Parte 2
LA GRAN CRISIS DE LUIS
Fue un miércoles por la tarde cuando todo estalló.
Luis había pasado tres días trabajando en un diseño para el nuevo restaurante de los hermanos Salazar. Había investigado, creado mood boards, presentado tres opciones diferentes. Estaba orgulloso del trabajo—era lo mejor que había hecho en meses.
Don Gerardo lo llamó a la oficina. Los hermanos Salazar estaban ahí: Roberto con su traje caro y su sonrisa de tiburón, Javier con su eterna cara de amargura.
—Luis —comenzó Don Gerardo, incómodo—, los señores tienen algunas... observaciones.
Roberto tomó los diseños, los miró por encima y los dejó caer sobre el escritorio con desdén.
—¿Esto es lo mejor que puedes hacer? Mi sobrina de doce años hace cosas más interesantes en Instagram.
Luis sintió el golpe como físico. —Señor Salazar, si me dice específicamente qué no le gusta—
—¿Qué no me gusta? —Roberto se rio—. Todo. Los colores, la tipografía, el concepto completo. Es aburrido. Plano. Sin vida. Como todo lo que haces.
Javier asintió. —Llevamos tres años pagándote un sueldo. ¿Y para qué? ¿Para diseños mediocres que mi hijo podría hacer gratis?
—Señores —intervino Don Gerardo débilmente—, creo que están siendo un poco duros—
—¿Duros? —Roberto se giró hacia Luis—. ¿Sabes cuánta gente estaría feliz de tener tu trabajo? ¿Cuántos diseñadores hay ahí afuera muriendo por una oportunidad? Y tú vienes aquí, cobras tu cheque, y entregas esto. —Señaló los diseños con desprecio—. Es una falta de respeto.
Algo se rompió dentro de Luis. Tres años de humillaciones, de proyectos rechazados, de trabajar en una oficina donde nadie valoraba su esfuerzo. Tres años de tragarse su orgullo y sonreír.
—Entonces despídanme —dijo, su voz sorprendentemente calmada.
Silencio.
—¿Qué? —Roberto parpadeó.
—Que me despidan. Si mi trabajo es tan mediocre, si soy tan reemplazable, háganlo. Despídanme. —Luis se puso de pie—. Porque yo renuncio a seguir escuchando esto.
Javier se rio. —No puedes renunciar. Necesitas el dinero.
—Tal vez. Pero necesito más mi dignidad.
Tomó sus diseños, los rompió por la mitad y los dejó sobre el escritorio. Luego salió de la oficina, pasó por su cubículo, tomó su mochila y caminó hacia la puerta.
Don Gerardo lo alcanzó en el elevador. —Luis, espera. No hagas esto. Los hermanos se calmarán—
—No, Don Gerardo. No se calmarán. Y yo no voy a esperar a que lo hagan. —Las puertas del elevador se abrieron—. Gracias por todo. De verdad.
Salió del edificio hacia el sol cegador de las tres de la tarde. Caminó sin rumbo, su corazón latiendo con una mezcla de terror y euforia. Acababa de quemar su única fuente de ingresos. Era un idiota. Un idiota orgulloso, pero idiota al fin.
Sacó su teléfono. Sin pensarlo, marcó a Leirbag.
—Luis —la voz de Leirbag sonó sorprendida—. ¿Qué pasa? Nunca llamas durante el día.
—Yo... —La voz de Luis se quebró—. Leirbag, acabo de renunciar a mi trabajo.
Pausa. —¿Dónde estás?
—No sé. Caminando. Por la Avenida Reforma.
—Quédate ahí. Voy por ti.
—Pero es de día—
—No me importa. Quédate ahí.
Leirbag colgó. Luis se sentó en una banca, sus manos temblando. ¿Qué había hecho? ¿Cómo pagaría la renta? ¿Cómo comería?
Veinte minutos después, el Jaguar negro se detuvo frente a él. Leirbag bajó usando lentes de sol oscuros, una gorra y guantes. Parecía extraño, sobreprotegido del sol. Pero Luis estaba demasiado destrozado para cuestionarlo.
—Sube —ordenó Leirbag.
Luis obedeció. Leirbag condujo en silencio hasta salir de la ciudad, tomando la carretera hacia las montañas. No habló hasta que llegaron a un mirador, un lugar tranquilo donde solo se escuchaba el viento entre los árboles.
—Cuéntame —dijo, apagando el motor.
Y Luis le contó todo. Las humillaciones, los años de aguantar, la explosión final. Mientras hablaba, sintió que algo dentro de él se desmoronaba. No eran solo lágrimas—era algo más profundo. Era la ruptura final de la persona que había sido, la versión de Luis que aguantaba y sonreía y se conformaba.
Cuando terminó, estaba llorando. Llorando de verdad, con sollozos que sacudían su cuerpo entero.
Leirbag lo abrazó.
No dijo nada. No ofreció palabras vacías de consuelo o consejos no solicitados. Simplemente lo sostuvo mientras Luis lloraba contra su pecho, sus brazos firmes y fríos pero increíblemente reconfortantes.
—Lo siento —jadeó Luis—. Soy un desastre.
—No. —La voz de Leirbag era férrea—. Eres valiente. Acabas de hacer algo que la mayoría nunca hace: elegiste tu dignidad sobre tu comodidad.
—Pero no tengo trabajo. No tengo nada. - Dice Luis con voz triste y con llanto.
—Me tienes a mí. —Leirbag levantó su rostro—. Y te prometo que no voy a dejarte caer. ¿Me crees?
Luis asintió, y abrazo a Leirbag como quien abraza lo único que le da seguridad en ese momento.