Rotten Farm

Capitulo 20

## 20: Consumido por el odio

La madrugada arribó a la estación de trenes de Chantarry con un frío que calaba hasta los huesos. En la antigua sala de espera, a escasos metros de la carpa provisional de Grisham, una hilera de sacos de dormir y hamacas colgaban de los tubos expuestos y las vigas de las paredes, aprovechando la excesiva altura del tejado. La mitad del grupo dormía profundamente, mientras que el resto mantenía la guardia en los perímetros. Era la hora del relevo.

Rocco se acercó a uno de los sacos que yacía en el suelo.

—Guler, los de la guardia dos ya tienen el turno encima. Muévete a la posición —susurró, pero no hubo respuesta—. ¡Guler! Muévete de una puta vez.

Rocco le propinó un golpe seco en la pierna izquierda. Guler dejó escapar un quejido ahogado.

—Joder... en serio, maldición... —murmuró.

Se levantó con una lentitud agónica, como si cada hueso de su cuerpo estuviera fundido en acero de cien kilos. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su piel lucía pálida y sudorosa.

Rocco frunció el ceño al notar algo extraño en su compañero.

—Oye, tienes algo raro en el cuello. Una roncha oscura.

—Sí... fue un maldito mosquito que me picó anoche —respondió Guler, rascándose la zona con torpeza.

De repente, la realidad de Guler se fracturó. El aire frío de la estación se evaporó, reemplazado por un calor sofocante. El plano a su alrededor se distorsionó; las paredes de concreto y las vigas oxidadas parecieron derretirse, transformándose en muros de fuego ardiente. El pánico lo asaltó como una bestia rabiosa.

—¿Mmmm? ¿Gente? —balbuceó Guler, girando sobre sí mismo—. ¿Qué sucede? ¿Dónde están todos?... ¡¿Chicos?!

El suelo a sus pies comenzó a burbujear. Un enjambre de escorpiones y alimañas de caparazones negros surgió de la tierra hirviente, trepando rápidamente por sus botas, subiendo por sus piernas en una marea asfixiante. Guler no pudo hacer más que soltar un alarido desgarrador. Se arrojó al suelo de la estación, revolcándose presa de una desesperación absoluta mientras intentaba quitarse los insectos invisibles de encima.

—¡Guler! ¡Guler, reacciona! —gritó Rocco, agarrándolo por los hombros.

Mariah, que dormía a un par de metros, se acercó corriendo.

—¡Parece que está convulsionando! —exclamó la chica—. Debemos colocar su cuerpo en una posición cómoda.

Entre los dos sujetaron a Guler, que temblaba violentamente. Sus músculos se contraían con una fuerza antinatural y una densa espuma blanca comenzó a brotar de sus labios. Rocco, presa del pánico, presionó fuertemente el pecho de su compañero.

—¡No hagas eso! —Mariah empujó a Rocco a un lado—. Déjalo, ya le está pasando.

—Vamos, Guler... respira, maldición.

Poco a poco, los espasmos cesaron. Guler comenzó a jalar aire de forma errática. Débil, exhausto y aún atrapado en los vestigios del terror, abrió los ojos. Se dio cuenta de que su cabeza reposaba sobre las piernas de Mariah. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin control.

—Shhhhh... jajajaj... —sollozó Guler, con una risa rota y desesperada—. Mariah... eres real. Eres real... Me gustas, Mariah. Dios, ya no puedo más... Dame una oportunidad, por favor. No quiero morir sin tenerte en mis brazos.

Mariah lo miró, visiblemente abrumada por la confesión y el estado deplorable del chico. Cruzó una mirada tensa con Rocco.

—Guler, yo... —tragó saliva—. Hay que llevarlo a la sala médica para que lo revisen.

---

En las antiguas cabinas de control, ahora habilitadas como sala médica provisional, Caps despertaba. Su estado físico distaba mucho de ser el ideal, pero la crisis había pasado; ya no sentía que sus venas fueran a hervir ni se desmayaba al intentar dar dos pasos.

Giró la cabeza y observó a su madre, Killana, dormida en una de las sillas incómodas, con la cabeza apoyada en el borde de la camilla, justo a un lado de sus pies. Garitos no estaba en la habitación.

Caps extendió la mano con delicadeza y acarició el cabello de Killana.

«No recuerdo cuántas veces vi esta misma escena cuando era niño», pensó Caps, con un nudo en la garganta. «Perdóname por tomar este rumbo, mamá. Sé que aunque quisiste negarte a que me convirtiera en esto, Flayer y los otros no te dejaron hacerlo... y mi decisión fue la mancha de tinta que selló mi destino. Huh... espero que me perdones por preocuparte tanto».

Se incorporó en silencio y salió de la cabina. Vestía un pantalón deportivo holgado de color negro y una camiseta gris que le quedaba grande, además de gruesos vendajes en su brazo izquierdo y antebrazo derecho. Calzaba unas simples sandalias. El sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte de la planicie; el cielo capturaba tonos naranjas y violáceos, aunque el azul oscuro de la madrugada aún dominaba el paisaje. El frío no daba tregua.

Caminó hacia las afueras, evitando toparse con los guardias de los Avengers, hasta que divisó una figura a unos sesenta metros de la estación. Era Helen Troy.

Estaba de pie sobre el techo de un vagón abandonado, haciendo sombras con una katana. Sus armas de fuego descansaban en una esquina del tejado metálico. Sus movimientos eran increíblemente fluidos: estocadas y reveses que cortaban el viento con un zumbido tajante, adornados por piruetas y fintas que asemejaban una danza mortal. Helen se detuvo en una última estocada perfecta, estirando el brazo derecho. Su cabello rosa pastel, amarrado en una cola de caballo alta, dejaba caer mechones empapados en sudor sobre su rostro. Jadeante, tras unos segundos de pausa, enfundó la hoja con la paciencia de un verdugo calculador.

—No creo que una chica de dieciséis años que nunca ha peleado en su vida sobreviva a eso. Vas bien —comentó Caps desde abajo, rompiendo el silencio.

Helen se sobresaltó ligeramente, girando la cabeza como quien es sorprendido robando a escondidas. Al ver que era él, relajó la postura y soltó un bufido sarcástico.



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En el texto hay: ciencia ficcion, virus, mundo distopico

Editado: 03.07.2026

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