Rossetta

FRENTE AL INFIERNO (IRA, MIEDO)

Cruzando sus manos a través del portal, Gustav arrastró a Vincent y a Amalia al interior de Mitzlar. Luego se retiró rumbo a su propia casa para esperar, paciente, a que le entregaran a su futura mujer.

En Mitzlar solo quedaban cuatro personas, incluyendo a los dos que acababan de ingresar. A sabiendas de ello, Amalia caminaba a sus anchas, sin más obstáculo que Rob. No tenía motivos para retrasarse más en su encomienda.

Por los pasillos, Amalia, sin ocultarse, solo cuidó de esconder su presencia, mientras Vincent seguía sin querer hablar, molesto por la pérdida de tiempo que habían tenido recorriendo lugares absurdos propuestos por su protegida. Amalia, sin complicarse, se defendía, intentando sacar a Vincent de su amurramiento.

—Quita el enojo. Jamás pensé que la traería a su casa, debe ser estúpido —le dijo Amalia.

—Era lo más lógico. ¿En qué otro lugar quedaría más protegida?

La paciencia de Vincent era solo para Amalia, aunque en demasiadas ocasiones creyó tener demasiado aguante. Pero asumía su culpa al malcriarla desde que la pasaron a su cuidado. Amalia, cantando, mostraba su alegría, y esto regocijaba a su guardián.

—Hermanita, hermanita, ¿dónde estás? —repetía Amalia una y otra vez—. Te busco y te busco en cada lugar...

Hasta que la vio. Los ojos de Amalia se agrandaron y su rostro se iluminó. Se acercó despacio hasta quedar a milímetros de la cara de Rossetta.

—Rossetta... Rossetta... —le susurraba al oído—. Despierta, que estoy aquí.

Rossetta descansaba, sintiéndose segura, cuando escuchó su nombre. Al abrir los ojos, brincó sobresaltada al ver ante ella a quien quería destruir.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Rossetta, encolerizada, sin estar segura de si sus fuerzas le permitirían cumplir sus deseos.

Sin moverse un milímetro, Rossetta adoptó una postura ofensiva y desplegó ante Amalia toda la magnitud de su presencia.

El contorno de las alas de Rossetta hizo retroceder rápidamente a Amalia, y esta, maravillada, se emocionó al límite de no poder contenerse, aumentando sus deseos de eliminar todo rastro de existencia de Rossetta. Vincent, viendo a las dos hermanas, solo confirmaba el espectáculo que había imaginado para sus encuentros. Interponiéndose entre ambas, trató de contener a su protegida.

—¡Estás loca! No debemos matarla, tenemos que cumplir con tu padre.

Vincent quedó frustrado al ver esa euforia que ya conocía en Amalia. Haciéndose a un costado, decidió satisfacer este otro capricho de su protegida. Pese a la situación, no le quedó otra que adelantarse y asumir el castigo en consecuencia por desobedecer las órdenes de su amo. En contraparte, disfrutaba escuchar la risa de Amalia; cualquier castigo era soportable con tal de verla reír.

Amalia esta vez quiso asumir sus actos, calmando a Vincent.

—Tranquilo, que de esto yo me haré responsable. Asumiré la culpa por matar a esta infeliz.

Rossetta solo sentía odio.

—¡Escoria! ¡Cállense de una vez! —gritó Rossetta, encolerizada—. Dejen de hablar estupideces y enfréntenme de una vez.

Vincent, dejándoles libertad de acción a las dos hermanas, se retiró tomando distancia para observar cada detalle de aquel enfrentamiento. Su curiosidad también necesitaba satisfacción, y Rossetta era un completo enigma por resolver.

—Hermanita —dijo amorosamente Amalia, con un brillo en los ojos que mostraba su entusiasmo—. Esto nos gustará a ambas.

—¡Cállate de una vez! —gritó Rossetta, explotando de rabia.

Rossetta, incapaz de aguantar más la situación, fue la primera en abalanzarse contra Amalia, quien, a la expectativa, la esperaba. Amalia apenas logró evitar el golpe y, con una expresión incrédula, se preguntó cómo era posible que su hermana tuviera esa clase de movimientos.

Vincent, con una expresión más seria, se concentró mejor para calcular los progresos de Rossetta.

Impulsiva como siempre, Amalia arremetió queriendo incinerar a Ross, quien enfrentó el fuego, atravesándolo como si este no existiera.

Sin daños significativos, Rossetta quiso darle alcance a Amalia, pero su cuerpo empezó a demostrarle que aún necesitaba recuperarse. Sintiéndose débil y mareada, trató de mantener sus sentidos.

Amalia, alejándose para tomar posición desde las alturas, expandió sus alas demoníacas para luego dirigirse en picada contra Rossetta; esta vez quiso abatirla embistiéndola con su cuerpo.

Encantada con la situación, Amalia festejaba de antemano el final que imaginaba para su supuesta única hermana. Rossetta ya no podía moverse; su cuerpo se negaba a acompañarla en el enfrentamiento que tanto había anhelado. Frustrada, sintió rabia consigo misma al saber que no podría evitar el golpe.

Rob, distante e inmerso en sus pensamientos, decidió volver al interior de la mansión. Imaginándose a Rossetta aún dormida, se extrañó por la explosión que de pronto ocurrió cerca de ella. Pensando que la misma Rossetta podría estar descontrolada en su poder, corrió en su auxilio. Nunca imaginó que lo que vería tan pronto serían esos dos de quienes se escondían.

Demasiado pronto, era, en su opinión, demasiado pronto para ser encontrados; los accesos debieron retener a ese par por más tiempo.

El acelerado Rob alcanzó a intervenir, repeliendo a Amalia y lanzándola contra las paredes de Mitzlar. Al ver el riesgo que corría su protegida, Vincent se lanzó al instante a socorrerla.

—Esto está mal —dijo Vincent—. Rob, no te puedes interponer en una pelea de chicas, esto no te incumbe, es un tema familiar.

—Tú tampoco perteneces a esa familia, solo eres un lacayo, aunque al parecer estás haciendo méritos para ser parte de ella —le respondió Rob.

—Solo me importa este lazo —le contestó Vincent mientras miraba a Amalia.

—¡Ya basta, cállense! ¡Esto no me gustó! —gritó Amalia, molesta—. Rob, casi me matas por esta estúpida.

—Te lo advertí, Amalia —contestó Rob—. Si intentas dañar a Rossetta, me tendrás de oponente.




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