## 30: El río de los tres cruces
Cerca de las once de la noche, el cielo permanecía tupido por densas nubes que tapaban gran parte del firmamento. La oscuridad convertía los paisajes desérticos en auténticas fauces de lobo, donde los pocos depredadores y animales que aún rondaban en la zona usaban las sombras para camuflarse, obligados a salir en busca de alimento. El calzado de los chicos pisaba suave sobre el terreno acechando una posible presa.
A unos metros, oculto tras la carrocería maltrecha y oxidada de una camioneta antigua medio enterrada en la tierra, Less aguardaba con el rifle en mano. Su mirada estaba fija en un objetivo situado a unos dieciocho metros: un coyote que lamía el agua de un pequeño charco sobreviviente al sol del día. Caps y Metralla se acercaron a él con cautela hasta agacharse a su lado.
—¿Un coyote? —susurró Caps, apostado entre Less y Metralla.
—Sí. ¿Tienes algún problema con eso? —respondió Less sin apartar la vista.
—Para nada. Aunque mi mente tenga sus dudas, mi estómago da el visto bueno. Por otro lado... ¿crees que a los demás, sobre todo a Dayana y a Helen, les guste la idea?
—Ja, como se ve que no las conoces —intervino Metralla—. Te aseguro que están más que acostumbradas a la vida dura de un ambiente hostil. No te preocupes por ellas.
—Además, es coyote o morir de inanición —sentenció Less.
Alineó las miras del rifle. Solo tenía una bala si no quería levantar sospechas ni alertar a grupos de monstruos o bandas armadas que pudieran andar rondando la zona.
¡Bam!
El eco fue inevitable, seguido por el último chillido ahogado del animal, que cayó seco contra la tierra.
—Rápido, Metralla —ordenó Less revisando el cargador—. Mételo en la bolsa que trajimos. Tú lo llevas.
—De acuerdo, pero solo la mitad del camino —protestó Metralla—. Cops, tú lo llevas el resto.
—Sí, sí, lo que digas. Apúrense, debemos movernos rápido; los demás ya deben de estar en el punto acordado —dijo Caps, observando cómo Metralla metía al animal en un saco marrón. Luego miró a Less, quien encendía un cigarrillo mientras contemplaba el páramo azotado por el viento con los ojos entornados—. ¿Qué miras, greñas? ¿Qué crees que llegue primero atraído por el disparo? ¿Monstruos vagabundos de las planicies o algún grupo de maníacos como los Slayers?
—Y qué voy a saber yo, Lo único que sé es que las dos opciones son una mierda —contestó Less. Metralla pasó a su lado adelantándose unos metros—. Bueno, andando, apuren el paso. No solo el ruido atrae a los monstruos; el olor a sangre también les resulta atractivo.
Los tres echaron a andar con paso firme y veloz: sin trotar ni correr, solo avanzando rápidamente sin hacer ruido.
—Metralleta —llamó Caps.
—Metralla —corrigió el chico, flanqueado por Caps y Less.
—Ahora ves cómo se siente ¿recuerdas el incidente del instituto?
—¿Por qué insistes en revivirlo, maldita sea? —renegó Less—. Entiendo que quieras hacernos ver el daño que hicimos, pero ya fastidias.
—Para nada, no saco el tema con esa intención. Allá ustedes con su conciencia —aclaró Caps—. Solo me preguntaba desde hace tiempo cómo hicieron para movilizar a tantos monstruos. Entiendo que utilizaron el alcantarillado como vía, pero ¿de dónde los sacaron y cómo los controlaron?
—Eso fue por, bueno, explícaselo tú, Less —pidió Metralla.
—Lo hicimos y no lo hicimos —explicó Less en tono pausado—. Verás, como bien intuyes, algo así no se logra con las manos desnudas. Se necesitan herramientas de control: dispositivos acústicos que emiten frecuencias específicas para atraerlos y otros para repelerlos, jaulas, vehículos de transporte, ¿de dónde sacamos todo eso? Veamos qué tan inteligente eres.
—Trabajaban para alguien, ¿no? Una especie de financiador que les facilitó todo.
—Exacto. Aunque el verbo correcto es "trabajábamos", en pasado. El cabrón —o los cabrones— que nos apoyaban nos abandonaron después de lo del instituto.
—No me digas, cualquiera podría haberlo deducido. ¿Cómo no se dieron cuenta? —dijo Caps con sarcasmo cargado—. Sin ofender, pero creer que no los iban a traicionar fue una estupidez.
—Ah, sí, somos unos estúpidos, Cops —respondió Metralla con ironía—. ¿Y qué haces tú con nosotros? Si nosotros somos estúpidos, entonces tu jefe, ese idiota de las rastas, es todavía más estúpido por ofrecer una alianza.
—¡Toma ya! —celebró Less dejando escapar una carcajada—. Sabes, ustedes los jóvenes no se quedan callados nunca, ¿eh? Siempre quieren tener la última palabra. Es gracioso ver cómo se pelean como niños, sobre todo tú y Helen. En serio son un caso Aunque —el tono de Less pasó de burlón a cálido— que la hayas sacado de su depresión fue un acto de gran camaradería. ¿O no será que te gusta nuestra chica? Tienes mi bendición, aunque te advierto que vayas con cuidado. Entre el grupo surgió una leyenda urbana alrededor de Helen: se dice que uno de los nuestros intentó sobrepasarse con ella y luego lo encontraron desangrado porque le amputó el miembro.
El rostro de Caps se arrugó de horror al procesar las palabras, terminando con un estremecimiento involuntario por todo el cuerpo.
—Jajaja, ¿qué pasa, Cops? ¿Te dio frío? —se burló Metralla.
—Sí, claro, maricón... Admito que Helen es guapa. Tiene algo, no lo puedo negar; desde el principio me pareció alguien admirable, aunque luego destruyó esa imagen con su actitud destructiva de loca. Y no lo sé tal vez me vea un poco reflejado en ella.
—Vaya, sí que te has clavado —dijo Metralla con una sonrisa maliciosa—. Ya te vi. Espera a que lleguemos, Helen se va a enterar de todo.
—Haz lo que quieras. ¿Y qué hay de Dayana, eh? He visto cómo la miras. Hay un matiz en tus ojos cada vez que la ves. Estoy seguro de que te gusta, ¿cierto? —se rio Caps—. ¿A que sí?
—¡No! Por supuesto que no es cierto, ¿cómo crees? Ella... ella es...
—¿Ella es...?