Las manos huesudas de Jenesis se aferraban al brazo del cuidador mientras lo ayudaba a recuperar el equilibrio después del golpe que Alex le había propinado. El hombre todavía parecía aturdido y se sacudía la ropa con movimientos bruscos, tratando de quitarse la tierra que se le había adherido al caer. Jenesis no podía evitar mirarlo con cierta incredulidad. ¿Quién habría imaginado que Alex, con su aspecto de adolescente desgarbado, tuviera tanta fuerza?
—La regla más importante era no salir de la casa —masculló, volviéndose hacia sus nietos en cuanto se aseguró de que el cuidador podía mantenerse en pie—. Confié en ustedes. ¿Y qué fue lo primero que hicieron? Salir al jardín, correr hacia el bosque siguiendo ruidos de animales salvajes y golpear a uno de mis empleados. ¿Acaso no se les ocurrió pensar en las consecuencias de sus actos?
Agnes y Alex permanecieron frente a ella, con el rostro encendido por la vergüenza. Ninguno se atrevió a responder. La expresión de Jenesis bastaba para dejar claro que no estaba dispuesta a escuchar excusas, y ambos comprendieron que cualquier intento de justificarse solo empeoraría las cosas.
—Lo sentimos —alcanzó a decir Alex.
Jenesis lo silenció con una sola mirada. El muchacho cerró la boca y bajó los ojos, mientras el cuidador terminaba de sacudirse la ropa. El hombre no había pronunciado una palabra desde el golpe, pero su evidente malestar dejaba poco espacio para pensar que aceptaría las disculpas de buen grado. Después de comprobar que no necesitaba ayuda, se apartó de Jenesis y se internó en el bosque, todavía molesto por lo ocurrido.
La anciana lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre los árboles. Luego se volvió hacia la casa y echó a andar sin esperar a sus nietos. Agnes y Alex la siguieron a cierta distancia, conscientes de que no tenían ninguna posibilidad de mejorar la situación aquella noche.
Al entrar en el salón, encontraron a sus amigos reunidos junto a las bolsas de dormir. Nadie parecía tener deseos de continuar con los juegos. Claire evitó mirar a Agnes, Matt se entretuvo recogiendo un envoltorio del suelo y los demás permanecieron en silencio, pendientes de la anciana que acababa de aparecer en la puerta. La emoción de la pijamada se había desvanecido por completo.
—Es hora de que todos se duerman. Ya han tenido suficientes aventuras por una noche —ordenó Jenesis con una severidad que no admitía discusión—. Quiero que apaguen las luces y que nadie vuelva a salir del salón. ¿He sido clara?
—Sí, señora Galanis —respondieron varios al mismo tiempo.
Los adolescentes se apresuraron a obedecer. Recogieron los restos de comida, apartaron los vasos y extendieron las bolsas de dormir sobre el suelo. Incluso quienes normalmente habrían aprovechado la ocasión para hacer alguna broma se mantuvieron ocupados en silencio. Ninguno quería convertirse en el siguiente blanco de la ira de Jenesis.
La anciana esperó hasta comprobar que todos estaban instalándose antes de volver la atención hacia Agnes y Alex. Los dos seguían junto a la entrada, inmóviles, como si esperaran que su abuela hubiera olvidado por un momento que también debía ocuparse de ellos.
—Y ustedes dos hablarán conmigo mañana —advirtió—. No crean que esto ha terminado.
Agnes asintió sin levantar la cabeza. Alex hizo lo mismo, esta vez sin intentar defenderse.
Jenesis se dio la vuelta y salió del salón. Sus pasos se alejaron por las escaleras, acompañados de algunas maldiciones pronunciadas entre dientes que los adolescentes no alcanzaron a distinguir con claridad. Nadie se atrevió a comentarlas. Las bolsas de dormir crujieron mientras los jóvenes terminaban de acomodarse, y las luces se apagaron poco después.
Durante el resto de la noche, el salón permaneció en silencio. Ni siquiera los amigos de Alex, que unas horas antes competían por contar la historia más aterradora, encontraron algo que decir. La pijamada continuó hasta la mañana siguiente, pero las risas no regresaron.
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Editado: 20.10.2026