## 19: PACTO
La noche cayó sobre la estación de trenes y sus alrededores desérticos. El calor sofocante del día fue sucumbiendo gradualmente ante un frío que empezaba a acentuarse en la planicie. El viento soplaba con fuerza, levantando cortinas de polvo gris. Al costado este, justo alrededor de las vías muertas, el ruido de las charlas y la habladuría de los Avengers se concentraba en torno a una gran hoguera. Sobre las llamas, una enorme olla de aluminio burbujeaba bajo la supervisión de Rema, el gordo de gafas redondas y lentes pequeños. Preparaba una sopa de abundante caldo y buen espesor, utilizando los ingredientes rescatados de los camiones de ultrablindaje ese mismo día. Eran provisiones que bien no encontrarías en una carnicería de alta calidad, ni siquiera en una de segunda o de tercera; pero en tiempos de guerra, a caballo regalado no se le mide el diente.
Rema probó el caldo, saboreándolo con los ojos cerrados.
—¡¡Jujuy!! —exclamó con orgullo—. Está divino. Soy el mejor, el mejor de los mejores. ¡Oigan, chicos! ¿Están listos para probar la mejor sopa que sus papilas gustativas degustarán jamás?
—¡Vamos, venga ya! ¡Ya era hora! —se levantaron varios Avengers que esperaban ansiosos desde hacía horas.
—Entonces busquen sus tazones y cubiertos —ordenó Rema, agitando el cucharón—. Tendremos que turnarnos, ¡pero qué demonios importa!
Los rebeldes se dispersaron de inmediato en busca de utensilios. Del otro lado del complejo, en las antiguas cabinas de control que ahora funcionaban como oficinas, habitaciones y salas de emergencia improvisadas, el ambiente era muy distinto. Caps reposaba en una de las camillas; esta vez lo habían sedado para evitar que se exaltara y asegurar una recuperación eficaz tras el colapso térmico. En la habitación permanecían Garitos, Flayer y Killana. Justo afuera, recostada contra un barandal oxidado que daba hacia las vías, Grisham fumaba en silencio mientras Caín y Less conversaban a su lado.
—No puedo creerlo —admitió Less, rompiendo el hielo—. Un chico de dieciséis años haciéndonos reconsiderar nuestras propias acciones.
Caín soltó un bufido despectivo.
—¿Eh? Lo dirás por ti, Less. A mí ningún muchacho va a enseñarme cómo funciona la vida. No me digas que te estás ablandando porque crees que el crío tiene razón.
—Sabes lo que pienso, viejo —replicó Less, perdiendo la sonrisa por un instante—. La moral se pierde cuando te toca decidir entre tú, lo que amas y el mundo. Si tengo que elegir, siempre elegiré a los míos.
Caín soltó una carcajada ronca.
—¡Muahhajajajaja! De entre todos estos mocosos y pendejos, tú y Grisham son los únicos con los que puedo tener una conversación de verdad. Siempre fue así y veo que aún no ha cambiado.
Grisham guardó silencio unos segundos, exhalando el humo gris antes de mirar a Caín.
—Empiezo a pensar que unirnos formalmente a Flayer y a su grupo es nuestra mejor opción.
—¿Qué? —Caín se tensó, cruzándose de brazos—. ¿Cómo va a ser nuestra mejor opción unirnos a estos maricas? No los necesitamos. Tenemos más recursos, más armas... Todavía me pregunto por qué demonios no hemos tomado este maldito lugar por la fuerza.
—Caín, nuestro financiador cortó todas las comunicaciones —sentenció Grisham con frialdad—. Es obvio que lo ha hecho para cuidarse las espaldas. Los tipos que nos dotaron de vehículos, gasolina, armas, municiones y las dosis de la vacuna ya no lo harán. Es un escenario que no pude prever.
Less abrió los ojos de par en par, asimilando el golpe.
—Pero entonces... ¿no había un plan de contingencia por si todo fallaba? —preguntó—. ¿Me estás diciendo que estamos solos ahora?
—¿Que no pudiste preverlo? No me jodas, Grisham —gruñó Caín—. Siempre estuvimos solos.
—Escucha —intervino Grisham, clavándole la mirada—. Pensé que después del golpe en el instituto tendríamos el respaldo directo de nuestros benefactores, pero nos dieron la espalda. Alborotamos el avispero y esos cabrones dejarán que los lobos nos devoren. Ya no tenemos un plan, ni nada con qué amenazarlos... pero estos "maricas", como los llamas, sí lo tienen. Hablé con Flayer toda la tarde después del altercado con el muchacho. Ellos poseen algo que podría devolver el orden natural de las cosas: una solución definitiva. No más vacunas ni dosis mensuales que, les recuerdo, es cuestión de tiempo para que se nos agoten. Y por si fuera poco, está el chico. Por todos los cielos, le vi derrotar a un monstruo del tamaño de un elefante. Sería nuestra mejor arma si logramos alinearlo.
—Ese muchacho jamás trabajaría con nosotros —replicó Caín—. ¿Acaso no viste cómo piensa?
—Él no, pero Flayer sí —sentenció Grisham—. Caín, esto no se trata de quién tiene la razón o la moral más limpia. ¿Qué es lo que buscamos al final del día? La libertad. Estoy velando por nosotros, haciendo esto por la supervivencia de nuestro grupo. Si logramos deshacer esta maldición biológica que llevamos en las venas, el dominio del Triunvirato se caerá a pedazos.
En ese momento, la lona de la oficina se abrió. Flayer y Killana salieron de la habitación donde reposaba Caps, interrumpiendo la conversación. Flayer miró fijamente a Caín, y una tensión pesada e incómoda inundó el aire del pasillo.
Caín rompió el silencio con una sonrisa ladina, dándose por vencido.
—Huh, huh, huh... La noche es joven y el hambre aprieta —dijo, dándose la vuelta—. Iré por un poco de sopa. Less, ¿vienes?
—Oh, en un segundo te alcanzo —respondió el joven—. Quiero echarle un vistazo al chico. Doc, ¿me permite?
Killana frunció el ceño, interponiéndose.
—Está sedado. No podrás hablar con él, así que no veo para qué...
—Solo quiero comprobar algo —insistió Less con una sonrisa mansa.
Killana guardó silencio, pero decidió avanzar junto a él para no dejar a su hijo a solas con dos Avengers.
—Está bien, espera un segundo...
Cuando se alejaron, Flayer se recostó contra el barandal al lado de Grisham.