qué podía decir sin empeorar las cosas.
Se volvió y comenzó a caminar hacia su habitación. Había llegado a la puerta cuando se detuvo, incapaz de marcharse sin intentar explicarle algo que llevaba demasiado tiempo guardándose.
—Sé que es duro. Sé que perdieron a sus padres —murmuró, volviendo la cabeza hacia Agnes—, pero a veces creo que olvidas que yo también perdí a mi único hijo.
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Editado: 20.10.2026