El cielo de la tarde sobre la periferia de la ciudad se teñía de un violeta sucio, aplastado por el humo grisáceo e interminable que vomitaban las chimeneas industriales de las corporaciones. En una acera agrietada, ajenos al peso del aire contaminado, dos jóvenes caminaban compartiendo el calor de la rutina escolar.
—Que no, jamás en la vida admitiría que *Naruto* es mejor que *Dragon Ball* —sentenció el chico, gesticulando con las manos para darle fuerza a su argumento mientras esquivaba un bache en el asfalto.
La chica a su lado soltó una risa ligera, dándole un codazo juguetón en el brazo.
—Vamos, pero sabes que es cierto, ¿no? En el fondo de tu corazón de fanboy lo sabes. Admítelo de una vez, Calloy.
—¡Ah, ya te dije! —Calloy se rascó la nuca, entornando los ojos con una indignación cómica—. Que a ti te guste más algo no lo hace automáticamente mejor. La verdad es que ambas son muy buenas obras, pero a mí me gusta más la vieja escuela. Cuestión de esencia.
—Ay, ya estás otra vez. Ustedes los *nostalgia ball* no tienen remedio —replicó ella, rodando los ojos con una sonrisa afectuosa que borraba por un instante la gris monotonía del entorno.
Calloy se detuvo un segundo, mirando de reojo a un par de transeúntes que pasaban junto a ellos con el rostro rígido, los hombros hundidos y la prisa autómata grabada en las pupilas.
—Mira, nos están mirando raro —susurró el chico, bajando la voz y encogiéndose de hombros—. Estamos discutiendo sobre manga a mitad de la calle y a viva voz. Seguro piensan que somos un par de imbéciles.
—Si las personas que discuten por el manga son unos imbéciles… —comenzó ella, deteniéndose también frente a él.
Ambos se miraron fijamente y, al unísono, rompieron a reír. El sonido de sus risas limpias fue un destello de calidez efímera en una ciudad muerta.
—Oye, Calloy… —murmuró la chica, suavizando la mirada mientras estiraba los dedos para buscar su mano.
No hubo tiempo para cerrar el agarre.
El mundo se volvió un destello blanco y cegador. Un rugido ensordecedor desgarró el aire, acompañado por una onda de expansión térmica que reventó los cristales de los edificios colindantes, esparciendo una lluvia de vidrio templado. El suelo tembló con la violencia de un terremoto biológico.
La fuerza del impacto arrojó a la chica varios metros hacia atrás. El asfalto rústico le raspó la piel de los brazos y las piernas, pero el dolor físico se extinguió por completo, sustituido por un vacío gélido en el pecho cuando logró abrir los ojos entre la densa humareda gris.
—¡¿Calloy?! ¡¡Calloy!! —gritó con la voz rota por el pánico, arrastrándose desesperadamente sobre sus rodillas sangrantes.
A pocos metros, una silueta deforme y masiva se recortaba contra el fuego de las tuberías rotas. Era una aberración, su piel, de un tono blancoso pastoso y necrótico, colgaba en pliegues pesados. La criatura carecía de facciones humanas; en su lugar, una gigantesca y grotesca boca horizontal se abría de par en par justo en medio de su abdomen, revelando hileras de colmillos afilados y amarillentos listos para triturar.
Utilizando sus brazos, que se habían metamorfoseado en estructuras óseas compuestas por múltiples pinchos y cuchillas arqueadas como las patas de una mantis religiosa, la criatura mantenía a Calloy clavado contra el suelo.
—¡¡No, suéltame, suélta—...!!
El grito de Calloy fue sofocado cuando la fauce del vientre del monstruo se cerró sobre él con un crujido espantoso. El sonido de la carne desgarrándose y los huesos fracturándose bajo la presión biológica llenó el vacío de la calle destruida.
La chica se congeló. El horror absoluto paralizó sus cuerdas vocales; quiso gritar, quiso correr hacia los restos de su novio, pero sus extremidades se sentían como plomo.
Antes de que la criatura reparara en ella, unas manos enguantadas, toscas y cubiertas de Kevlar la sujetaron por los hombros, arrastrándola hacia atrás. Eran uniformes oscuros de Seguridad Pública corporativa.
—¡Toma a la chica! —ordenó el primer soldado, con la voz distorsionada por el modulador de su casco táctico.
—¡Debemos irnos ya! ¡El perímetro está comprometido por infectados MMM! —respondió el segundo, levantándola en peso sin la más mínima delicadeza.
—¡No! ¡No, dejen a Calloy! ¡¡Calloy!! —la joven pataleó y arañó los trajes militares, derramando lágrimas que limpiaban el hollín de su rostro. Su novio, su vida entera, se desvanecía detrás de una cortina de humo y sangre mientras era arrastrada hacia la oscuridad de un vehículo blindado.
En el silencio sepulcral que siguió a la tragedia, una verdad invisible flotó sobre las cenizas del asfalto:
*«Los culpables no sufrirán tanto como las víctimas. Al final, si solo el que puede reparte justicia… la justicia es solo de quien tiene el poder».*