### II: La mesa de Bebols
En una oficina sumida en la penumbra en el piso superior de *Bebols*, el sonido estridente de un teléfono antiguo rompió el silencio. Una mano enorme, maciza y llena de cicatrices curtidas en los nudillos descolgó el auricular de baquelita.
—¿Sí? —La voz de Flayer era un barítono rasposo que denotaba autoridad.
Al escuchar la confirmación de la científica al otro lado de la línea, una sonrisa torcida y llena de colmillo se dibujó en su rostro de mandíbula cuadrada. Una risa baja y ronca escapó de su garganta, haciendo vibrar su pecho musculoso.
—Jajajaja… Excelente. Tú y el escuincle de Caps diríjanse al área de planificación de *Bebols* lo más pronto posible. Yo avisaré a los chicos.
Flayer colgó el teléfono. Sus ojos, ocultos tras sus visores oscuros, se desviaron por un instante hacia la esquina de su escritorio de madera gastada. Allí, desentonando por completo con su imponente físico de tanque militar, descansaba una pequeña muñeca de peluche desgastada y sucia. Las profundas cicatrices de su rostro se tensaron cuando tomó el juguete con una delicadeza casi dolorosa entre sus dedos rudos.
—Finalmente… —susurró para sí mismo, apretando el peluche contra su chaleco táctico—. Pronto, nena. Muy pronto.
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Minutos después, en la planta baja del almacén abandonado “Bebols”, el ambiente era espeso debido a la humedad y el olor a metal oxidado. El gran edificio industrial de ventanas divididas en paneles dejaba filtrar la oscuridad de la noche exterior. En la sala principal, una sola lámpara colgante en el techo arrojaba un cono de luz amarillenta y directa sobre una gran mesa ovalada de metal, dejando los bordes de la habitación sumidos en una penumbra táctica.
Flayer permanecía de pie en la cabecera central trasera, dominando la habitación con su enorme estatura. Su largo cabello oscuro, trenzado en gruesas y pesadas rastas, caía hacia atrás sobre sus hombros, dejando al descubierto las marcas de batalla de su rostro y sus icónicos visores tácticos rectangulares. Los lentes oscuros reflejaban la pálida luz de la lámpara, ocultando por completo sus ojos e infundiendo una presencia gélida, inexpresiva y letal.
Encima de la mesa ovalada, justo en el centro del cono de luz, se distribuían raciones de comida enlatada, carpetas con planos de Ciudad A y una selección de armas de combate listas para la acción.
—Ok, todos atentos —declaró Flayer, apoyando sus pesadas manos sobre el metal de la mesa—. Hemos esperado bastante por este día. Killana, ¿dónde se encuentra el virus?
—Está en mi búnker, resguardado bajo un triple sistema de contención criogénica —respondió la científica, sentada al costado izquierdo de Flayer, manteniendo una postura rígida mientras su trenza descansaba sobre su pecho.
—¿Estás completamente segura de que está completo? Sin margen de error biológico.
—Fue probado con éxito en un ecosistema celular controlado. Te lo puedo asegurar con mi vida, Flayer. La cepa está completa.
—¿Andamos cortos de tiempo o qué? —interrumpió Caps, que se encontraba sentado al otro costado de Flayer. El joven golpeó impaciente la mesa con los nudillos, balanceándose arrogantemente sobre las patas traseras de su silla—. Quiero oír el jodido plan de asalto de una vez por todas.
Flayer giró la cabeza lentamente hacia la derecha. El brillo plano de su visor rectangular se clavó en el muchacho, deteniendo el balanceo de la silla.
—Alguien está ansioso hoy… Jota, es tu turno. Explícales el croquis.
En el extremo izquierdo de la habitación, de pie frente a su propio escritorio de operaciones que estaba abarrotado de anotaciones desordenadas, planos de infiltración y fotografías de objetivos, Jota dio un paso al frente. Se empujó las gafas rectangulares sobre el puente de su nariz. Llevaba su habitual gorro de lana gris calado casi hasta las cejas y una barba de varios días que delataba sus noches en vela junto a botellas de alcohol e instrumental de laboratorio.
Con una actitud metódica, calmada y arrastrando un cigarrillo encendido entre los dedos, Jota señaló los mapas tácticos y las fotos fijadas en su pizarra.
—Nuestro objetivo principal es desmantelar el dominio total de las Tres Grandes corporaciones —explicó Jota, exhalando una densa nube de humo blanco—. *The Polygonal* es el cerebro de la red global, pero su infraestructura es inexpugnable por ahora. Por estricto descarte estratégico, nuestro primer objetivo es la Farmacéutica *Scorpio*. Su cabecilla, Vickass Law… —Jota señaló una fotografía de un hombre masivo, calvo, de facciones duras y cejas extremadamente gruesas con una sonrisa cínica y malévola—, opera directamente en Ciudad A. Es una mole implacable que gobierna la farmacéutica con puño de hierro. Pero su anillo de seguridad perimetral es, actualmente, el más accesible de los tres.
—¿*Scorpio*? —interrumpió una voz trémula desde el extremo derecho de la mesa ovalada.
Era Juda. El hombre se encontraba apartado del grupo, una posición física que reflejaba su aislamiento psicológico. Vestía de negro con botas y un suéter manga larga cuello de cisne cubría su largo cuello, las facciones de su rostro parecían no poder evitar delatar su innegable Estado de acciedad. Su cabeza calva estaba perlada de sudor frío, sus ojos entrecerrados resaltaban su nariz puntiaguda y sobresaliente.
—¿Qué hay de las represalias de *Grinder*? Su seguridad no bajará en el futuro si les damos tiempo de reaccionar ante el ataque a *Scorpio*… —Juda humedeció sus labios secos, mirando las armas sobre la mesa con absoluto pavor—. Esto es una locura suicida...
—Una cosa nos lleva a la otra —cortó Flayer, y su voz barítona resonó en las vigas del techo de Bebols como un yunque—. Golpear el corazón financiero y de suministro de *Scorpio* causará un colapso económico en cadena que afectará directamente las operaciones de los otros dos. Es un efecto dominó.