Rosas Negras

Capítulo 19: Agnes Clement

La mansión tenía un aspecto muy diferente al habitual. En lugar del silencio y la oscuridad que dominaban sus pasillos cada noche, aquella vez el salón estaba iluminado por completo, el aire olía a bocadillos recién abiertos y las risas de los adolescentes se extendían por la planta baja. Había cojines desperdigados por el suelo, mantas sobre los sofás y envoltorios de golosinas junto a los vasos de refresco. Por unas horas, la casa parecía un lugar corriente, habitado por una familia que disfrutaba de una noche de invierno.

A la pijamada habían asistido Claire, Iris, Lilia, Matt, John y dos amigos de Alex a quienes Agnes apenas conocía. Todos se habían acomodado en el salón, dispuestos a aprovechar la oportunidad de pasar una noche en la famosa mansión Galanis. Desde que llegaron, las historias sobre la casa no habían dejado de circular, y cada nuevo relato parecía superar al anterior.

—Mi padre dice que nos fuimos de nuestra antigua casa por el precio del alquiler, pero mi hermana asegura que mi madre apenas podía dormir después de ver la silueta de una mujer en el pasillo —contó uno de los amigos de Alex, sentado en el suelo junto a la mesa de los bocadillos.

—¿Y tu madre llegó a ver su cara? —preguntó Lilia, inclinándose hacia él.

—No. Solo decía que era una figura alta, completamente inmóvil. Una noche la vio al otro lado de la puerta de su habitación. Cuando encendió la luz, ya no estaba.

—Quizá solo era una sombra —sugirió John, aunque su sonrisa dejaba claro que tampoco le desagradaba la historia.

—Eso decía mi padre. Hasta que una noche también la vio.

Las reacciones no se hicieron esperar. Algunos soltaron exclamaciones de sorpresa; otros comenzaron a formular preguntas para averiguar más detalles. Así habían pasado la última hora y media, intercambiando historias de terror familiares, leyendas del pueblo y experiencias que, según sus protagonistas, nadie había conseguido explicar.

—Este lugar es genial —comentó Claire, mientras observaba los adornos del salón. Sus ojos recorrieron los muebles antiguos, los cuadros de marcos oscuros y las lámparas que proyectaban una luz cálida sobre las paredes—. Parece una casa sacada de una película.

—Es aterrador —replicó Iris, que no sabía si le gustaba más la decoración gótica o si prefería mantenerse lejos de los rincones menos iluminados.

—Aterradora es la señora Galanis —intervino Matt.

Había llegado temprano y Jenesis misma le había abierto la puerta. Todavía recordaba la forma en que la anciana lo había recibido, con una cortesía impecable y una mirada que lo había hecho enderezarse casi por instinto.

—Es una buena mujer… a menos que la llamen abuela —bromeó Alex.

Las carcajadas se extendieron por el salón, y hasta Agnes sonrió. Durante unos minutos, se permitió disfrutar de la compañía de sus amigos sin pensar en las reglas de Jenesis, en las discusiones que todavía no había resuelto con su hermano ni en todo lo que había cambiado desde que se instalaron en aquella casa. La conversación era ligera, los demás parecían cómodos y, por primera vez en mucho tiempo, la mansión no le resultaba tan opresiva.

Después de tantas historias, decidieron poner una película de terror. Sin embargo, la elección resultó ser un desastre. Los efectos especiales eran tan malos y las actuaciones tan exageradas que, a los quince minutos, ya nadie prestaba atención a la pantalla. Matt empezó a imitar al protagonista, Claire se rio tanto que casi derramó su bebida y Alex terminó apagando el televisor entre las protestas fingidas de los demás.

—De acuerdo, esto es una pérdida de tiempo —declaró, apartando el control remoto—. Necesitamos algo mejor.

La idea de hacer retos surgió casi de inmediato. Al principio fueron pruebas absurdas que apenas exigían esfuerzo: comer más de cinco malvaviscos a la vez, hacer más de veinte flexiones de brazos o intentar mantener el equilibrio sobre un pie mientras los demás distraían al participante. Cada fracaso provocaba una nueva ronda de carcajadas, y las reglas cambiaban constantemente según las ocurrencias de quien tuviera el turno.

Agnes participó en un par de desafíos antes de acomodarse junto a Claire, desde donde observaba cómo los demás competían por demostrar quién tenía menos vergüenza. La noche avanzaba sin que nadie pareciera preocuparse por la hora, hasta que llegó el turno de Alex.

Claire se llevó una mano a la barbilla y examinó el salón, buscando una idea que estuviera a la altura de los retos anteriores.

—Tu reto es… —comenzó, alargando deliberadamente la pausa mientras los demás esperaban.

—Ir al cementerio prohibido —propuso Agnes.

Las reacciones fueron inmediatas. Algunos jadearon; otros intercambiaron miradas de entusiasmo, como si acabaran de recibir la mejor propuesta de la noche. El cementerio era uno de los lugares de la mansión sobre los que más se hablaba, en parte porque Jenesis había dejado claro que no quería que los niños se acercaran a él sin su permiso. La prohibición, por supuesto, solo había conseguido aumentar la curiosidad de todos.

Alex se puso de pie con una sonrisa desafiante.

—¿Eso es todo? Pensé que ibas a proponer algo difícil.

—No te apresures. Todavía puedes arrepentirte —lo provocó Agnes.

—No voy a arrepentirme.

Se dirigió hacia las puertas de cristal que daban al jardín y las abrió sin vacilar. El aire frío entró en el salón, haciendo que Claire se envolviera en la manta que tenía sobre las piernas. Alex, en cambio, salió como si la temperatura no le molestara y echó a andar por el sendero que conducía al cementerio.

Los demás se acercaron a las puertas para seguir sus movimientos desde el interior. Algunos se agolparon junto al cristal; otros apagaron las luces más cercanas para ver mejor el jardín. Agnes permaneció entre ellos, con una expresión satisfecha al comprobar que su hermano no había buscado ninguna excusa para librarse del desafío.




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