Rossetta

ENFRENTAMIENTO (LA MUERTE NO EXISTE)

El Deep Castle al instante se remeció; la hora que esperaban, el estruendo de los muros lo confirmó.

Agatha corrió mientras los chicos la seguían. Todos, reunidos en la entrada, confirmaban sus posiciones. Las Hienas gimoteaban al escuchar el chirrido de las Arpías; inquietas, se mecían con la adrenalina sobre su carne, y los Enanos montados las acariciaban, sobando sus lomos y apaciguándolas.

—Ya, mis niñas, ya, mis niñas, no se inquieten —les susurraban mientras miraban, con ansiedad, la sangre que corría desde el exterior.

Las Arpías sobrevolaban las alturas, tironeando y desmembrando a los guardias que alcanzaban con sus garras; unas a otras se ayudaban, soltando las rocas que recogían al paso, queriendo reventar la cúspide de la montaña.

Uno tras otro, se formaban los grupos, mientras Onero, orgulloso, se engrandecía con su jauría furibunda. Deseaba ser el primero en atravesar las defensas de aquel renombrado castillo, el cual dejaría de ser impenetrable. Ansioso, no quiso esperar a su compañero de batalla.

Al interior del Deep Castle, los guardias permanecían detrás de la puerta, sudando frío, y reían enloquecidos por alcanzar a escapar. Cuando la puerta comenzó a ceder, Agatha comenzó su hechizo. Colocando su mano derecha sobre la puerta y la izquierda en la frente, se sacudió estrepitosamente. Azazel y Balam la respaldaron, sosteniéndola por la espalda.

—Abunda, fortalece; abunda, fortalece —imploraba Agatha a la montaña—. Abunda, fortalece; abunda, fortalece.

Rogaba y, cuando se sintió escuchada, empezó a retroceder mientras la entrada se cerraba.

Onero, viendo detenido su avance, corto de paciencia, arremetió colérico contra la inutilidad de sus esclavos. Por más que golpeaban la puerta, esta no cedía. Cuando Onero, con su propia mano, tocó la entrada, se percató del embrujo en ella y bramó de un lado a otro cuando Adramelec llegó.

Agatha intentaba recuperar su energía para luego enfrentar a sus atacantes. La idea era sencilla: permitirían que entrasen de a poco; los recibirían uno a uno. El Deep Castle era una pirámide invertida, y el acceso era solo desde arriba. El amo del castillo disponía de un escape, el cual recién daba a conocer, y así, de a poco, descenderían hasta lo más bajo, resistiendo y eliminando a quien llegase hasta ellos. Los vasallos de Balam estaban preparados; su misión se concentraría en aniquilar a los esclavos de Onero y Adramelec.

Este enfrentamiento era memorable, en especial para Adramelec, para quien esta batalla marcaría la proyección de su guerra.

Adramelec apareció en la entrada del Deep Castle, acompañado de diez Gigantes de cuerpos desproporcionados. Con su masa corpulenta y gelatinosa, mostraban pocos signos de inteligencia. Con obediencia ciega, estas criaturas caminaban como si sus propios cuerpos les estorbasen y, mostrando el maltrato sufrido al ascender por la ladera del castillo, se preparaban para cumplir con su misión. Con aquellos portes, no podrían entrar a la mansión; su propósito era solo uno.

Tras la orden de Adramelec, estas masas corpulentas comenzaron a derribar la puerta de entrada. A puño limpio, se turnaban contra el muro, mientras que con sus piernas se ensartaban al suelo por el impulso de sus brazos. Lentamente, se desmigajaba la tierra, cediendo con los golpes la energía depositada.

—No te creía tan ineficiente —le dijo Adramelec a su aliado.

Onero, abrumado al perder protagonismo, se reía burlesco por el pequeño ejército que acompañaba a Adramelec.

—Tranquilo —le decía este—, primero saquemos al conejo de su madriguera.

La ansiedad dominaba a los jerarcas, quienes se creían con la carta blanca de su señor. Cuando tentaron su suerte matando a los primeros hijos del soberano y, al no ser detenidos, se sintieron conformes con su venia. Sus ambiciones eran factibles de concretar, y así lo harían; a excepción del señor Lucifer, todos quedarían bajo sus pies.

—Sobre mi ejército —proseguía Adramelec—, mira al pie de la montaña. ¿No crees que por algún lado saldrán? Tú preocúpate de cubrir las alturas; yo me encargo del suelo.

Al pie de la montaña, millares la rodeaban. Los Gigantes, a paso lento, avanzaban, y las vibraciones de sus golpes se transmitían a través de las rocas, recorriendo el cuerpo de los chicos desde sus pies.

—Ya es hora —dijo Balam—. Es el momento.

Se colocó en el centro de la montaña, extendiendo sus brazos hacia los costados y creando salidas para su ejército.

Comenzó el enfrentamiento. Los Gigantes habían logrado avanzar por entre la roca hasta dar con el interior. Lograda su tarea, se retiraron para descender la montaña.

Era el turno de las audaces Arpías, quienes recibían las órdenes de ingresar. Revoloteaban ansiosas, tirándose en picada contra la entrada; torpes, apenas evitaban chocar con las murallas que las limitaban en su movimiento.

La torpeza de sus alas les limitaba el caminar; gritando unas contra otras, chirriaban en su llamado para extinguir a quienes apareciesen a su paso.

En la avanzada, Onero levantó su pecho, marchando junto a sus bestias y seguidoras.

Adramelec lo siguió en la retaguardia; no era impulsivo. Más analítico, miraba antes de actuar y, sobre todo, no gustaba de mancharse las manos con insignificantes sirvientes; su orgullo estaba en enfrentar a los más fuertes.

La contienda surgió desde las sombras. Los vasallos de Azazel y Balam dieron inicio a sus movimientos. Subiendo adheridos a la roca lisa, escalaban el Deep Castle.

Como hormigas, cubrieron la cumbre de la montaña, dando rienda a su locura. Sus cuerpos diminutos saltaban para cazar a las Arpías que sobrevolaban el exterior; embistiéndolas, se agarraban de sus pies para comérselas en pleno vuelo.

Los grotescos Gigantes emprendieron la bajada y, con el sendero tan reducido, apenas tenían movilidad. Manoteaban, tratando de espantar a las criaturas enanas que los escalaban, mordiéndolos y arañándolos. Trataban de despellejarlos. Los Gigantes gritaban y las aplastaban como moscas contra sus propios cuerpos, a los pocos que lograban alcanzar.




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