Roulan

Capítulo 3: La noche oscura (I)

Parte 1:

Los paseos nocturnos

Tres días después de la cita en el café, Luis recibió un mensaje mientras diseñaba otro cartel insípido para los hermanos Salazar.

"¿Te gusta el arte? ¿No quieres ir a un museo? Hay una exposición de Remedios Varo en el museo. Pienso en ti. -L"

Luis miró la pantalla de su teléfono, sintiendo algo cálido expandirse en su pecho. Respondió sin pensarlo demasiado.

"Me encantaría. ¿Cuándo?"

"Esta noche. Paso por ti a las 8."

El Museo Regional estaba casi vacío cuando llegaron.

La exposición temporal de la pintora surrealista ocupaba tres salas en el segundo piso.

Leirbag caminaba con las manos en los bolsillos, deteniéndose frente a cada cuadro con una atención que parecía trascender la mera apreciación estética.

—Esta —dijo Leirbag frente a "La Creación de las Aves"— es mi favorita de ella.

Luis observó la pintura: una figura con rostro de búho, mitad mujer mitad ave, pintando pájaros que cobraban vida y escapaban volando.

Había algo profundamente melancólico en la imagen.

—Es hermosa, pero algo triste. Como si crear algo significara perderlo.

Leirbag lo miró con una intensidad que hizo que Luis se sintiera desnudo.

—Exactamente —dijo Leirbag en voz baja—. Remedios entendía que toda creación es también una despedida.

Se quedaron en silencio frente al cuadro. Luis sintió que había algo más en las palabras de Leirbag, algo personal que no podía nombrar.

—¿Alguna vez quisiste crear algo? —preguntó Leirbag—. Me refiero a algo tuyo.

No carteles para ferreterías.

La pregunta dolió porque era cierta.

—Sí —admitió Luis—. Cuando estudiaba diseño, soñaba con tener mi propio estudio.

Hacer branding para marcas nuevas, identidades visuales completas. Proyectos que significaran algo. —Se encogió de hombros—. Pero la vida real no funciona así. Necesitas conexiones, dinero, suerte.

—¿O valor? —sugirió Leirbag suavemente.

Luis no respondió. La palabra se clavó en él como una astilla.

Caminaron a través de las otras salas. "Mujer saliendo del psicoanalista", "Papilla estelar", "Exploración de las fuentes del río Orinoco". Cada pintura era un mundo onírico, imposible y perfectamente lógico a la vez.

—Me recuerdan a ti —dijo Luis de repente.

Leirbag arqueó una ceja. —¿A mí?

—Sí. Hermoso, pero de otro mundo. Como si no pertenecieras del todo aquí. —Luis sintió que sus mejillas ardían—. Perdón, eso sonó raro.

—No. —Leirbag se detuvo frente a él—. No sonó raro. Sonó... perceptivo.

Había algo en su mirada, una vulnerabilidad que Luis no había visto antes.

Casi parecía que Leirbag estaba por decir algo importante, solo alcanzo a decir, eres un chico muy inteligente Luis, ven vamos a ver otros cuadros.

Llegaron a una sala pequeña al final del pasillo.

Allí, en una pared solitaria, colgaba "El llamado".

Una torre en espiral ascendía hacia un cielo estrellado. En lo alto, una figura miraba hacia abajo, extendiendo la mano hacia otra figura en la base. Entre ambas, la distancia parecía infranqueable y al mismo tiempo, inevitable de cruzar.

—¿Por qué esta? —preguntó Luis.

Leirbag no apartó la vista del cuadro. —Porque a veces sientes el llamado de alguien. Alguien que podría cambiarlo todo.

Pero no sabes si alcanzar esa mano te salvará... o te condenará.

Luis tragó saliva. El aire entre ellos se volvió denso, como si pesara.

—¿Qué haces? —susurró—. ¿Alcanzas la mano o te quedas abajo?

Leirbag finalmente lo miró. Sus ojos negros brillaban con algo que Luis no podía descifrar—¿deseo? ¿miedo? ¿hambre?

—Aún no lo sé —respondió—. Pero creo que ya estoy alcanzando.

El sábado siguiente, Leirbag lo recogió cerca de medianoche.

Luis había mentido a Nando, diciendo que saldría con compañeros del gimnasio.

Su amigo había fruncido el ceño, pero no dijo nada.

—¿A dónde vamos? —preguntó Luis mientras subía al Jaguar.

—A caminar. La ciudad es diferente de noche.

Leirbag tenía razón. El centro histórico, bullicioso y caótico durante el día, se transformaba en algo fantasmal después de las once.

Calles empedradas brillaban bajo farolas antiguas; edificios coloniales proyectaban sombras largas y retorcidas.

Caminaron sin rumbo, solo se escuchaban los pasos de ellos resonando.

Leirbag señalaba detalles que Luis nunca había notado: gárgolas escondidas en cornisas, inscripciones en latín sobre puertas cerradas, balcones de hierro forjado con diseños que contaban historias.

—Viviste aquí antes, ¿verdad? —preguntó Luis—. Conoces la ciudad demasiado bien.

Leirbag vaciló apenas un segundo. —Lo visité hace años y se me agrado mucho el lugar.

—¿Cuántos años tienes, señor misterioso?

—Más de los que parezco tener, don curiosito.

Luis no le dio importancia, había aprendido que Leirbag tenía sus secretos y se los respetaba e ironicamente eso lo hacía más interesante.

Llegaron a una fuente antigua en una plaza olvidada; surgia agua de la boca de un león de piedra, el cual esta en lucha con un elefante, la imagen era antigua y majestuosa.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —dijo Luis, sentándose en el borde de la fuente.

—Siempre puedes preguntar. —Leirbag se sentó a su lado—. No prometo responder.

—¿Por qué yo?

Leirbag lo miró, confundido. —¿Qué?

—Podrías estar con cualquiera. Eres rico, guapo, educado. Y sin embargo... aquí estás. Conmigo. Una persona comun que vive en un departamento rentado y el cual tiene su futuro incierto, en cambio tu ya eres todo un negociante, viajas por muchos lugares y tienes tu vida resuelta. —. ¿Por qué?

La pregunta flotó entre ellos. Leirbag se tomó su tiempo para responder, mirando el agua que caía del león de piedra.

—Porque cuando te miro —dijo finalmente—, veo algo que olvidé que existía.




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