Parte 1: Los mensajes sin fin
Transcurrieron los días con la misma monotonía de siempre, levantarse 7:00 am, bañarse, vestirse, desayunar, llegar tarde como siempre, ir corriendo al cubículo de trabajo, sentarse, prender la computadora, revisar correos, esperar instrucciones de superiores.
Medio día salir a comer lo que haya en cafetería de la empresa o en tienda cercana, regresar a trabajar. revisar a escondidas celular para perder tiempo, realizar llamadas a clientes, consultar correo personal y salir a las 6:00 pm, gimnasio, bañarse rápido; caminar rumbo al departamento a las 9:00 pm, cenar, y dormir. Los días pasaban como era antes de conocer a Leirgab, con la única diferencia que en las noches se la pasaba mensajeando, siempre se conectaba después de las 6 de la tarde.
Deseaba verlo de nuevo, pero también respetaba su espacio y tiempo.
Por los mensajes decía que viajaba seguido en busca de telas para su negocio.
Una noche, ya estaba acostado a punto de dormir, el celular sonó.
Una llamada, no mensaje... una llamada.
A esta hora.
El corazón de Luis se aceleró. ¿Habrá pasado algo?
Contesto por instinto.
–Luis... –la voz de Leirbag sonaba diferente, cargada de algo sin poder descifrar.
Mi mente empezó a imaginar escenarios. ¿Qué necesitaba? ¿Por qué llamar a esta hora?
–Buenas Luis disculpa la hora, me imagino que ya estabas por irte a dormir; solo llamaba para desearte buenas noches... –hizo una pausa sopesando lo que iba a decir–. Y si.... nos vemos jueves tipo 8 de la noche en un café, te mandaré ubicación.
El alivio y la emoción invadieron a Luis al mismo tiempo. No cabía de gozo por esa llamada.
Claro que, si a las 8 nos vemos, espero la ubicación.
– Buenas noches, Luis
– Buenas noches, Leirgab
Luis se acostó con una sonrisa en sus labios, la cita lo relajo y pensó que pronto lo vería de nuevo.