Parte 1:
El manual
“Si no podía tenerlo en la eternidad como lo soñaba, tal vez la luz del sol me diera lo que la noche me negaba.”
He vivido mil noches, pero nunca un amanecer. ¿De qué sirve la eternidad si no puedo sentir el calor que despierta la vida?
Fue en los Cárpatos, cuando Drácula aún recibía invitados. En una estantería olvidada hallé un libro sin título: cubierto de polvo, olía a hueso y estrella. Sus páginas mostraban una pirámide bajo dos soles, y figuras humanas con colmillos que no se quemaban al caminar de día. Lo que pude entender del texto, que no era humano: hablaba de K’uy-el, de un Código-O, y de una línea verde capaz de restaurar el día a los hijos de la noche.
Arranque la hoja del libro en el que estaba y guardé el hallazgo como quien esconde una cuchilla entre las costillas.
Tiempo después, Marcus un vampiro del cual intercambiaba comunicación e información de todo el mundo sobre los vampiros, él vive en la Ciudad de México; me envió fotos granuladas: ruinas no-oficiales en Chiapas, obtenidas por sus espías, comentaron que los glifos mostraban vampiros bebiendo esencia, pero también un disco solar atravesado por una línea y, en el centro, la estrella de ocho puntas que ya había visto en el libro de los Cárpatos.
Los mayas no profetizaban: traducían un manual de usuario alienígena.
Tres noches después aterricé en Tuxtla Gutiérrez.
Luis le preguntó por qué tenía que irse tan repentinamente, y Leirbag mintió con la facilidad de quien ha vivido siglos de engaños… aunque esta vez la mentira le supo amarga.
"Negocios familiares en el sur. Volveré pronto."
Mientras el avión surcaba la oscuridad sobre México, Leirbag se permitió imaginar algo diferente; soño regresando transformado—capaz de tocar la luz del sol, poder llevar a Luis a desayunar, besarlo en una plaza pública a las tres de la tarde sin temer al sol de convertirlo en ceniza. Se imaginó normal.
Y por primera vez en siglos, ese anhelo no le parecía descabellada, sino una posibilidad.
Chiapas lo recibió con su humedad característica y el canto incesante de la selva.
Leirbag llegó a Palenque al caer la noche, y desde allí siguió las coordenadas que Marcus le había enviado.
No eran ruinas turísticas—esas ya las había visitado décadas atrás; eran diferentes; se hallaban escondidas, entre rocas y arboles.
El arqueólogo que las halló se llamaba Dr. Héctor Mendoza, de cincuenta años, manos callosas y ojos cansados de quien ha dedicado su vida a desenterrar el pasado con presupuestos miserables.
Por fortuna, Leirbag lo encontró en la cafetería del único hotel del pueblo, cercano a las ruinas recién descubiertas, y fue directo al grano, sin concederle espacio a los preliminares.
"Necesito ver las ruinas que descubrió y debe ser por la noche", dijo, colocando un sobre grueso sobre la mesa entre ellos. "Y me cuente todo lo que ha encontrado hasta ahora sin omitir detalles."
Mendoza miró el sobre sin tocarlo, luego a Leirbag con esa mezcla de sospecha y desesperación que los académicos mal pagados reconocen demasiado bien.
"¿Quien eres? ¿Quién lo envía? ¿El gobierno? ¿Algún coleccionista privado?"
"Nadie." Leirbag empujó el sobre hacia él.
"Solo soy alguien con… interés personal en ciertos aspectos de la mitología maya. Y esto es por su discreción tanto como por su conocimiento."
Mendoza abrió el sobre. Sus ojos se agrandaron al ver los fajos de billetes estadounidenses—suficiente dinero para financiar dos años de excavaciones. Tal vez tres.
Cerró el sobre lentamente.
"Mañana no puedo", dijo con voz cuidadosa el arqueólogo y con algo de temor. "Pero esta noche… esta noche sí."
Leirgab, responde perfecto... andando.