Roulan

Capitulo 7: La conversión (I)

Parte 1

El peso de la revelación

El silencio se extendió como una mancha de tinta sobre agua. Luis seguía sin moverse, sus ojos verdes ahora opacos, como si tratara de procesar una realidad que desafiaba todo lo que conocía.

Leirbag esperaba gritos, acusaciones, quizás terror. Pero lo que recibió fue peor: nada. Un vacío que lo desarmó más que cualquier rechazo.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Luis finalmente, su voz apenas un susurro que arrastraba consigo el peso de la traición—. ¿Cuánto tiempo planeaste esto?

—No fue planeado —respondió Leirbag, dando un paso hacia él, pero Luis retrocedió instintivamente—. Al principio solo quería... verificar. Pero entonces te conocí de verdad y...

—¿Y qué? —lo interrumpió Luis, y ahora sí había emoción en su voz: una mezcla de dolor y furia contenida—. ¿Te enamoraste? ¿O es que la profecía funcionaba mejor si yo confiaba en ti primero?

Las palabras golpearon a Leirbag como proyectiles. Se dio cuenta, con una claridad brutal, de cómo debía verse todo desde la perspectiva de Luis: una manipulación calculada, una seducción con propósito, amor como anzuelo.

—Todo fue real —insistió, su voz quebrándose por primera vez en décadas—. Lo que sentí, lo que siento...

—¿Cómo puedo creerlo? —Luis se dejó caer en el sofá, la copa de vino olvidada, temblando ligeramente en la mesa—. Me usaste. Desde el principio, solo fui... un medio para un fin.

Leirbag sintió algo que no experimentaba desde hacía siglos: impotencia absoluta. Podía derribar puertas, volar entre las sombras, vivir eternamente, pero no podía borrar la duda que había plantado en el corazón de Luis.

—Si solo te hubiera querido usar, ya lo habría hecho —dijo, eligiendo cada palabra con cuidado—. Llevo semanas posponiendo esto. Noches enteras debatiendo si siquiera debía contártelo.

—¿Y por qué lo hiciste? ¿Conciencia culpable?

—Porque merecías decidir.

Esas cuatro palabras flotaron en el aire como una ofrenda. Luis levantó la mirada, encontrando los ojos de Leirbag, buscando en ellos alguna verdad que pudiera sostener.

—¿Decidir qué exactamente? ¿Si quiero convertirme en monstruo?

—Si quieres darme la oportunidad de romper una maldición que ha condenado a mi especie durante milenios —respondió Leirbag—. Y sí, en el proceso te convertirías en lo que soy. Pero también... —se detuvo, consciente de que lo siguiente sonaría a súplica—, significaría que podríamos estar juntos. De verdad. Para siempre.

Luis se llevó las manos al rostro, como si quisiera bloquear el mundo por un momento. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas audible:

—Necesito que te vayas.

El corazón de Leirbag —que técnicamente ya no latía— sintió como si se fracturara.

—Luis...

—Por favor. —Los ojos verdes brillaban ahora con lágrimas contenidas—. Solo... vete. Necesito pensar.

Leirbag asintió lentamente. Se dirigió a la puerta, cada paso más pesado que el anterior. Antes de salir, se volvió una última vez:

—Pase lo que pase, quiero que sepas que lo que sentí fue real. Lo único real en siglos.

Cerró la puerta tras de sí, dejando atrás el calor del departamento y a Luis, que ahora sí lloraba en silencio, atrapado entre el amor y la imposibilidad, entre lo humano que era y lo eterno que podría llegar a ser.

Afuera, la ciudad había vuelto a respirar. Pero para Leirbag, el mundo nunca se había sentido tan vacío.

Luis sintió que el mundo se quebraba. «¿Qué? ¿Debes qué? Entonces no me amas… amas lo que poseo, esta aura o lo que sea», susurró, con un filo de reproche que cortaba el aire

Leirbag sostuvo su mirada, sin huir. «Al principio… quizá fue por eso.

Pero después te conocí. Y entendí que eres distinto. Mi corazón, que llevaba siglos muerto, empezó a sentir contigo. Por eso estoy aquí, confesando lo que soy, aunque me cueste cada palabra. Porque deseo, con todo lo que me queda, que también sientas algo por mí.

Luis sintió que el aire se espesaba, cada palabra de Leirbag cayendo sobre su pecho como plomo.
«¿Convertirme… en qué? ¿En un monstruo? ¿En algo que nunca duerme, que nunca siente el sol?»
Leirbag lo miró con una sombra en los ojos. —¿Así me ves? ¿Como un monstruo?
Luis apartó la vista, la voz quebrada. —Perdón… no sé lo que digo. Estoy perdido. Es demasiado… me pides que deje todo lo que soy… por ti.

Ahora caigo porque solo me contestabas de noche, porque me pediste que nunca abriera la cortina de la recamara; porque nuestros encuentros no podían ser durante el día.... tu y el sol no pueden tocarse.

Su mente se llenó de imágenes: su madre sonriendo en la cocina, los atardeceres que tanto amaba, la vida sencilla que siempre había soñado. Todo eso se desmoronaba frente a él como un castillo de arena.

Entonces me morderás y con ello ya tu podrás ver el sol, y eso también es para mi, o solo para ti.

Es para los dos amor- Responde Leirbag

—¿Y si no funciona? —preguntó, su voz quebrada por el miedo—. ¿Y si muero? ¿Y si dejo de ser yo?

Leirbag lo miró con una intensidad que quemaba. —Podrías morir. Podrías perder todo eso, podria pasar y ser como yo, Nocturno.

Luis apartó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. ¿Ayudarlo? ¿Salvarlos? ¿En que momento esta relación se convirtió en un derecho a decidir algo tan grande? ¿Lo amo tanto para aceptar este sacrificio?

El silencio se volvió insoportable.

Cada latido era un golpe seco contra la memoria de quien había sido.

Quiso decir que no. Quiso huir; dio media vuelta, camino alrededor de la sala y Leir estaba parado expectante.

Entonces recordó el beso en el mirador, la sensación de pertenecer a algo más grande que su rutina gris recordó la promesa implícita en esos ojos negros: libertad, eternidad… amaneceres.

Respiró hondo, temblando. —Tengo miedo, Leirbag. Miedo de perderme. Miedo de perderte.




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