## 15: Fase 2
El cielo sobre el Instituto Rois Pembell se tiñó de destellos bélicos y estruendos ensordecedores. Los helicópteros de asalto pesado de Scorpio Corporation habían bloqueado el espacio aéreo, aplicando una política de fuerza letal inmediata. Desde las alturas, ráfagas de misiles guiados descendieron como estrellas fugaces, impactando de lleno contra las hordas de mutados que infestaban los patios y reduciendo los perímetros a un infierno de fuego y escombros.
Ante la abrumadora contraofensiva corporativa, las unidades de asalto de los Avengers comenzaron a replegarse de forma táctica entre las sombras, manteniendo sus máscaras anónimas firmes en medio del bombardeo.
—¡Escúchenme bien! —ordenó Grisham a través de la frecuencia de radio general, observando cómo las aeronaves cercaban el campus—. Las fuerzas de Scorpio están desplegando a sus perros de élite. Diríjanse de inmediato a la cancha de baloncesto principal. Tenemos que terminar lo que empezamos antes de que aseguren el sector.
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**En el salón de conferencias.**
La atmósfera dentro del aula destrozada era de una tensión insoportable. Helen Troy, aún con el cuchillo de combate empuñado, desvió la mirada de Eva para enfocarla en la recién llegada. Los fragmentos de la ventana panorámica rota crujieron bajo las botas militares de la misteriosa chica de cabello negro recogido en un moño alto.
—Vaya, vaya... —se mofó Helen, escupiendo un rastro de sangre mientras acomodaba su postura de combate—. Parece que, después de todo, la princesita herida sí que iba a tener su rescate de cuento de hadas.
Zara ignoró las burlas de la terrorista. Con una frialdad mecánica, barrió la escena con sus ojos afilados hasta voltear la mirada y fijarlos en el cuerpo de Eva, quien permanecía detrás de ella de rodillas, sosteniendo su hombro ensangrentado por la profunda herida de la hoja.
—Eva... —articuló Zara con una voz carente de emoción—. Todo este daño... ¿Ha sido causado por esta persona?
Helen soltó una carcajada estridente, apuntando a Zara con el filo de su arma.
—¡Jajajaja! Mírate... ¿Eres otra maldita arma biológica modificada en los laboratorios de Scorpio Corporation no?, ¿eres como el cierto?—siseó Helen, con los ojos inyectados en odio—. Lo sabía... Sabía que ese maldito perro de "Mike Brandon" me había mentido en el callejón. Todos ustedes están cortados por la misma tijera.
Antes de que Zara pudiera responder el reclamo, el monstruo que bloqueaba la salida principal del salón se descontroló por el sonido de uno de los silbidos tácticos con los que Helen solía darles indicaciones primitivas, a los pocos monstruos que tenía entrenados, caía en evidencia que entrenar estos bichos era una labor con un gran nivel de dificultad. Emitiendo un chirrido agudo, la bestia se abalanzó con las garras extendidas directamente sobre el flanco de la recién llegada.
Zara ni siquiera se giró para mirarlo. En una fracción de segundo, la estructura celular de su brazo izquierdo sufrió una mutación pavorosa: la piel se rasgó de forma longitudinal, permitiendo que el hueso y la masa muscular se compactaran, extendiéndose hacia el exterior hasta moldear una gigantesca y afilada cuchilla biológica. Con un movimiento horizontal ascendente de velocidad sónica, Zara cruzó el aire.
El corte fue limpio. El monstruo se detuvo en seco en medio del salto y, un milisegundo después, su cuerpo se partió simétricamente a la mitad, esparciendo fluidos oscuros sobre el umbral antes de colapsar en el suelo.
Zara regresó su brazo a la normalidad con un crujido orgánico y devolvió la vista hacia el frente, pero ya no había nadie delante de ella. Aprovechando la milimétrica distracción del ataque, Helen Troy se había escurrido entre el humo del pasillo, evacuando el sector. Sin embargo, las últimas palabras de la terrorista se quedaron flotando en el ambiente.
*«¿Como él...?»*, analizó Zara mentalmente, entornando los ojos con sospecha mientras los helicópteros rugían afuera. *«¿A qué demonios se refería?»*.
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**En el pasillo inferior.**
La resistencia de Caps estaba llegando a su límite biológico. La masa muscular del descomunal Titán de tres metros volvió a arremeter con un impacto de fuerza bruta que levantó al chico del suelo, proyectándolo con violencia contra un muro de carga secundario. El concreto se agrietó en forma de telaraña y Caps cayó de rodillas, tosiendo sangre mientras el vapor de la Fase 1 comenzaba a disiparse de sus poros debido al agotamiento celular.
Sabiendo que un impacto más de esa magnitud destrozaría sus órganos internos, Caps apretó los dientes con furia. Con una mano temblorosa, desabrochó el estuche de cuero táctico que colgaba de su cinturón, extrajo el contenedor cilíndrico y lo arrojó a un lado, revelando su última carta de triunfo: una jeringa de émbolo reforzado que contenía un fluido estabilizador de coloración densa y fosforescente.
—Maldición... —susurró Caps, observando cómo el Titán avanzaba destruyendo el suelo—. Tendré que desatar la Fase Dos...
En ese microsegundo de decisión, un recuerdo nítido cruzó por su mente. La figura de su madre, Killana, apareció en un eco del pasado, observándolo con una solemnidad absoluta mientras se ajustaba el cabello.
*«La Fase Dos del virus Rz es un arma de doble filo extremadamente poderosa, Caps...»*, le había advertido Killana en el búnker, colocándole una mano firme en el pecho. *«Escúchame muy bien: por nada del mundo debes activar ese estado a menos que sea una situación de vida o muerte absoluta. Es tu última carta de supervivencia»*.
*«Ya lo sé madre, puedes estar tranquila, si no me veo obligado, este monstruo se mantendrá bajo llave»*, había respondido el joven Caps en aquel entonces, sosteniendo la mirada severa de la mujer.
*«No, no lo entiendes, Caps... Escúchame bien»*, había insistido Killana con una angustia latente en sus facciones. *«Si la sobrecarga celular supera tu umbral de resistencia... podrías morir en el proceso»*.