Rosas Negras

Capítulo 18: Jenesis Natasha Galanis

—Todo debe estar impecable para cuando lleguen los invitados —indicó Jenesis a los empleados que limpiaban el salón, atentos a cada detalle de la habitación—. Quiero que la comida esté perfecta y que vigilen todas las salidas de la casa. Lo último que necesita mi reputación en este pueblo es un niño perdido en el bosque. Podrían extraviarse o ser atacados por algún animal, así que asegúrense de que ninguno salga sin que alguien lo advierta.

Los empleados asintieron sin interrumpirla y continuaron con sus tareas. Unos acomodaron las sillas alrededor de las mesas mientras otros revisaban los adornos y retiraban el polvo de los muebles. Jenesis recorrió el salón con la mirada, comprobando que todo estuviera en orden. Hacía mucho tiempo que no organizaba una reunión semejante, pero la preparación le resultaba familiar. Por un instante, tuvo la impresión de haber regresado a una época en la que recibía invitados para tomar el té y la mansión se llenaba de conversaciones, risas y el sonido de la vajilla. Entonces bastaba con asegurarse de que cada cosa ocupara su lugar para que la tarde transcurriera como debía.

Unos pasos ligeros interrumpieron sus pensamientos. Antes de que pudiera volverse, unas manos pequeñas tiraron suavemente de su falda. Jenesis bajó la mirada y encontró a Faith a su lado. La niña observaba a los empleados con sus grandes ojos azules, pero no tenía la sonrisa que solía acompañar sus visitas al salón. Su rostro parecía apagado y permanecía demasiado quieta para alguien de su edad.

—Señora Jenesis…

La anciana reparó de inmediato en la forma en que la había llamado. Faith casi siempre utilizaba un apodo cariñoso, y aquella formalidad inesperada hizo que dejara de prestar atención a los preparativos.

—¿Qué sucede, cariño?

—No me siento bien.

Jenesis se inclinó un poco para quedar más cerca de ella y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—¿Qué sientes?

—Me duele la cabeza —respondió Faith, con una voz más débil de lo habitual.

La anciana le tocó la frente y la observó con detenimiento, intentando descubrir si había algo más que pudiera explicar su malestar. No quiso alarmarla con preguntas innecesarias, pero tampoco estaba dispuesta a ignorar aquella señal.

—Llamaré al médico. Ve a tu habitación y acuéstate un rato; quizá solo sea cansancio.

Faith asintió y se alejó sin protestar. Jenesis la siguió con la mirada mientras la niña cruzaba el salón y desaparecía por la puerta. Después, se dirigió al teléfono, aunque sus movimientos se habían vuelto más lentos. A su alrededor, los empleados continuaban trabajando, ajenos al cambio que acababa de producirse en su expresión.

Jenesis permaneció unos segundos con la mano sobre el auricular antes de levantarlo.

No otra vez…




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