Rotten Farm

Capitulo 18

## 18: No esperen piedad

En la estación en ruinas de trenes de Chantarry, el polvo flotaba en el aire como una densa neblina gris. Habían pasado apenas unas horas desde que el ataque armado al instituto Rois Pembell llegara a su sangriento fin, y el refugio provisional ya bullía con una actividad frenética. Un aluvión de motocicletas todo terreno permanecía estacionado en lo que antaño solía ser la zona de espera de la terminal. El lugar estaba cubierto por techumbres deterioradas, oxidadas y carcomidas por enormes agujeros, pero la estructura aún era lo suficientemente sólida para cumplir su único objetivo inmediato: evitar que el sol de la mañana, que comenzaba a imponerse con fuerza en el cielo, evaporara parte de la preciada gasolina de los tanques expuestos.

Al fondo de la edificación, resguardada bajo la sombra de tubos carcomidos, rocas desprendidas y pesados latones del techamen que se habían venido abajo con los años, se alzaba una carpa provisional. Había sido levantada a toda prisa con materiales de los alrededores: tubos de metal como soportes y láminas de zinc cubriendo los costados y la parte superior. Una pesada cortina de lona desgastada tapaba la entrada, obligando a cualquiera a encorvarse por completo para poder ingresar.

En el interior de la penumbra, Grisham reposaba tendida sobre una colchoneta. Su cuerpo temblaba, empapado en un sudor frío provocado por una fiebre implacable que le estaba causando violentas pesadillas. Sus facciones se contraían en gestos espasmódicos, soltando palabras inconexas, fragmentos de un recuerdo traumático envuelto en el traje de un mal sueño.

—No... esto no puede ser... —balbuceó Grisham entre sueños, con una expresión de dolor y profunda tristeza—. Tranquila, bebé... tranquila... No, mi niña no... ¡No, no, no! ¡Noooooo!

Grisham abrió los ojos de golpe. Levantó el torso con una respiración agitada, sintiendo una sed descomunal que le lijaba la garganta. Intentó secarse el sudor de la frente con la mano derecha, pero en el acto, el dolor agudo y punzante de una herida quirúrgica recién abierta se cobró su parte. Clavó la mirada en su costado izquierdo para contemplar la pieza faltante de su anatomía: su brazo izquierdo ya no estaba. Ahora era un muñón tosco, fuertemente envuelto en vendajes médicos que ya mostraban preocupantes manchas de sangre oscurecida a la altura del codo.

—Ah, carajo... —gruñó Grisham, apretando los dientes—. Me siento como la puta mierda.

Miró su brazo mutilado una vez más. Con un gesto de amarga resignación, se puso en pie como pudo, conteniendo el mareo, y cruzó la cortina de la carpa para salir al exterior.

Afuera, a escasos metros del lado derecho de la tienda, un joven de veintitantos años con barba desaliñada y cabello castaño claro reposaba plácidamente sobre una viga de concreto. Dormía profundamente, abrazando un rifle de asalto contra su pecho y con una gorra descuidada cubriéndole la cara para tapar la luz del sol. A su lado, otro activo de edad contemporánea —un tipo robusto que vestía un pasamontañas balaclava que ocultaba su cabello negro y corto— observó la salida de la líder. De inmediato, se colocó el dedo índice sobre los labios en una señal exigente de silencio.

Shhhhh... —susurró el joven del balaclava—. Parece que el idiota está teniendo un buen sueño.

Grisham lo miró de arriba abajo con evidente fastidio.

—Huh... Guler... —soltó la mujer con un tono pastoso—. No quiero ni imaginar cómo serian nuestras lápidas si de ti dependiera vigilar el perímetro en una puta guerra. Despiértalo, Rocco. ¡Ya mismo!

Rocco soltó una risilla ahogada.

—Jajajaja... Vale, jefa.

Sin la menor contemplación, el joven del pasamontañas descargó una patada seca en el costado del durmiente, arrojándolo directamente al suelo polvoriento de la estación. Guler se levantó de golpe por el impacto, cayendo de rodillas antes de ponerse en pie en el acto por puro instinto de supervivencia.

—¡¿Qué carajo...?! —gritó Guler, apuntando con el arma de forma errática hacia todos los rincones—. ¡¿Nos atacan?! ¡¿Dónde están?!

—Jajajaja, ¿qué pasa, Guler? —se burló Rocco, cruzándose de brazos—. ¿Asustado, soldado? Jajaja.

—¡Hijo de puta! —bramó Guler, bajando el fusil y limpiándose la tierra del pantalón—. ¡¿Qué crees que haces?! Pude haberte metido un tiro en la cabeza. Tengo los putos nervios de punta, carajo.

—Excelente trabajo vigilando mi estado de salud, Guler —intervino Grisham con un sarcasmo letal—. De no haber sido por tu impecable guardia, de seguro una fiebre maldita ya me estaría carcomiendo el cuerpo.

Rocco volvió a reír, acomodándose el arma al hombro.

—Me pregunto qué demonios estabas soñando, Guler. Te oí nombrar a Mariah en voz alta, ¿eh? Decías algo como: "Mariah... sí... vamos, ven conmigo". Jajajaja.

Guler se enderezó, visiblemente molesto, y desvió la mirada.

—Pues sí, ¿y qué pasa, imbécil? ¿Celoso de un simple sueño? Tranquilo, muy pronto podría hacerse realidad en el mundo de los vivos.

A Rocco no le hizo ninguna gracia la última oración. Su postura se tensó bajo el chaleco táctico.

—Ni en tus mejores sueños, muerto de hambre. ¿Cómo crees que una chica como Mariah se fijaría en un cagón como tú?

Si las miradas tuvieran la capacidad real de disparar balas, ambos activos habrían caído al suelo acribillados por el otro en esa misma fracción de segundo.

—Basta ya, par de idiotas —cortó Grisham, colocándose una mano en la sien—. Guler, muévete y búscame algo de agua limpia. Con esta sed maldita que tengo, soy capaz de tomarme el río Gunpowder entero.

—En seguida, jefa —respondió Guler, cuadrándose de mala gana—. Uno, dos, tres... Nos vemos al rato, pendejo —añadió, dedicándole una última mirada de desprecio a Rocco antes de retirarse con el arma al hombro.

Grisham esperó a que se alejara y se giró hacia el tipo del balaclava.

—Rocco, ¿qué jodida hora es?



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En el texto hay: ciencia ficcion, virus, mundo distopico

Editado: 03.07.2026

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