Roulan

Capitulo 2: La cita que cambio todo (II)

Parte 2: El café

El día acordado para vernos llegó, me puse un atuendo casual, pantalón mezclilla y polo roja, tomé un taxi que me llevara al café que me indicó Leirbag.

Un café rústico del centro. Llegué 15 minutos antes de lo acordado, quizás por ansiedad, quizás por temor a que cambiara de opinión.

El lugar era agradable, íntimo, paredes cubiertas de cuadros de la ciudad: algunos en blanco y negro que relataban los orígenes del lugar, fotografías antiguas de calles que ya no existían. Otras fotos a color, más actuales, mostraban la ciudad que ahora habitábamos.

Me senté en una mesa cerca de la ventana, desde donde podía ver la entrada. Y esperé.

No había mucha gente en el lugar y el ambiente era acogedor, luz tenue le daba un aspecto romántico al sitio.

Sillas y mesas de madera con acabados rústicos, y al fondo del local una chimenea grande y empolvada, desde hace tiempo en la ciudad no ha hecho frío. El clima mayormente es templado en invierno y caluroso en primavera y verano.

Frente a mí tenía un ventanal grande que daba a la parte norte de la ciudad; se veía algo nublado, como si fuera a llover más tarde.

La mesera se acercó a Luis preguntando si no se le ofrecía algo; amablemente señalo que no, y que estaba esperando a una persona y solo dejara la carta, se la entrego y se fue.

Al estar sentado, la pierna derecha no paraba de temblar.

Estaba tan ansioso, que no dejaba de mirar a por la ventana, y visualizar el carro de Leirbag, los minutos se le hicieron eternos.

Llegó a las 8:00 en punto en un Jaguar negro. Al atravesar la puerta del café notó un cierto brillo, como un resplandor en su rostro, de la emoción no le dio relevancia a este detalle. Vestía pantalón negro, ajustado resaltándole sus atributos físicos, y una camisa de casimir color negro que dejaba ver unos pectorales y bíceps bien trabajados.

Un aire de autoridad y jovialidad, y su belleza que no pasaba desapercibido, los pocos comensales voltearon a verlo, su presencia era avasalladora, como si tuviera imán, y su andar seguro y armonioso como si de flotar se tratara.

Al verme se le dibujo una ligera sonrisa, nos dimos un saludo de mano, para sentarse frente a mí.

—Buenas noches Luis—dijo Leirbag.

—Buenas noches —le respondí.

—¿Cómo fue tu semana? —preguntó.

— Nada relevante: trabajo, gimnasio y demás cosas. Comenta Luis.

La mesera interrumpió la entrevista por nuestra orden; Luis solicitó una taza de café y rebanada de pastel de Zanahoria; mientras que Leirbag solo un vaso de agua, al rato pediría otra cosa.

El audio del lugar era discreto, con música clásica e instrumental de fondo.

Luis reconoció la canción—algo instrumental, piano y violín entrelazados.

—Esta música es bonita —comentó, dándole vueltas a su taza de café—. Más tranquila que la de la fiesta.

Leirbag levantó la vista, escuchando. Sus ojos se iluminaron con algo parecido al reconocimiento.

—Es Ludovico Einaudi. "Nuvole Bianche". —Cerró los ojos por un momento—. Uno de los pocos compositores contemporáneos que entiende el silencio.

—¿El silencio?

—Las pausas entre las notas. —Leirbag abrió los ojos—. Cualquiera puede llenar el espacio con sonido. Pocos saben cuándo dejarlo respirar.

Luis escuchó con más atención. Tenía razón—había momentos donde el piano se detenía, y esos silencios eran tan importantes como la música misma.

—Nunca lo había pensado así —admitió—. Para mí la música siempre ha sido... no sé, algo de fondo. Para hacer ejercicio, para el trayecto al trabajo. No algo en lo que realmente me concentre.

—¿Y qué escuchas en esos trayectos?

Luis sacó su teléfono y le mostró su playlist de Spotify. —Esta es mi favorita. "Camino al trabajo". Es una mezcla rara: The Strokes, Tame Impala, un poco de Cigarettes After Sex...

Leirbag se inclinó para ver mejor, y Luis notó que no necesitaba acercar mucho el teléfono—como si su vista fuera perfecta incluso a distancia.

—Interesante combinación. Melancolía disfrazada de energía.

—¿Eso es lo que ves?

—Tame Impala suena psicodélico, pero las letras son sobre soledad y desconexión. The Strokes tienen esa energía de Nueva York, pero también hay nostalgia en su sonido. Y Cigarettes After Sex... —Leirbag sonrió—. Ese es dolor puro envuelto en terciopelo.

Luis se quedó sin palabras por un momento. Nadie había analizado su música así. Era como si Leirbag hubiera leído su diario secreto.

—Tú... realmente prestas atenciones a la música.

—He tenido mucho tiempo para hacerlo. —Leirbag se recargó en su silla—. La música es uno de los pocos idiomas universales. No importa cuánto cambie el mundo, la tristeza de un violín siempre suena igual.

—¿Tocas algún instrumento?

Leirbag vaciló. —Piano. Aprendí cuando era más joven. Hace tiempo que no practico.

—Deberías. —Luis se sorprendió de su propio entusiasmo—. Digo, si te gusta tanto...

—Tal vez. —Leirbag miró hacia la ventana—. ¿Y tú? ¿Alguna vez quisiste aprender?

—Mi papá intentó enseñarme guitarra cuando era niño. —Luis sintió una punzada de tristeza—. Nunca fui bueno. Mis dedos eran y siguen siendo torpes. Él se frustraba, yo me frustraba... eventualmente dejamos de intentarlo.

—¿Tocaba bien?

—Era increíble. —Luis sonrió con nostalgia—. Tocaba de oído. Podía escuchar cualquier canción una vez y reproducirla de inmediato, tenía ese don.

—¿Tenía?

—Murió hace cinco años. Infarto.

—Lo siento.

—Está bien. Bueno, no está bien, pero... ya sabes. —Luis tomó un sorbo de café para evitar que su voz se quebrara—. A veces pongo las canciones que él tocaba. Tangos, principalmente. Gardel, Piazzolla. Ese tipo de cosas.

— ¿Y tu madre?

—Mi madre hace dos años se volvió a casar y vive actualmente con mi padrastro, no me cae mal, pero por ahora estoy bien en mi departamento y mi madre en la casa de mi nuevo padre, ya que la casa anterior donde crecí, nos la quitaron por unas deudas que dejo mi padre antes de morir.




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