## 17: Causa y efecto
Dos días antes de que la purga interna descabezara a los diecisiete infiltrados en la APD y en la red de comunicaciones Chitsnet, el instituto Rois Pembell se convirtió en el epicentro del mismísimo infierno.
Diez de la noche del fatídico día del ataque. El gimnasio y la cancha de tabloncillo no eran más que un montón de ruinas humeantes rodeadas de escombros calcinados. Los pasillos y las aulas, envueltos en el desastre absoluto de la metralla y los fluidos biológicos, mostraban paredes y pisos cubiertos por densas salpicaduras de sangre seca. El cuerpo de seguridad privada, en coordinación con el ejército y las entidades de rescate médico, trabajaba a contrarreloj en la remoción de escombros y la recuperación de restos humanos. El jardín frontal del instituto, una pradera de césped que por la mañana lucía perfectamente cortada, se había transformado en una morgue improvisada. Allí reposaban los fallecidos cuyos rostros aún estaban en estado "reconocible", mientras que los cuerpos mutilados o en avanzado estado de degradación biológica eran arrastrados hacia camiones refrigerados para un posterior proceso de identificación. Decenas de bolsas mortuorias, cubiertas por una lona blanca y fría, adornaban el suelo como un macabro tablero de ajedrez.
En la parte alta de una pequeña colina contigua, con la elevación suficiente para contemplar el dantesco panorama, Vickass Law caminaba con la mirada perdida en el horizonte. La furia volcánica que cualquiera esperaría de un padre cuya hija casi muere no se reflejaba en sus facciones; al contrario, su expresión lucía ida, fría, perdida en el laberinto de sus propios pensamientos mientras contemplaba las luces distantes de los rascacielos de la ciudad. Desvió la vista una vez más hacia las hileras de cadáveres cubiertos. Frunció el ceño. Vickass se llevó una mano a la frente, frotándose la piel con fuerza, un gesto mecánico como si intentara acomodarse un cabello que su calvicie ya no le permitía tener. Encendió un cigarrillo, aspiró el humo amargo y se sentó directamente sobre el césped, divisando a una silueta femenina que se aproximaba a paso lento.
Era Zara.
—El proceso de recolección está por terminarse —informó la mujer, deteniéndose a su lado—. Pronto se les permitirá el acceso al perímetro a las familias de las víctimas para que comiencen a reclamar los cuerpos.
Vickass se mantuvo en un silencio sepulcral durante cuarenta largos segundos, exhalando el humo gris hacia el cielo encapotado.
—Doscientas doce víctimas... —articuló finalmente Vickass. Su tono era sereno, impregnado de un sarcasmo lento y cortante, paladeando cada fonética y cada sílaba con una paciencia aterradora—. Entre miembros del profesorado y el alumnado. Eso representa exactamente el cuarenta y siete por ciento del total de las almas que se encontraban hoy en este instituto.
—Las med... —Zara intentó intervenir, buscando suavizar las cifras, pero el hombre de traje no se lo permitió.
—Utilizaron la red de alcantarillado, Zara —la interrumpió Vickass, levantando un dedo—. Armaron todo un sendero fortificado con barricadas tácticas que cerraban las intersecciones y los cruces clave. Todo desembocaba en dos puntos estratégicos: el sector frontal y el lateral este. Y no solo eso; muchas de las criaturas escaparon del perímetro e hicieron estragos en los alrededores, invadiendo tiendas, estaciones de metro y plazas concurridas. Suma un extra de treinta y ocho muertos civiles y sesenta y tres heridos de gravedad.
Zara, que ya manejaba todos esos datos de los primeros informes de inteligencia, asintió en silencio. Había venido a informar, pero el nivel de control de su jefe hacía que cualquier reporte fuera redundante.
—Señor... —murmuró Zara, corrigiéndose de inmediato antes de llamarlo de otra forma—. Tal vez, tras diez años sin recibir un solo ataque directo por parte de las facciones rebeldes, pecamos de confiados.
—¿Diez años, Zara? —la voz de Vickass se tornó severa, clavando sus ojos oscuros en ella—. ¿Estás tonta o qué te sucede? Nadie moviliza hordas de monstruos de esa magnitud biológica sin ser detectado por los radares térmicos. Es más que claro lo que está sucediendo aquí: hemos sido invadidos por ratas de afuera hacia adentro. Tienen gente cubriéndoles las espaldas dentro de quién sabe cuántos de nuestros propios organismos gubernamentales y fuerzas de seguridad y defensa —Vickass hizo una pausa, utilizando la brasa de su cigarrillo para encender otro de inmediato—. ¿Cómo está Eva?
—Su hija... está bien —respondió Zara con cautela—. Sigue con vida, pero fue herida con un arma punzante; un cuchillo militar en el hombro izquierdo. Además, presenta varios golpes contundentes en el cráneo que le fracturaron la nariz, junto con múltiples hematomas en el torso...
—Basta —cortó él con frialdad—. ¿Qué hay del capitán y del cuerpo de seguridad que trabajaba exclusivamente bajo el contrato de protección de Eva?
—El capitán Wilson estaba en el área médica cuando comenzó el caos, pero no se encontraba junto a ella —explicó Zara—. Movilizó a una gran cantidad de alumnos hacia las zonas de evacuación y defendió el perímetro exterior en conjunto con su equipo de élite y el resto de la seguridad privada... Mientras tanto, Eva recibía una paliza en los vestidores.
Vickass se puso en pie, sacudiéndose el césped del pantalón de sastre.
—Bueno, ya tenemos al primer bastardo que deberá responder unas cuantas preguntas —sentenció, sus ojos brillando con una luz peligrosa—. Zara, prepara una reunión ejecutiva para mañana a más tardar a las ocho de la mañana. Quiero a todos los socios comerciales y magnates de la región, tanto a los afectados como a los que no. Exijo la presencia del regente de Ciudad A, los miembros del alto mando de seguridad pública y los generales del ejército. Es hora de un control de plagas. Da inicio ya mismo a una auditoría e investigación total de todos los miembros activos en las bases de datos de Chitsnet.