### 7: Imprevistos
Las alarmas biológicas del almacén abandonado de *Bebols* no emitieron un pitido; estallaron en un aullido ensordecedor que tiñó las paredes de un rojo intermitente y violento. Segundos después, la pesada puerta metálica lateral cedió con un estruendo de metal retorcido. Una horda masiva de infectados ágiles, criaturas de extremidades alargadas y mandíbulas desencajadas que se movían con una velocidad antinatural, se filtró por las grietas del edificio como una marea de carne muerta.
—¡Flayer! —gritó Jota a través del intercomunicador estropeado, su voz distorsionada por el pánico absoluto—. ¡Es la peor oleada que hemos tenido! Están fuera de todo parámetro de control. ¡Es una maldita horda!
En los pasillos principales de la planta de la planta baja de Bebols, Flayer ni siquiera se inmutó. Enormes chorros de sangre negra salpicaron sus visores rectangulares mientras empuñaba, con la sola fuerza de su brazo derecho, una colosal masa de acero sólido que usaba como recurso de último recurso cuando las municiones escaseaban. Con la mano izquierda, levantó un subfusil táctico, abriendo fuego continuo contra las aberraciones que trepaban por las vigas.
—Parece una movilización masiva —rugió Flayer, su voz saliendo como un gruñido ronco mientras descargaba la masa de acero sobre el cráneo de un monstruo, pulverizándolo contra el suelo de concreto—. Esto no se ha dado por casualidad... Sospecho que a sido provocado. ¿Quién o quiénes demonios están movilizando a estas cosas ahora?
El líder de la resistencia barrió el perímetro con sus visores fijos, aplastando otra mandíbula con un revés brutal de su arma de acero.
—Debemos movernos rápido. ¡Juda, muévete! ¡Tenemos que cubrir la retirada de Killana y Jota!
La escena en el viejo y deteriorado almacén y sus alrededores era un cuadro de caos absoluto. Mientras Flayer avanzaba como un tanque inmisericorde desmembrando cuerpos a golpes puros, Juda disparaba su pistola reglamentaria desde la retaguardia profunda. Sus manos temblaban tanto que la mitad de los proyectiles daban en las paredes; gritaba de forma histérica con cada criatura que se acercaba, agachándose y cubriéndose constantemente tras las cajas de suministros, dejando al descubierto una cobardía visceral.
Un piso más abajo, en el laboratorio iluminado por pantallas parpadeantes, Jota arrojaba discos duros y viales dentro de cajas metálicas reforzadas. Killana, manteniendo la compostura científica, aseguraba el contenedor del cohete táctico en la parte trasera de una van blindada de escape.
—¡Está todo listo! —exclamó Jota, dándole un golpe al capó de la van—. Hemos empacado lo más importante. La cepa estabilizada del virus y el cohete dispersor son la prioridad absoluta. Debes irte primero, Killana. Nos vemos en el punto de encuentro.
Killana subió al asiento del conductor, encendiendo el motor híbrido con una expresión gélida.
—Muy bien, Jota... Tú y los otros cuídense las espaldas —sentenció ella, metiendo la marcha—. Los espero allá, notifiquen de la situación a Caps.
El vehículo devoró la rampa de salida a toda velocidad, perdiéndose en una humareda de polvo. Arriba, en los pasillos la línea de defensa finalmente colapsaba.
—¡Joder! ,!¿y nosotros cuando nos vamos?!—chilló Juda, con los ojos desorbitados por el miedo mientras recargaba torpemente su arma. Un rencor amargo comenzó a grabarse en sus facciones desfiguradas por el pánico.
Flayer, arrastrando su masa de acero manchada de fluido purpúreo, retrocedió hacia la compuerta trasera con una mirada sombría.
—¡Es hora de la retirada! —ordenó el líder con voz de trueno—. Jota, envíale las coordenadas cifradas a Caps de inmediato. Avísale que lo esperamos en la antigua estación de trenes "Chantarry". ¡Muévanse!
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En el otro extremo de la ciudad, ajeno al ataque en el almacén abandonado Bebols, Caps caminaba de regreso a su zona de descanso bajo la llovizna ácida. Su móvil rudimentario vibró en su bolsillo trasero. Al sacarlo, un mensaje cifrado cruzó la pantalla agrietada:
> **[URGENTE]:** *Bebols comprometido. Horda masiva detectada. Te esperamos en la antigua estación de trenes Chantarry. Atento: hay monstruos movilizándose en los distritos internos de la ciudad. Algo grande está por pasar*.
Caps apretó los dientes, guardando el aparato de golpe. *«Maldición...»*, pensó, sus ojos almendrados entornándose con furia. *«Las cosas se están complicando más rápido de lo previsto».*
—¿Qué cosas? ¿Algo relacionado con las asignaciones de la escuela?
La voz melodiosa pero firme lo tomó completamente por sorpresa. Caps se giró bruscamente. Detrás de él, envuelta en una chaqueta rosa fucsia sobre el uniforme que Helen solía llevar después de salir de clases contrastaba con la penumbra de las calles de la periferia, Helen Troy lo observaba con su coleta rosa pastel meciéndose ligeramente.
Caps clavó en ella una mirada de fastidio e incomodidad absoluta.
—¿Qué haces aquí? ¿Me estás siguiendo de verdad, presidenta?
Helen desvió la mirada un segundo, aclarándose la garganta con un leve rastro de incomodidad antes de recuperar su postura analítica.
—Eh... ummmm... algo por el estilo —admitió, cruzando los brazos—. Verás... necesito un favor tuyo, Mike Brandon. Como te dije antes, soy becada. Vivo en la zona pobre de la periferia y... bueno, han habido reportes constantes de monstruos rondando los bloques estos últimos días. Así que me preguntaba si... ¿podrías acompañarme a mi distrito, por favor? Sí?.
Caps soltó un suspiro de resignación, frotándose las sienes mientras el flequillo castaño le caía sobre la frente. El tiempo corría en Chantarry, pero negarse de forma sospechosa levantaría alertas.
—Uhhhh... Está bien —gruñó con desgana—. Te acompañaré hasta tu bloque.
—Excelente —sonrió ella de medio lado, invitándolo a caminar con un gesto.
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Veinte minutos después, la opulencia de la zona escolar se había disuelto por completo. El distrito bajo parecía un cementerio de concreto, un laberinto de ruinas de edificios abandonados, escombros oxidados y cables de alta tensión colgando como lianas secas. El olor a humedad y fango impregnaba el aire.