Roulan

Capítulo 5: Lo que da el hambre

Después de dejar a Luis en su casa, la necesidad lo consumió como nunca.
Un apetito voraz, primitivo, despertó en sus entrañas.

Esta vez el hambre traía un sabor distinto: metal antiguo, como el polvo de una estrella.

Este muchacho me está volviendo loco. No era solo su ternura; era lo que corre por sus venas: una línea verde que los K’uy-el llamaban * código-original *.

Los K’uy-el llegaron antes que los hombres contaran el tiempo. Trajeron un elixir para curar su propia carne que se deshacía bajo el sol de otras galaxias. El virus funcionó… hasta que conoció la sangre humana y mutó: nacieron los Nocturnos —los primeros vampiros—.

Grabaron el antídoto en piedra, porque sabían que un día un portador de la línea verde aparecería y devolvería la luz a las sombras.

Por eso la pureza de Luis arde en mis sentidos como un faro.

Su aura no es solo verde; es verde-intacto, el color que los antiguos glifos describen junto a una estrella de ocho puntas.

Para alimentarse un vampiro de un humano debe analizar varias cosas:

Primero: como dije antes, su aura. Debe ser café. Los tonos rojos son tabú; su sangre es demasiado potente y peligrosa. Los Kúy-el marcaron como segura la tonalidad óxido, los tonos rojos son “descarte” porque activan a la mutación original.

Podría crear seres como yo, abominaciones condenadas a la inmortalidad. Las personas puras y nobles tienen un aura verde, y en mis siglos de existencia no los he visto. Pensé que eran ficción; luego estan los de tonalidad amarilla a cafe, que son las que van perdiendo sentido a la vida, son de los que principalmente me alimento.

Segundo: el aroma. Debe oler a canela—cálido, dulce, anunciador de pureza. Cuando desaparece ese aroma, cuando la pureza se corrompe, el olor muta a cebolla: áspero y punzante. Rechazo esas presas; “la señal de que la línea verde aún no ha sido corrompida por el virus V-001”.

Tercero: debe estar limpio de toxinas. Nada de drogas, nada de estupefacientes. Su sangre se avinagra, se vuelve rancia, inútil. Lo que busco debe saber a miel: espesa, dorada, viva.

Cualquier droga desencadena el gen noc y la sangre se vuelve ácido nítrico para nosotros”.

Luis tiene un verde intenso que le brilla como un faro en la oscuridad, una luz que lo hace doblemente irresistible. Y si le agrego que su aroma es intensamente canela… Estar cerca de Luis es como mirar al sol; su luminosidad me ciega.

Por eso me mantengo alejado de él. Es confuso, porque también siento algo especial por él.

Tenía que cazar. Tenía que saciar esta hambre antes de que me llevara a hacer lo impensable.

Silo consumiera, si absorbiera su sangre, obtendría un poder incomparable. Según Lestat, ese poder me permitiría entender y conocer los pensamientos de otros con claridad absoluta—una habilidad que trascendería mis capacidades actuales.

No sé si es real o solo una leyenda, pero Lestat lo leyó en libros antiguos durante sus años con Drácula, textos que hablaban de una profecía grabada en códices mayas olvidados, algo sobre el que estuviera La Puerta del Sol”, un ritual para purificación.

Por eso vine a la Península—porque Lestat y Drácula fueron perseguidos, capturados, expuestos al sol mientras dormían, calcinados hasta convertirse en ceniza.

Así que he aprendido a saciar mi hambre de formas más discretas. Con seres de poca monta. Con hombres y mujeres abandonadas a su suerte, cuyos cuerpos nadie echa de menos, cuyas auras cafés hablan de desesperación y resignación.

Pero Luis… él es diferente. Y eso es lo que me aterroriza.

Miré hacia el horizonte donde había dejado a Luis, su luz verde aun palpitando en mi memoria. Pero cerca de mí, otra presencia se manifestó.

Un vagabundo.

Su aura era café oscuro, llegando a negra—un manto de desesperanza que arrastraba como segunda piel. Su deseo de morir era visible, tangible en el aire nocturno. Y entonces lo percibí: ese olor a canela fuerte, embriagador, que hablaba de rendición y abandono.

Sin dudar, fui tras él.

Me moví como sombra entre las sombras, mis pasos silenciosos mientras él se perdía entre los laberintos del campo. Lo dejé adentrarse, alejarse de oídos curiosos y miradas casuales. Cuando ya estábamos solos los dos—presa y depredador en la oscuridad—me acerqué con la excusa banal de un cigarrillo.

Él ni siquiera se sorprendió.

Le encajé los dientes con precisión quirúrgica. Su sangre fluyó, caliente y espesa, y la absorbí con avidez.

Oh, qué sabor. Qué delicia.

“El sabor me llevó hasta el recuerdo que no es mío: una nave de obsidiana bajo dos soles, una criatura de piel de mercurio grabando en una piedra la serpiente que se muerde la cola alrededor de un disco solar. En el centro, la estrella de ocho puntas. Debajo, palabras que aún no entiendo del todo: Sol-Verde.”

Necesitaba esto—calmar esta sed que Luis había despertado en mí. Ese muchacho me daba un ansia indescriptible de poseer su esencia, de conocer el sabor de esa pureza verde que brillaba en él. Pero también había despertado algo más en mi interior.

Algo que creía dormido desde hacía siglos.

¿Amor? No sabía qué era. Solo sabía que me aterraba tanto como me fascinaba, y que esta sangre amarga en mi boca no podría nunca compararse con lo que Luis tenga. “Porque si me bebo un solo trago de esa luz verde, despertaré al Guardián que duerme en mis huesos: el K’uy-el que aún guarda la llave. Y no sé si podría detenerlo antes de que devorara también a Luis.”

“Guardé el nombre como quien guarda una bala: Código-O. El antídoto que los K’uy-el dejaron antes de partir. Y Luis es el único cartucho que existe.”

Mientras tanto ignorando todo lo que experimentaba Leirbag al norte de la ciudad.

Luis llegó a su departamento con una sonrisa que no podía borrar. Se dejó caer en la cama sin siquiera quitarse los zapatos, mirando el techo como si allí pudiera proyectar cada momento de la noche. Leirbag.




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