## 11: Los Pecados del Padre
En los límites difusos de Ciudad A, la noche parecía devorar los lamparines que adornaban aquella zona de la periferia como luciérnagas embotelladas. El paisaje estaba dominado por un esqueleto de edificios derruidos, escombros acumulados y departamentos abandonados; el tipo de zona marginal donde el estatus social caía a cero y donde solo los vagos, los delincuentes y los parias de la sociedad encontraban refugio. En el interior de una de estas estructuras en ruinas, la penumbra apenas era disipada por lámparas de kerosene. Los miembros de alto rango de los Avengers habían sido convocados de urgencia. La reciente situación con el chico “arma biológica" suponía un riesgo inminente que amenazaba con tirar por la borda meses de planificación.
—No podemos arriesgarnos —sentenció Helen, con una postura rígida y una mirada gélida que destilaba una resolución absoluta—. Confiar en la palabra de alguien que, notablemente, es un perro guardián de Scorpio Corp es tirar a la basura cada uno de los avances que hemos conseguido. Un alboroto inmediato estalló en la sala. Varias voces se cruzaron a la vez, cargadas de frustración y inquietud.
—¡Cálmense de una maldita vez! —tronó una voz ronca y autoritaria, acallando el murmullo.
El hombre que había hablado aparentaba unos 50 años; lucía una barba descuidada, un cabello negro densamente salpicado de canas y una complexión robusta que denotaba un severo entrenamiento militar en su pasado. Era el Mayor Caín.
—Es obvio que la situación ahora mismo es incierta —continuó Caín, barriendo el lugar con sus ojos severos—. Esto es lo que sucede cuando se cometen errores en el campo. Y hablo directamente del desliz que tuvimos al movilizar las hordas por el sistema de alcantarillado. Más de uno de los grupos encargados de la contención dejó escapar a varios monstruos.
Al escuchar el reclamo, varios de los presentes se miraron entre sí, rascándose la cabeza con incomodidad.
—A pesar de la incompetencia, pudimos meter a la mayoría de especímenes en la jaula de seguridad que tenemos en el punto muerto de la red de alcantarillado y los mandamos a dormir —añadió el Mayor, cruzándose de brazos—. Lo logramos, sí, pero a medias. Hicimos demasiado ruido y levantamos las alarmas de la ciudad. La intromisión de este chico, sea una maldita arma biológica o lo que sea, es la prueba viviente de ello. Gummer, suelta los datos que obtuviste de la red global de comunicaciones de Scorpio.
Un joven de cabello negro revolcado y rostro cubierto de pecas dio un paso al frente de forma tímida. Sostenía una mini laptop entre sus manos como si fuera su posesión más preciada; su expresión denotaba timidez, pero sus dedos se movían con la agilidad de un hacker de primera categoría.
—Por... por supuesto, Mayor Caín —tartamudeó Gummer, ajustándose la pantalla—. La actividad de Scorpio Corporation en la red global de datos, comunicaciones y movimientos militares está extrañamente calmada. Demasiado calmada para cómo suele ponerse cuando las alertas se disparan. Sobre el chico... es difícil rastrearlo. Parece tomar una ruta fija hacia una de las áreas más pobres de la periferia; la lógica indica que se está quedando con algún familiar. Según los datos estudiantiles que Helen divisó, su expediente dice que es un alumno becado de otra ciudad... pero podría ser una fachada muy bien armada. Podría llegar a ese sector miserable y luego esfumarse hacia otro sitio sin ser detectado por nuestros radares.
—Yo creo que lo sucedido con los monstruos en el subsuelo era simplemente inevitable —intervino Rema, una figura obesa que usaba unas gafas de sol redondas que apenas alcanzaban a cubrirle los ojos. Llevaba una pañoleta en la cabeza y guantines que dejaban sus dedos al descubierto—. No puedes echarle la culpa a ningún miembro de este grupo por un imprevisto. Todos aquí arriesgamos el maldito culo allá abajo. Lidiar con esos bichos mutados es un peligro de muerte para cualquiera de nosotros, y doy la cara justo ahora si pretenden tirarnos el muerto a mi unidad.
—Nadie está diciendo eso, Rema.
La voz provino de Less, un sujeto de facciones bien parecidas y un carisma natural que se filtraba en cada palabra. Llevaba el cabello negro y largo, cayendo a los lados de su rostro con un estilo que recordaba la estética clásica de un guerrero griego al estilo anastole, aunque su atractivo estaba contrastado por una barba incipiente, vestía una gabardina negra que daba más abajo de sus rodillas. Permanecía recostado contra un pilar de concreto, pero se enderezó lentamente al hablar.
—El Mayor solo trató de decir que los errores tienen consecuencias reales allá afuera para nuestra misión, más allá de cualquier represalia estúpida —declaró Less, esbozando una sonrisa de suficiencia—. Yo digo que confiemos en la paranoia de Helen.
Al escuchar aquellas palabras, Helen no pudo evitar que una sutil mueca de orgullo iluminara sus facciones. Era ese sentimiento de validación que surge cuando alguien a quien admiras o te importa aprueba tu trabajo.
—Después de todo —continuó Less—, fue gracias a esa paranoia que ella pudo mirar a través de la máscara de ese chico en el callejón.
—Te lo banco, Less —intervino Maze, una chica pelirroja que llevaba el cabello recogido en dos moños altos, dejando un fleco de dos mechones largos enmarcando sus facciones de ojos rasgados—. Pero piensen en la otra posibilidad. ¿Qué pasa si el chico está diciendo la verdad? Si lo matamos o lo convertimos en enemigo, estaríamos perdiendo a un aliado potencial que demostró ser bastante poderoso contra varios infectados del virus MMM.
El debate se cortó en seco. El sonido de unos pasos lentos, pesados y rítmicos hizo que el silencio se apoderara instantáneamente de la habitación.
La jefa de la facción “justiciera” hizo su aparición desde las sombras. Grisham, la mujer de cabeza rapada, avanzó con una severidad que imponía respeto. La luz de las lámparas de kerosene cercanas iluminaron la larga cicatriz que surcaba el lado izquierdo de su rostro, dibujando una línea perfecta desde su mandíbula hasta la confluencia entre su nariz y su oreja.
—Helen tiene razón —declaró Grisham, deteniéndose en el centro del círculo. Su voz era un susurro denso—. Un 'tal vez' es una posibilidad muy clara en la guerra. Dos más dos siempre es cuatro, y la aparición de ese chico dos semanas atrás en el radar lo confirma en un noventa por ciento. Hemos planeado este ataque durante meses. Ahora mismo tenemos las cartas sobre la mesa, y si dejamos que esta oportunidad se nos escape de las manos, les aseguro que no habrá otra.
Todos los miembros de los Avengers permanecieron expectantes, conteniendo la respiración ante las palabras de su líder.
—Tres días —sentenció Grisham, sus ojos brillando con un fanatismo peligroso—. Dentro de tres días le daremos una puñalada tan profunda en el corazón a la élite de esta ciudad y de toda la Zona 1 que no podrán levantarse.
Con un movimiento pausado, Grisham acercó una llama hacia una de las prendas del uniforme escolar de repuesto de Helen. Todos contemplaron en silencio cómo el fuego comenzaba a consumir la tela, reduciendo el símbolo del elitismo a cenizas.