## 25: La gran frontera
A las cinco de la tarde, Ciudad S, la imponente capital y principal puerto de entrada a la Zona 1 desde el océano comenzaba a teñirse con los tonos apagados del crepúsculo. En los límites periféricos de la metrópolis se alzaba una estructura de una sola planta, cuya vasta extensión grisácea de concreto se proyectaba a lo largo y ancho del terreno estéril. Sus ventanas, dotadas de un blindaje opaco y polarizado, impedían cualquier mirada hacia el interior. El perímetro estaba fuertemente resguardado por altas cercas de alfajol coronadas con espirales de alambre de seguridad; en cada esquina, tiradores de élite vigilaban el horizonte desde elevadas torres de control.
El silencio de la tarde fue interrumpido por el siseo estático de un intercomunicador en el oído de uno de los guardias de facción:
—Torre Uno, ¿me escuchas? —resonó la voz desde la central.
El soldado ajustó el receptor de su casco, manteniendo los ojos fijos en la llanura.
—Aquí Torre 1. ¿Qué sucede?
—Tendremos una visita de alta prioridad. Vickass Law y los regentes de Ciudad S, A y B se dirigen hacia allá. Cuando divises los vehículos, no te alarmes y mantén tu posición. Entendido.
—Entendido —cortó la comunicación el guardia. Al levantar la mirada, distinguió a lo lejos una densa polvareda que se elevaba en el camino. Una columna de seis vehículos avanzaba a gran velocidad—. Huh, qué rapidez. Supongo que las cosas no van del todo bien en el frente.
Las seis camionetas Cadillac Escalade, blindadas de un color negro azabache y reluciente, cruzaron el primer anillo perimetral con precisión militar.
—Abran los portones —ordenó el soldado por el intercomunicador.
Las pesadas rejas de alfajol se deslizaron pesadamente, permitiendo el ingreso del convoy hacia la zona de estacionamiento lateral. En cuanto los motores se apagaron, las puertas del tercer vehículo se abrieron. Vickass Law descendió con parsimonia, ajustándose el cuello de la camisa y las mangas de su impecable esmoquin negro. Con un movimiento seco y calculador, la suela de sus zapatos de cuero italiano aplastó a una cucaracha que, para su mala suerte, cruzaba el asfalto frente al hombre calvo.
De inmediato, una marea de escoltas fuertemente armados bajó de los demás automóviles, dispersándose de manera estratégica hacia los bordes de la edificación. Del segundo vehículo descendió el regente de Ciudad S; del penúltimo, el de Ciudad A; y del cuarto, la regente de Ciudad B. Finalmente, de la primera camioneta bajó el mismísimo general David Carrigan.
Tres figuras aguardaban junto a la entrada principal del complejo que conectaba con el aparcamiento: dos de ellas vestían batas blancas de laboratorio y denotaban juventud, mientras que la tercera era un soldado afroamericano de facciones rudas que portaba una boina militar.
El soldado de la boina se cuadró de inmediato ante la comitiva.
—Excelentísimos regentes y su supremacía, Vickass Law. Es un honor para nosotros recibirlo en estas instala...
—Sin adulaciones ridículas —lo cortó Vickass, cruzando la entrada con voz gélida—. No estoy de humor para soportar tonterías. Ustedes dos —añadió, clavando sus ojos en los científicos, un hombre y una mujer de unos veintinueve años que intentaban mantener una expresión seria a pesar del evidente nerviosismo—, guíennos a la zona de experimentación cero.
Vickass Law avanzó con paso firme, ignorando por completo al soldado, quien se quedó petrificado en su posición. Los dos científicos asintieron sumisamente y tomaron la delantera.
El general David Carrigan, al pasar junto al soldado de color que seguía inmóvil, le dio una palmada en el hombro, deteniéndose un instante.
—Deberías dejar de lamerle las bolas a los que son más poderosos que tú —le soltó Carrigan con una sonrisa ladina—. Si crees que el servilismo te llevará lejos, estás muy equivocado, muchacho. Si realmente quieres ascender a un nivel más alto, deja que fluya natural. Demuestra lo que vales. Convéncete de que eres igual a ellos. Tu propia inferioridad mental es lo que te hunde... es solo un consejo.
El general le dio tres palmadas más en el hombro antes de retomar su marcha con paso tranquilo.
El soldado, tragando saliva, volvió a ponerse firme.
—¡Sí, señor!
Mientras tanto, Vickass avanzaba a paso acelerado por los pasillos de paredes desnudas, flanqueado por los dos profesionales de la ciencia, con los regentes y el general pisándoles los talones.
—Muy bien, señores —intervino el científico—. Este es el elevador que los llevará al nivel...
—Ya sabemos lo que es, gracias —lo interrumpió Vickass de forma tajante—. Los necesitaba afuera porque este edificio es un entramado complejo. Tú ya puedes retirarte, no hace falta que vengan los dos.
El hombre palideció levemente.
—Entendido, señor —respondió, dando media vuelta para perderse por el pasillo.
La científica restante miró al grupo, tratando de mantener la compostura.
—Muy bien. Suban al elevador, por favor.
Las puertas metálicas se cerraron y el ascensor comenzó a descender. El descenso se prolongó por seis agónicos minutos, recorriendo una cantidad descomunal de metros bajo la corteza terrestre. Para Frank Oslo, regente de Ciudad A, y Sephir Phoenix, regente de Ciudad S, aquella travesía subterránea no era una novedad, al igual que para Vickass y el general Carrigan. Sin embargo, para Irina de Montecristo, regente de Ciudad B, la claustrofobia comenzaba a pasarle factura al imaginar los cientos de metros de roca sólida sobre sus cabezas.
Cuando el elevador finalmente tocó fondo, las puertas se abrieron y un frío estremecedor, casi antinatural, se coló entre las ropas de los presentes, calando a través de sus poros hasta hacer vibrar sus huesos. Irina, una mujer de treinta y cinco años, rubia no natural, de un metro sesenta y cinco de estatura y cuyo maquillaje empalidecía su piel de manera deliberada para resaltar el rojo intenso de sus labios, comenzó a temblar ostensiblemente, abrazándose a sí misma. Su cuerpo reflejaba la rigidez estándar exigida a una figura pública, libre de arrugas gracias a costosos tratamientos estéticos.