## 9: Venganza Humana
El silencio sepulcral del aula de exámenes del Instituto Rois Pembell solo era interrumpido por el rasgueo de los bolígrafos digitales sobre las pantallas holográficas. Sentado en las filas del fondo, Caps mantenía la vista fija en su evaluación, pero su mente se encontraba a kilómetros de allí, sumergida en los oscuros túneles subterráneos de la ciudad.
*«Jota sigue investigando el movimiento inusual de los infectados...»*, pensaba Caps, con los ojos entornados y el ceño levemente fruncido. *«Aún no logramos identificar qué facción rebelde está detrás de esto, pero es un hecho que están utilizando el alcantarillado principal para infiltrar a los monstruos directamente en el corazón de los distritos. Deben estar reuniéndolos en un punto ciego del mapa»*.
Caps desvió sutilmente la mirada hacia el ala izquierda del salón. Allí, concentrada perfectamente en su examen, se encontraba Helen Troy. Su postura era impecable, pulcra y serena; la viva imagen de la presidenta del consejo estudiantil. *«Es una jodida gran actriz»*, admitió Caps para sus adentros, apretando los dientes. *«Necesito encontrar la forma de hacer que esa chica confíe en mí de alguna manera, o todo se irá al demonio»*.
—Mike... —la voz suave de Eva Law interrumpió sus pensamientos. La heredera de Scorpio lo miraba de reojo, señalando sutilmente un apartado de la pantalla—. ¿Podrías pasarme la fórmula de desglose de ahí?
Caps mudó su expresión instantáneamente, adoptando una máscara de amabilidad servicial.
—Por supuesto, señorita Eva —respondió en un tono sumiso e hipócrita, pasándole los datos de inmediato.
Desde su asiento, Helen Troy giró levemente la cabeza. Sus pupilas frías captaron el intercambio y, por una fracción de segundo, una mirada de absoluto desprecio cruzó sus facciones antes de volver a su evaluación.
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Horas más tarde, tras el cambio de módulo, Caps caminaba con paso pesado por los pasillos principales del instituto. El eco de un golpe seco y un quejido ahogado lo hicieron detenerse cerca de los casilleros de la zona norte.
—¿Qué pasa, genio? —escupió un chico de complexión imponente y aspecto impecable. Medía un sólido metro ochenta, vestía el uniforme con una pulcritud arrogante y llevaba un peinado estilo *wolf cut* de un tono marrón rojizo que enmarcaba unas facciones duras—. ¿Dónde carajos están las respuestas filtradas del examen?
Frente a él, acorralado contra el metal, se encontraba un alumno notablemente más pequeño, de apenas un metro sesenta. Llevaba gafas gruesas, un moño desaliñado sobre el esmoquin del uniforme y el cabello rubio revuelto por el forcejeo.
—Yo... yo no puedo hacer eso —tartamudeó el chico, apretando un cuaderno contra su pecho con las manos temblorosas.
El bully alzó el puño para golpearlo de nuevo, pero al notar la silueta de Caps observándolo desde el pasillo con una fijeza gélida, se detuvo. Evaluó la postura del chico nuevo y, soltando al rubio de un empujón, chasqueó los dedos con desdén.
—Oh, sí... por tu propio bien lo harás. Te veré luego, cuatro ojos —sentenció el agresor, dándose la vuelta para perderse entre la multitud de estudiantes.
Caps avanzó con paso firme. El cuaderno del chico rubio había caído al suelo durante el altercado. Caps lo recogió y se lo extendió, clavando en él una mirada cargada de una fuerza severa pero protectora.
—¿Esto es tuyo?
—Eh... ¡sí! Sí, gracias —respondió el muchacho, acomodándose las gafas con evidente nerviosismo mientras tomaba el objeto.
Caps desvió la vista hacia la dirección por la que se había ido el agresor, manteniendo las manos en los bolsillos.
—Sabes, amigo... si de verdad quieres ser libre en un lugar como este, tú mismo debes buscar esa libertad —declaró Caps con voz fría y pausada—. Enfrenta el problema con fuerza. Solo digo eso.
El chico rubio soltó una risa amarga, bajando la cabeza.
—¿Fuerza...? Ya quisiera yo. No soy muy fuerte que digamos, como puedes ver.
—La fuerza no es solo una cuestión de músculos —replicó Caps, dándose la vuelta para continuar su camino—. Eres inteligente, ¿no? Entonces utiliza tu cerebro para destruirlos. Adiós, colega.
Las palabras impactaron de lleno en el muchacho. Sus ojos se abrieron con una chispa de emoción e inspiración que disolvió el pánico de inmediato. Corrió un par de pasos detrás de él.
—¡E-Ehh...! ¡Mi nombre es Darren! —exclamó con entusiasmo.
Caps continuó avanzando de espaldas, levantando una mano de forma perezosa sin voltear a mirarlo.
—Soy Cap... es decir, Mike.
Darren se quedó de pie en medio del pasillo, esbozando una sonrisa genuina y emocionada. En un entorno tan hostil y elitista como el Rois Pembell, "Mike" se acababa de convertir en su primer amigo real.
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La búsqueda no estaba dando resultados. Caps recorría los extensos y pulcros jardines del instituto, esquivando las miradas de los estudiantes de la alta sociedad. *«Maldición... ¿Dónde carajos se metió Helen?»*, se cuestionó internamente, frustrado.
—Vaya, pero si eres Mike, ¿no? El chico nuevo —una voz melodiosa y cargada de una coquetería densa interrumpió su trayecto.
Una chica de una belleza innegable se materializó frente a él. Tenía el cabello rubio brillante, facciones perfectas y una silueta que el uniforme del instituto no lograba ocultar. A unos metros de distancia, semioculto tras una columna, otro estudiante observaba la escena con evidente recelo.
—Todos en los pasillos te llaman "el perro faldero de Eva Law" —continuó la rubia, acercándose a una distancia peligrosa—, pero a mí me pareces alguien bastante lindo.
Caps ni siquiera detuvo su marcha por completo, respondiendo con una indiferencia cortante.
—No estoy interesado. Lo siento —sentenció, intentando esquivarla.
—Oye, pero no seas tan odioso... —replicó ella, plantándose firmemente frente a él y encimándose en una postura sumamente sugerente, reduciendo el espacio personal a cero. Una sonrisa coqueta y felina se dibujó en sus labios—. Tú y yo podríamos divertirnos un poco después de las clases. Y por Eva no te preocupes... a mí no me molesta en lo absoluto compartir lo que me gusta.