Roulan

Capítulo 2: La cita que todo cambio (III)

Parte 3:

El mirador

Condujo hacia las afueras de la ciudad; música lounge clásica, no muy estridente, acompañaba nuestro camino. Llegamos a un mirador desde donde se podía contemplar toda la ciudad; era verdaderamente fastuoso. Una luna llena, brillante como la plata, se proyectaba en el horizonte y en aquel instante se percibía una calma extraña, como si la noche nos tejiera un pacto silencioso.

Después de un rato de admirar el cielo y las estrellas; rompió el silencio y comentó que le encantaban los lugares así, donde se pudiera apreciar la belleza natural del lugar. Venía seguido a meditar y a relajarse, en verdad era buen sitio para tales fines.

Miramos el horizonte juntos, y sin que lo notara, tomó mi mano. Su gesto fue tan natural, tan genuino, que parecía la continuación inevitable de todo lo que había ocurrido. Luego señaló hacia el cielo nocturno: una estrella fugaz surca la oscuridad en un destello efímero, y con ella, la magia del momento se intensificó.

No soltó mi mano.

En cambio, comenzó a guiarme a través del firmamento, mostrándome las constelaciones como si fueran historias antiguas grabadas en el cosmos.

La Osa Mayor, majestuosa y reconocible, las Pléyades, delicadas y enigmáticas; otras más cuyos nombres pronunciaba con certeza, de quien ha pasado incontables noches estudiando estos cielos.

Intenté verlas como él las veía, busqué las formas ocultas que describía, traté de conectar esos puntos dispersos en las figuras míticas que evocaba. Pero el cielo se negaba a revelarme sus secretos. Las estrellas seguían siendo solo puntos de luz esparcidos en la vastedad, sin forma, sin sentido. Su universo era accesible para él; el mío permanecía cerrado, indescifrablable. Y sin embargo, en esa incapacidad compartida—en su paciencia al explicar, en mi deseo de ver lo que él veía—descubrí una intimidad diferente, quizá más profunda que la del momento anterior.

Lo que sí veía con claridad era su perfil recortado contra la noche. Su cercanía me desconcertaba de una manera que no sabía nombrar. Su aroma—ese era el problema.

No podía definirlo con precisión, y eso me inquietaba más que si hubiera sido obvio. Era algo que simplemente me agradaba, y en esa imprecisión se anidaba toda una vorágine de imágenes en mi mente: besos, abrazos, momentos que ni siquiera había vivido pero que mi imaginación se permitía construir sin permiso.

Entonces se giró hacia mí. Y sonrió.

Fue una sonrisa que me desarmó por completo—como si hubiera abierto una puerta a la que yo no tenía llave.

En ese instante absurdo, paranoico, estuve seguro de que podia leerme la mente. Que veía cada pensamiento vergonzoso, cada imagen que mi mente había tejido en su ausencia.

El pánico fue instintivo. Me levanté, busqué distancia—esas bancas cerca del auto se convirtieron en mi salvación.

Me senté ahí, esperando que el espacio físico amortiguara lo que estaba pasando adentro.

Él se acercó.

—"¿Te pasa algo?"

— "Estoy bien, no te preocupes, solo me siento algo mareado."

La verdad era más complicada: su presencia misma era lo que me mareaba. Lo que me gustaba y me asustaba simultáneamente.

Una confusión interna y peligrosa que no sabía cómo procesar.

— No se que me pasa nos podemos, ofrecí una excusa. El pastel me cayo mal.

Accedió a llevarme sin resistencia.

El camino a casa se hizo sin decir palabra, solo se escuchaba a Mozart.

Cuando llegamos, giró hacia mí.

Sus ojos brillaban con intensidad que me dejó sin aire.

Entonces dijo algo que desarmó todas mis defensas, que atravesó cada muro que había construido alrededor de mi corazón: "No te preocupes, me gustas tal como eres; quiero volverte a ver."

Hizo una pausa, como si considerara algo más, algo que dudaba en compartir.

Luego añadió, con una naturalidad como si fuera lo más trivial del mundo:

"Tu aura me fascina."

La frase cayó como una pluma entre nosotros, delicada pero cargada de significado.

No era una declaración grandilocuente, ni un halago convencional.

Era una observación íntima, dicha de pasada, como si revelara algo que había estado guardando sin saber cómo expresarlo.

El contraste entre su aparente indiferencia y el peso de esas palabras me dejó desarmado por completo.

Me preguntaba qué veía exactamente em mí cuándo miraba mi aura, qué secretos de mi ser podía leer que desconociera.

No sé en qué momento cambié de idea.

No sé quién se movió primero. Solo recuerdo que nuestros rostros estaban cerca, demasiado cerca, y luego— Un beso.

No fue delicado. Había algo feroz en él, una contención apenas visible.

Como si quisiera morderme, pero no se atreviera, como si estuviera negociando consigo mismo los límites.




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