## 27: El baúl de los recuerdos
El viento levantaba ráfagas de polvareda con cada soplido constante, arrastrando la tierra seca contra los cimientos desgastados. Frente a ellos se alzaba una estructura sin tejado y de paredes carcomidas por el tiempo, enclavada en lo que parecía un pueblo fantasma de casas en ruinas a orillas de una ruta completamente muerta.
Grisham observó el paraje desolado antes de romper el silencio.
—¿Este es el lugar?
—Precisamente —respondió Killana.
—Vale. Tomemos lo que hemos venido a buscar y larguémonos.
La mujer calva a la que le faltaba un brazo y la científica avanzaron hacia la estructura desmantelada. El camión de ultra blindaje había estacionado a unos veinte metros de las ruinas. La van que les seguía el paso ya no se encontraba con ellos; Jota se había separado del convoy unos minutos después de llegar al lugar.
Aprovechando la parada, los miembros de los Avengers que viajaban en el camión salieron a tomar aire y a explorar los alrededores. Rema, el hombre obeso con una pañoleta amarrada a la cabeza, se limpió las gafas oscuras de pequeños lentes redondos utilizando un pañuelo. El gesto dejó al descubierto unos ojos demasiado pequeños para su rostro de grandes cachetes, con iris de un inesperado tono azul claro. Gummer, el joven hacker del grupo, estaba a su lado, recostado contra el costado del vehículo blindado.
—Rema, ¿qué opinas de todo esto? —preguntó Gummer rompiendo la pausa—. Siento un aura extraña entre nuestros compañeros desde que Grisham dio la orden de colaborar con el grupo de Flayer. Y ahora dejamos atrás a una considerable parte de los nuestros...
Rema suspiró, visiblemente concentrado en la limpieza de sus cristales.
—No lo sé, chico. Puedo entenderles un poco, pero... ¿qué otra opción tenemos? Lo que hicimos nos está pasando factura o eso creo.
—¿Piensas en ello?
—¿Pensar en qué?
—En... los jóvenes fallecidos —confesó Gummer en voz baja—. Yo no dejo de hacerlo. Las primeras horas después de lo del instituto, el sentimiento era casi nulo. Todo cambió al ver las noticias fúnebres, las ceremonias, el duelo... Y cuando oí las palabras de Caps, todo empeoró. No dejo de pensar en ellas como un mensaje del karma que viene por nosotros. Los chicos... Dios, ojalá estén bien.
—Escucha, piensas demasiado —lo interrumpió Rema encarándolo—. Mírame y dime: ¿por qué te uniste a esta causa? Quieres venganza, ¿no?
—Justicia.
—¿Y eso qué? La justicia es venganza, y la venganza a veces no es tan amable. Logramos el objetivo. Es trágico, sí, pero... ¿qué hay de nuestros soldados caídos? Yo tuve que dejar atrás a los chicos: Dayana, Metralla, el viejo Flind... Debemos confiar en ellos. Vamos, ¿qué es un grupo sin confianza?, es lo que siempre digo sabes, es como cuando tienen esas estúpidas discusiones que no le van nada bien al grupo.
—Pero si eres tú quien más reclamos hace —señaló Gummer arrugando el entrecejo—. Quien más pelea con el Mayor y los otros.
—No, no. Que no me la deje montar con ese viejo de Caín, el pargueras de Less o esa china pelirroja de Maze, no significa que no confíe. Ese vejestorio será lo que sea, pero es una máquina asesina, el cabrón.
—Maze es de raíces japonesas —corrigió Gummer.
—Es lo mismo, todos los chinos se parecen. Jackie Chan o Bruce Lee, no hay diferencia.
Gummer le dirigió una mirada cargada de perplejidad, sin saber qué responder ante semejante afirmación.
—Cuando bajamos el "cohete" de la van hace unos minutos para subirlo al camión —retomó el hacker—, Jota me entregó todos los planos. Él tuvo que desviarse por alguna razón... Verás, cuando estábamos en la estación cruzamos palabras y la cosa se complicó un poco. Debo aprender lo más rápido que pueda sobre la estructura y entender esos planos para completar el proyecto, y no se ve nada fácil.
—Bueno, no voy a negar que esto es una mierda —admitió Rema acomodándose la pañoleta—. Pero ¿cuándo no lo fue? Estoy ansioso por llegar a Rammus. Quiero ver a mi chica, Olga.
Se colocó los lentes oscuros de nuevo y se rascó la barbilla con parsimonia.
—Pensar en eso es lo que me mantiene estable. ¿Qué me dices de ti? ¿Aún estás clavado por Helen?
Gummer se sonrojó al instante, llevándose una mano al cuello de forma nerviosa.
—¡¿Qué?! No, no... Yo ya perdí mis esperanzas. Ella no. El tipo de Helen son los hombres de acción. Oí por allí que sintió un flechazo por Less, a pesar de que es mucho mayor que ella.
—¿Y eso qué? —exclamó Rema gesticulando exageradamente, haciendo caras y moviendo los brazos en el aire—. No decidas por los demás, joder. Tienes un problema, solo inténtalo, háblale, pregunta sin miedo, suéltate y "déjate llevar".
—Jajaja, sí... Tal vez podría —murmuró Gummer, dejando escapar una sonrisa amarga mientras su mirada caía al suelo y su tono de voz se desinflaba—. Ojalá regrese sana y salva.
Mientras tanto, en el interior de la estructura, las dos mujeres se detuvieron en una habitación de paredes derruidas frente a una lona vieja y polvorienta que cubría parte del suelo.
—¿La entrada está debajo de esto? —preguntó Grisham.
—Sí. Puedes quitar la lona mientras busco la llave, está por aquí cerca.
Killana echó un vistazo de reojo al muñón vendado de la mujer calva, donde aún se apreciaban manchas de sangre seca.
—O si quieres puedo hacerlo yo...
—Ve por la llave, joder —masculló Grisham con irritación—. Solo perdí un brazo, no me dejaron inutilizada.
—Ok, ok, está bien.
Grisham soltó un chasquido con la lengua, haciendo un gesto de fastidio hacia la científica. Con el brazo que le quedaba, tomó el borde de la lona y la retiró de un tirón seco hacia un costado, dejando al descubierto una escotilla metálica encajada en el piso.
A unos metros de allí, en la parte trasera, Killana hurgaba con un trozo de madera en el hueco de una media pared carcomida.