## 13: Dulce
Desde la relativa calma de los jardines principales, Grisham contemplaba el dantesco espectáculo del prestigioso instituto con una fijeza imperturbable. El humo negro se elevaba hacia el cielo nocturno mientras los destellos de los impactos biológicos iluminaban la fachada de concreto.
*«Ese chico que mencionó Helen...»*, analizó Grisham mentalmente, entrecerrando sus ojos rasgados mientras la luz del fuego delineaba la profunda cicatriz de su mejilla izquierda. *«Su factor de poder es realmente interesante. Huh... Supongo que la junta directiva de Scorpio Corporation debe tener guardados más especímenes como él en su repertorio»*.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la aproximación apresurada de uno de sus subordinados, quien vestía un equipo táctico militar completo y una máscara de contención anónima que ocultaba sus facciones.
—¡Grisham! —informó el Avenger, deteniéndose a su lado—. Los radares y los vigías confirman que los estudiantes sobrevivientes se están dirigiendo en masa hacia la cancha de baloncesto principal. El personal de seguridad interna planea armar el bloqueo de defensa allí mismo.
Una sonrisa gélida y desalmada se dibujó en el rostro de la mujer calva.
—Es absolutamente perfecto —sentenció Grisham, cruzándose de brazos—. Una vez que todas las ratas estén reunidas en el mismo corral, los masacraremos a todos de un solo golpe.
La líder terrorista desvió la mirada hacia el horizonte, donde las agujas del edificio central de Scorpio Corp dominaban la ciudad. *«Espero que tengas los ojos bien abiertos y puedas ver esto desde tu trono... Vickass Law»*, pensó con un veneno antiguo en el pecho.
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**En el interior del edificio.**
La mole biológica de tres metros descargó un puño masivo que amenazaba con pulverizar el corredor. Caps, con las células de su cuerpo liberando densas ráfagas de vapor debido a la Fase 1, anticipó el movimiento y se impulsó hacia arriba en un salto sónico, esquivando el impacto por milímetros. En medio del aire, sus ojos almendrados se fijaron en una silueta que intentaba arrastrarse entre los escombros inferiores. Era Darren.
—¡¿Qué demonios sigues haciendo allí?! —le rugió Caps con una desesperación salvaje, mientras caía de pie en el suelo—. ¡Vete de una maldita vez! ¡Huye!
El grito obligó a Darren a reaccionar. Soportando el dolor punzante de su clavícula rota, el estudiante se incorporó como pudo y comenzó a alejarse del epicentro de la batalla, arrastrando los pies con frenesí.
Al perder la concentración por un segundo, Caps no pudo esquivar el siguiente ataque. El Titán barrió el aire con un revés de su extremidad quitinosa, impactando de lleno en el costado del chico. El golpe lo mandó a volar varios metros contra el pavimento. Caps escupió una bocanada de fluido hemático oscuro, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano mientras la sangre comenzaba a empapar parte de su ropa. Su cuerpo resentía el daño celular.
*«Maldición...»*, pensó Caps, poniéndose de pie con dificultad mientras sus ojos brillaban con una resolución peligrosa. *«Esta cosa es demasiado resistente para los golpes físicos normales. Parece que, al final... tendré que usar eso»*.
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Mientras tanto, en el ala oeste del segundo piso, Eva Law corría con el corazón desbocado en el pecho. El eco de unas botas militares resonaba implacable a sus espaldas, acortando la distancia a cada segundo. Helen Troy la estaba cazando.
—¡No puedes huir de mí, maldita niña de papi! —exclamó la voz de Helen, distorsionada por un frenesí sádico—. ¡Ya eres mía!
Aprovechando el terreno liso, Helen se impulsó con una velocidad formidable y lanzó una patada ascendente directamente contra la espalda de la heredera. El impacto fue seco. Eva soltó un quejido y salió despedida hacia el frente, cayendo de bruces contra el suelo y derrapando unos metros sobre el concreto.
Aturdida y con la respiración cortada, Eva intentó apoyar los codos para levantarse, pero la bota de Helen se plantó cerca de su rostro. Antes de que pudiera reaccionar, los dedos de la presidenta del consejo estudiantil se enredaron con violencia en el cabello de Eva, tirando de él hacia atrás para obligarla a levantar la cabeza.
—Te tengo... —susurró Helen al oído de la chica, disfrutando el momento—. Y esta vez tu perro guardián, Mike, no está cerca para poner las manos por ti.
Una rabia volcánica, nacida del orgullo herido y la traición de su entorno, inundó el pecho de Eva. Las lágrimas de miedo desaparecieron de sus ojos, reemplazadas por una chispa de hostilidad pura, había reconocido la voz de Helen bajo su mascarilla y el mechón de cabello rosa pastel que caía desde el gorro de la “presidenta del consejo estudiantil” terminaba de confirmarlo.
—¡Yo no necesito que nadie me defienda, maldita loca! —respondió Eva con un grito ahogado.
Con un movimiento rápido, Eva usó su mano izquierda para aferrar la muñeca de Helen que sostenía su cabello y, aprovechando la guardia baja y la excesiva confianza de su captora, lanzó un golpe directo con el codo derecho que impactó de lleno en el pómulo de Helen.
El golpe hizo que Helen retrocediera un par de pasos por la sorpresa, soltando el agarre. Eva no perdió un segundo: se puso en pie y corrió con todas sus fuerzas hacia el interior de un salón de conferencias contiguo, buscando espacio.
Helen se quedó estática en el pasillo, al darse cuenta que Eva la había reconocido, arrancó con un movimiento el cubrebocas que llevaba puesto, pasando la yema de sus dedos por la zona golpeada de su rostro. Al ver el leve rastro de sangre en sus guantes, una mirada de puro placer desquiciado iluminó sus facciones.
—Así me gusta... —murmuró Helen, soltando una risa corta—. Es muchísimo mejor cuando se resisten y luchan por sus patéticas vidas.
Helen cruzó el umbral del salón a paso lento. Eva la esperaba en el centro de la habitación. A las espaldas de la heredera, una enorme ventana panorámica de cristal reforzado ofrecía una vista total de los patios principales del instituto, capturando el resplandor de los incendios exteriores. Ambas estudiantes quedaron frente a frente, separadas por apenas unos metros.