Rossetta, frente a su casa, tomó un respiro. Detenida, observó la puerta, ya opacada por el sol, sabiendo que al día siguiente no tendría que preocuparse por llegar a ningún lugar.
Al menos por un par de meses se vería obligada a quedarse varada, buscando alguna alternativa para su futuro profesional, del que no tenía ninguna certeza.
Infantil como siempre, Rossetta quiso sorprender a Denisse, a quien imaginaba inmersa en tanto quehacer. Haciendo el menor ruido posible, a hurtadillas, escaló la reja que separaba su patio delantero del costado de su casa; una reja que podía escalar cualquier niño, pero que resguardaba las plantas de su madre de los animales vecinos, que se colaban a instalarse bajo la sombra de los espinos del antejardín.
Entrando por la puerta de la cocina, con cautela, reía divertida. Hacía años que tenía la costumbre de escabullirse; a gatas, reía por la cara que vería en su madre.
Cerca del living, Ross dio por terminado su juego. Todo estaba destrozado. Un olor extraño y desagradable impregnaba el ambiente. Con asco, apenas contenía las ganas de vomitar, mientras su corazón le advertía que algo terrible había ocurrido. Levantándose del piso, decidida, quiso avanzar para encontrar a Denisse. Las piernas no le dejaban levantarse y el miedo a lo peor le cortaba la respiración. Logrando estar de pie, dando un paso en falso, cayó de bruces al piso.
Queriendo levantarse, su cuerpo no reaccionaba; mirando sus manos, viendo cómo estas le respondían, intentó arrastrarse.
Un olor a carne y pelo quemados invadía el aire. Rossetta trató de conllevar el mal olor, logrando arrastrarse hasta el costado de un sillón instalado en la esquina del fondo del living. Ross, con esfuerzo, logró asomar su cabeza para ver unos bultos a los cuales aún les crujía la carne, mientras unas escasas llamas daban término a la ropa que los cubría. Horrorizada, Rossetta reconoció esos cuerpos; eran sus amados padres.
Rossetta, incapaz de creer lo que veía, no apartaba la vista de ellos, mientras la argolla de Denisse caía dando pequeños golpes contra el suelo, después de que su dedo perdiera el grosor de la carne consumida.
Sus padres, ya calcinados, quedaban grabados en el inconsciente de Rossetta, quien sintió que se iba muriendo.
Enmudecida, Rossetta quiso moverse hacia ellos, pero al levantar la vista, la imagen de Vincent, parado a un costado de la escalera, la dejó en estado de inercia. No entendiendo su calmo actuar, se preguntó si lo que estaba viendo era la realidad o una fantasía creada por su imaginación.
Aturdida y sin entender lo que veía, siguió observando a Vincent, quien, con total control de sí, regañaba a su protegida como quien reta a un niño. Ross, en ese instante, sintió perder la razón; todo irreal.
Sus ojos, llenos de lágrimas que caían sin que ella hiciera el mínimo esfuerzo, quedaban ciegos, mientras seguía escuchando el llamado de atención que Vincent le realizaba a su prima; le repetía una y otra vez que había hecho una estupidez sin razón.
Rossetta, apoyada en el brazo del sillón, intentó avanzar hasta ellos. Logrando mover sus piernas, para luego caer de espaldas, como un árbol cortado desde sus cimientos. No pudo sostenerse ni dar un grito de desesperación, mientras que, al caer, sintió un acogedor calor que la recibió y, sin resistencia, entregándose a este, se preguntó...
—Es el cuerpo de alguien —se dijo en su mente—. Y se entregó en esta sensación para dejar de existir...
Vincent, aún molesto, no lograba dar crédito a tanto infantilismo por parte de Amalia, mientras esta, negándose a escucharlo, lo miraba sin atención, preguntándose cuánto afecto podría tener él hacia ella, si su compañía sería por obligación, aunque estaba segura de que esto no era así.
—¡Tan solo déjamelo a mí! —le dijo Amalia—. Me encargaré de todo, no te preocupes, esto no entorpecerá nuestro propósito, estás exagerando.
—Estás teniendo una actitud estúpida —agregó Vincent—. ¿Qué pasa si ella ve todo esto y se nos escapa? No estoy de humor para capturas.
—¡Necesitaba desahogarme! ¿Qué quieres? Ya tuve demasiada tolerancia con esta familia absurda —respondió Amalia—, pero hay algo diferente ahora, ¿no lo sientes? Está aquí. ¡Ella está aquí! ¡Vincent, búscala!
Con la reacción de Am, Vincent se puso al pendiente de los alrededores. No percibiendo nada, calmó a su protegida, quien no aceptó sus palabras. Vincent, a pesar de no encontrarse con la esencia de Rossetta, terminó cediendo ante la insistencia de Amalia y, para que esta quedase complacida, registró cada espacio de la casa.
—Esto me agota —repetía Vincent—. Qué molestia.
—¡Ya olvídalo! —le dijo Am—. No está, no la siento, capaz fueron ideas mías. Te ayudaré con todo esto, y esperemos la llegada de mi hermanita...
Los días pasaron como siempre, a su ritmo, inconscientes de la vida de cada quien.
Rossetta despertó. Su cuerpo le alertaba de la debilidad que lo deterioraba, sin saber qué había sido de ella, trató de forzar sus párpados para que se abrieran pese a la luz enceguecedora que luchaba por cerrarlos, mientras un calor agradable le cubría la cara.
—¿Estaré soñando? No quiero despertar, una pesadilla, una ilusión, siento que no debo despertar... ¡No! No debo abrir los ojos, este calor es agradable —pronunciaba Ross en su cabeza, mientras reconocía una voz que la llamaba—. ¿Quién es?, ya sé quién es, Rob, es Rob, pero no quiero despertar, me duele mucho. ¡Mi garganta, mi pecho! Mis amados padres, mis queridos padres, vengan, me siento mal, papá, mamá, vengan, me ahogo. ¡Por favor, vengan!
Las lágrimas de Rossetta brotaban cálidas y angustiantes...
—Rossetta, despierta, vamos. ¡Debes despertar! Llevas cinco días sin alimentarte, tu cuerpo no resistirá...
La voz de Rob llegaba a los oídos de Rossetta, mientras esta se negaba a entender sus palabras.
—Tranquila, te llevaré con quien te aclare tu realidad, yo no me siento capaz. Eres diferente, y te llevaré con quien te diga qué tan diferente eres.
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Editado: 10.08.2026