## 28: Voluntad
El camión F-350 avanzaba a trompicones por un terreno árido y escarpado, aún húmedo por los rastros de una tormenta reciente que la tierra sedienta y el abrasador sol de la tarde disipaban poco a poco. En la plataforma trasera reinaba un silencio sepulcral; de no ser por el áspero rugido del motor, solo el azote constante del viento acompañaría el trayecto.
Dentro de la cabina, el viejo Flint mantenía el pie firme en el acelerador. Tenía la atención dividida: un ojo puesto en el camino y el otro en su copiloto, Judá, quien trasteaba con una radio de comunicación obsoleta. El hombre manipulaba los selectores giratorios con frustración, buscando interceptar frecuencias enemigas o alguna señal en medio de la densa estática, hasta que un murmullo distorsionado se filtró por el altavoz.
—¡Ah, mierda! Encontré algo —exclamó Judá incorporándose—. Veamos qué dice.
—¿Puedes oírme? —resonó una voz entre la interferencia.
—¡Claro que sí, viejo imbécil! Si estás sentado justo a mi lado —respondió Judá con sorna.
Flint, sosteniendo un transmisor más pequeño en la mano, soltó una carcajada rasposa.
—Je, je, je, eres un idiota. Te dije que dejaras de jugar con esa basura, solo la conservo como reliquia.
—Bah, entonces a la mierda —sentenció Judá, arrojando el viejo comunicador por la ventana abierta.
—¡Pero qué! ¡Por un demonio! ¿Qué haces, jodido calvo nariz de escroto?
—Es peso muerto, viejo. Aferrarse a las cosas es tóxico, ¿sabes? A veces hay que saber cuándo soltar.
—¡Soltar mis huevos! —maldijo Flint—. ¿Tienes idea de lo que esa radio significaba para mí? Tienes suerte de que tenga las dos manos atadas al volante, porque si no, te metería un plomo aquí mismo.
El anciano miró de reojo el subfusil que descansaba sobre el tablero de cuero desgastado del vehículo, junto a unas cuantas monedas viejas. Judá, impertérrito, acomodó su propio rifle entre el asiento y la puerta.
—Sí, sí, llora todo lo que quieras. Cuando te vayas al infierno no te llevarás un carajo, ni siquiera este camión por mucho que lo cuides. En situaciones como esta, debemos aceptar que perderemos cosas —Judá clavó la mirada en la carretera, con los ojos ensombrecidos por el peso de un recuerdo reprimido—. Incluso cosas mucho más importantes.
Flint lo observó por un segundo antes de soltar un resoplido.
—Supongo que tienes razón, maldición, lo que daría por una botella de alcohol. Taaka, vodka, ron Castillo, un E&J, sería fenomenal. Y el broche de oro sería estar acompañado de una buena mujer.
—Jajaja, te comprendo —sonrió Judá—. No hay nada como beber con los amigos. Espero que este puto mundo me dé la oportunidad de volver a tomarme un trago con mi hermano —añadió sobándose el cuello con fastidio—. Joder, ¿cuánto más vamos a rodar?
—¿No oíste? El plan es encontrarnos con los demás en Rammus, un pueblo que está muy al norte de Ciudad A. Los Avengers lo usamos como base; gran parte de nuestra gente vive allí. La cosa es que, por las circunstancias, tuve que tomar esta "ruta", si es que se le puede llamar así. Nos dirigimos hacia el río Delaware, dimos un rodeo gigantesco.
—¿Pero por qué demonios tomaste este camino? Es kilométrico.
—¿Qué no ves que los del Estado Mayor y los de Scorpio venían por nosotros? Solo la explosión logró separarnos de ellos. Además, esperarán que usemos las rutas comerciales. En nuestra situación, lo mejor no es seguir un camino fijo, sino crear uno nuevo.
En la plataforma trasera, el ambiente era denso. Helen permanecía en la esquina izquierda, acurrucada con las piernas contra el pecho y la cabeza escondida entre los brazos. A su lado, Dayana apoyaba los brazos sobre el borde del tejado del vehículo, contemplando el paisaje cambiante. En el barandal izquierdo, Less permanecía recostado de espaldas con los brazos cruzados, mientras Metralla se sentaba a su lado con las piernas extendidas.
Frente a ellos en el barandal contrario, Caps observaba a Helen fijamente, sin el menor disimulo. Sentía escepticismo al verla sumida en un estado de depresión tan absoluto, con los párpados hinchados de tanto llorar y el rostro empapado en lágrimas. Dayana también lucía muy afectada, pero no al nivel devastador de la chica del cabello rosa pastel.
—De acuerdo, ya no lo soporto —rompió el silencio Caps. Todos los presentes se giraron a mirarlo—. Helen, se supone que eres la Iron Girl ¿no?, levántate de una vez y límpiate las lágrimas.
Dayana se volvió hacia él con el rostro encendido de indignación.
—¿Qué te pasa? ¿Acaso no tienes empatía?
—Sí, ¿qué demonios te sucede? —apoyó Metralla—. ¿No puedes comprender un poco su dolor?
—No, no lo comprendo —contestó Caps con frialdad—. ¿O prefieren que mienta? Ninguno de nosotros, ni siquiera tú, entiende verdaderamente por lo que está pasando. Apenas puedo hacerme una idea porque conocí a Maze durante un breve instante, extrañamente, fue tiempo suficiente para que una parte de su voluntad se quedara conmigo.
Helen soltó una risa ahogada y chillona, cargada de amargura.
—Jajaja, ¿Su voluntad? —murmuró, poniéndose en pie bruscamente.
En ese instante, el camión comenzó a perder velocidad hasta detenerse por completo con un temblor metálico.
—No, no, no, bebé, no te detengas ahora —se escuchó la voz de Flint desde la cabina.
Less saltó fuera de la camioneta mientras algo debajo del chasis captaba su atención. Flint y Judá ya habían bajado y examinaban el motor.
—Esto no puede estar pasando—masculló Less—. Viejo, revisa el tanque.
—¿Para qué? —gruñó Flint golpeando el chasis—. Está claro que es una puta fuga. El combustible se fue al demonio.
—¡Jajaja! ¡Maldita sea! —se burló Judá amargamente—. ¿Por qué carajo tomaste esta ruta?
Arriba, en la plataforma, la discusión se reanudó sin importar la avería.
—Ustedes, pero sobre todo tú, maldito Caps, la dejaron morir —acusó Helen fuera de sí—. Debiste dejar que la ayudara, jodido perro.