Seis meses habían pasado desde la llegada de los niños a la mansión, y el invierno estaba en pleno apogeo. La nieve cubría los jardines y amenazaba cada día con cerrar los caminos que comunicaban la propiedad con el pueblo. Las temperaturas habían descendido tanto que salir de casa sin abrigarse bien se había convertido en una molestia, y las vacaciones de invierno comenzarían en menos de una semana. Durante aquellos días, las clases se interrumpirían y la mayoría de los amigos de Agnes y Alex viajarían con sus familias o recibirían visitas de parientes, por lo que sería difícil volver a reunirse con ellos hasta el final del receso.
Desde hacía tiempo, todos sentían curiosidad por conocer la famosa mansión Galanis, que se había convertido en protagonista de tantas historias de terror en el puerto. Algunos hablaban de ella como si estuviera embrujada; otros aseguraban que la anciana que vivía allí escondía secretos que nadie se atrevía a investigar. Agnes se había acostumbrado a escuchar aquellas historias en la escuela, y aunque no creía en todas, reconocía que la casa tenía suficientes particularidades como para alimentar la imaginación de cualquiera.
Por eso, ella y Alex habían comenzado a hablar de organizar una pijamada antes de las vacaciones. La idea les parecía perfecta: invitar a sus amigos, pasar la noche viendo películas, comer toda clase de golosinas y permitir que cada uno sacara sus propias conclusiones sobre la temida casa del terror. Lo único que les faltaba era conseguir el permiso de Jenesis, algo que ninguno consideraba sencillo.
—No hay forma de que Jenesis lo permita —comentó Alex mientras entraban en la casa, todavía con el frío adherido a la ropa.
—Quizá si se lo pides tú, acepte. Sabes que tiene debilidad por ti —lo molestó Agnes, lanzándole una mirada divertida.
Alex soltó una risa incrédula, pero no llegó a responder. Ambos sabían que Jenesis podía ser estricta cuando se trataba de las reglas de la mansión, y organizar una reunión de adolescentes en su casa durante toda una noche no parecía precisamente el tipo de propuesta que recibiría con entusiasmo. Aun así, decidieron intentarlo antes de descartar la idea.
Atravesaron el vestíbulo y salieron al jardín de rosas, donde encontraron a Jenesis ocupada entre los arbustos. Incluso en pleno invierno, la anciana dedicaba buena parte de su tiempo a cuidar las plantas, retirando las hojas dañadas y revisando las flores que habían resistido las bajas temperaturas. La nieve acumulada en los bordes de los senderos contrastaba con la blancura de los pétalos, y ella trabajaba con la misma atención de siempre, como si el frío no fuera motivo suficiente para abandonar sus costumbres.
—Buenos días, niños —saludó sin apartar la vista de las rosas.
—Buenos días, Jenesis —respondieron ambos al mismo tiempo.
La anciana dejó las tijeras de podar sobre una pequeña mesa y continuó examinando una flor antes de preguntar:
—¿Cómo les fue hoy? ¿Aprendieron mucho?
—Sí. Todos nuestros amigos se irán de vacaciones, así que tendremos que seguir estudiando durante el receso para matar el aburrimiento —contestó Agnes con una sonrisa inocente.
Jenesis levantó la cabeza y los miró por primera vez. La expresión de ambos le resultó sospechosamente alegre, aunque no hizo ningún comentario al respecto.
—Qué responsables —se burló, con una risa breve que revelaba que no terminaba de creerles.
—Bueno, también estuvimos pensando que sería genial invitar a nuestros amigos a la casa antes de que se marchen de vacaciones —añadió Agnes, observando atentamente su reacción.
Jenesis volvió la mirada hacia las rosas. Se tomó unos segundos para considerar la propuesta, y Agnes aprovechó ese breve silencio para mirar a Alex, como si quisiera recordarle que todavía podía intervenir.
—No lo sé... —murmuró la anciana.
—Solo sería una noche —se apresuró a añadir Alex—. Ni siquiera te darías cuenta de que están aquí.
Jenesis dejó las manos sobre la mesa y los observó alternativamente. Sabía que los niños necesitaban pasar tiempo con sus amigos, especialmente después de los últimos meses, pero la idea de tener a un grupo de adolescentes recorriendo la mansión no le resultaba particularmente agradable. Podía imaginar el ruido, las carreras por los pasillos y las preguntas indiscretas que seguramente surgirían en cuanto alguno empezara a curiosear.
Sin embargo, tampoco quería negarles cada oportunidad de disfrutar de su juventud. Desde que habían llegado, había intentado encontrar un equilibrio entre las reglas de la casa y las necesidades de sus nietos, aunque no siempre lo había conseguido.
—Está bien, pero deberán quedarse en el salón —aceptó finalmente—. No quiero que anden recorriendo la casa a cualquier hora.
Agnes y Alex intercambiaron una mirada de absoluta satisfacción. Habían esperado tener que insistir mucho más, así que la facilidad con la que Jenesis había cedido los tomó por sorpresa.
—¡Gracias! —exclamaron al mismo tiempo.
Antes de que la anciana pudiera añadir alguna otra condición, los dos ya se dirigían a la casa a toda prisa, hablando por encima del otro sobre las películas que podían ver, la comida que debían preparar y las cosas que contarían a sus amigos cuando les anunciaran que la pijamada sería en la famosa mansión Galanis.
Jenesis los observó alejarse desde el jardín. Una sonrisa tenue apareció en su rostro al escuchar sus voces todavía animadas en el interior de la casa, aunque no tardó en volver la atención a las rosas. Recogió las tijeras y se inclinó sobre el siguiente arbusto, procurando no pensar demasiado en el ruido que seguramente tendría que soportar dentro de unos días.
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Editado: 20.10.2026