Parte 2:
La mansion
Habían pasado tres semanas de citas y encuentros
Una noche Leir, llama para decir paso por ti en media hora, nos vemos en la avenida principal de tu calle sobre Claveles en la tienda de la esquina, y cuelga…
Sin pensarlo, poniendose lo primero que hallo, sale corriendo rumbo a la tienda y justo iba llegando, el auto Audi negro de Leir.
Me saluda muy animado y dándole un beso en la mejilla; le pregunté hacia dónde nos dirigíamos y respondió con una sonrisa pícara: "Es sorpresa."
En el sonido del auto sonada Ray Connif.
Mi padre solía ponerla constantemente cuando yo era más joven –comenta Luis- escucharla me transporta sin previo aviso a esos momentos olvidados.
Una ola de nostalgia le invadió, aguda y inesperadamente.
Hace cinco años que había fallecido. No eran cercanos, su ausencia deja un vacío que ningún tiempo parecía llenar del todo. Su madre se volvió a casar, ahora vive al norte con dos hermanastros menores.
Leirbag condujo con seguridad afuera de la ciudad, poco a poco Luis veía cómo iban dejando las casas, para entrar a la autopista, después de 20 minutos sin ver ninguna casa divisa al irse acercando un letrero que decía Hacienda “El Sultán” rejas grandes de acero inoxidable impedían el paso, con control acciona el botón, abriéndose el portón por la mitad.
Entraron en ella siguiendo derecho un camino estrecho, custodiado por árboles a ambos lados, donde la luz se filtraba en fragmentos, el pavimento moderno se extinguía y comenzaba una calle adoquinada, irregular y antigua. Condujo durante varios kilómetros por ese camino sinuoso, rodeados de penumbra, a lo lejos se pudo divisar una gran construcción emergiendo, contornos recortados contra la noche como una fortaleza de misterio.
El vértigo del momento palpitaba en la piel de Luis, cuando la realidad comenzó a imponerse: una enorme mansión se alzaba ante él de manera majestuosa.
Al avanzar a la mansión Luis sentía que cada paso lo alejaba del mundo que conocía y acercaba a algo que no podía nombrar. El deseo y el peligro se mezclaban en el aire, como si al cruzar el portón significara abandonar la seguridad de la realidad cotidiana y entrar hacia el peligro inminente, su mente empezó a jugarle sucio, su piel se empezó a ponérsele chinita, desconocía el porqué de su temor, se decía a si mismo todo está bien, todo está bien.
Cada sombra del camino parecía prolongar la intensidad de sus labios, como si la noche misma conspirara para envolvernos en un misterio más profundo.
La mansión se erguía imponente: tres pisos de construcción colonial en roca; dos puertas de acero inoxidable de dos metros de altura dominaban la entrada, ornamentadas con intrincados diseños barrocos con que hablaban de antigüedad.
Leirbag interrumpió la fascinación de Luis: ¿Te gusta?
Luis seguia absorto ante la majestuosidad que se le presentaba.
Luis pregunta mientras pasaban la gran puerta ¿Cuántos son en tu familia?.
Respondiendo: somos ocho en total, mis padres y cuatro hermanos, soy el mediano. Su hermano mayor Dante, seguido por su hermana Donatella, me sigue Viktor, y el mas pequeño Hiram.
Su padre era Dante Whitelabel, Duque de Inglaterra. La mención de ese título hizo que mi respiración se cortara momentáneamente. Su madre, una mujer de belleza cautivadora, se llamaba Donatella Donovan—hija de una de las familias aristocráticas más prominentes. Nombres que resonaban con poder, abolengo y riqueza acumulada durante siglos.
Lo que desconocía Luis es que todos habían muerto hace mas de 100 años.
No simplemente estaba junto a un hombre atractivo; sino ante la presencia de alguien cuyo linaje alcanzaba los estratos elevados de la sociedad.
La distancia entre nuestros mundos era tangible y sofocante.
Leirbag no era solo galán y misterioso; era príncipe de un imperio desconocido, alguien cuya sangre llevaba el peso de la historia.
De repente, todo adquiría un nuevo significado. La mansión, el lujo, su indiferencia ante lo material—era porque había nacido en medio de ello.
Se sintio que al cruzar esas puertas no era solo entrar a una mansión, sino a un pacto silencioso, un territorio donde el deseo y el peligro se fundían en cada rincón.