El Gran Tímpano del Templo resonó con la marcha lenta de pasos que llevaban capas y cruces al encuentro de un futuro que aún no sabían si querían. Iren entró sin estruendo; su presencia bastó para cortar las conversaciones en el claustro. Los muros, cubiertos de frescos que contaban historias de santidad y traición, parecían inclinarse hacia él con curiosidad letal. A su alrededor, los obispos y oficiales del clero tomaron asiento en semicírculo, como si aquel mismo mobiliario fuese una máquina de juicio.
—Comencemos —dijo Iren, sin mirar a nadie en particular—. Hay rumores en la ciudad y más allá de nuestros muros. No todos los que buscan la luz la merecen. No podemos permitir que la disciplina del convento y la pureza de las novicias se manchen por conveniencias políticas.
Un murmullo seco se extendió. Algunos rostros, curtidos por los años, mostraron inclinaciones de orgullo; otros, los más jóvenes, parecían inquietos. Iren desplegó ante la mesa un pergamino sellado; con un gesto autoritario, lo rompió y leyó en voz alta, cada palabra como una estaca:
—Veto ceremonial: queda suspendida, hasta nueva orden, la admisión y participación pública de novicias cuyo linaje o procedencia resulte dudoso o no debidamente acreditado. Este veto rige en ceremonias de votos, procesiones y representaciones litúrgicas. La sanción a quienes eludan esta normativa será la separación temporal del coro y la revisión canónica.
—¿Qué entiende Su Eminencia por “origen dudoso”? —preguntó un prior, corpulento, con cejas que amenazaban moverse por sí solas.
Iren lo miró y su voz fue más fría, más seca.
—Entiendo nombres sin constancia, sellos faltantes, tratantes que pagan buen vino a cambio de silencio. Entiendo situaciones en las que lo sagrado se utiliza de pantalla para que intereses mundanos se brinden como ofrenda. Conozco, básicamente, a quienes vienen envueltos en sombras.
El veto tenía una intención clara: ponerle freno a la ambición de Rowena. No lo dijo en voz alta —los nombres rara vez son arrojados sin pensar—, pero la sala lo entendió. Ya hacía tiempo que los corredores hablaban de la mujer de estola firme, de favores concedidos y mercados recompuestos por su impulso.
—Necesitamos vigilancia —añadió Iren—. Que se formen comisiones que investiguen linajes. Que se revisen registros. Que no haya lugar para quienes nos utilizan como trono para subir.
Una congregación de asentimientos cerró el concilio. El veto fue rubricado, sellado y enviado a las capillas de la diócesis con la ceremonia que el clero emplea para darle peso legal a sus decisiones: incienso, letanías y el rumor de que la iglesia se preserva a sí misma.
★★★
Rowena recibió la noticia por medio de una carta que llegó a su casa al final de la tarde, oculta entre papeles de cuentas y peticiones de suministro. La caligrafía era correcta, fría como el filo de una navaja: “Veto ceremonial: restricción a novicias de origen dudoso. Emitido por el Sumo Iren. Se prevé revisión de linajes”.
Ella dejó el papel sobre la mesa y miró la noche que entraba por la ventana. Afuera, la ciudad seguía con su pulso: carretas, risas rotas, el farol que parpadeaba. Dentro, la vela lanzaba sombras que se pegaban a los muebles como si quisieran escuchar su respuesta.
No había tiempo para indignaciones públicas. Rowena se movió con la precisión de quien conoce el valor de una imagen y la fuerza de la necesidad. Si ellos bloqueaban la puerta de la iglesia, ella abriría el camino de otro modo: demostrando utilidad, sacando del rumor el derecho a la confianza.
Llamó a sus contactos mercantiles, a los hombres que le debían favores por contratos pasados y a su red doméstica. A media noche, la cocina de su casa bullía con hombres y mujeres que preparaban bolsas de pan, quesos, caldos espesos. Los comerciantes aportaron sacos de trigo, semillas, cabras para ordeñar: pagos, en parte, y en parte reconocimiento del poder de Rowena para mantener rutas y mercados estables...
Editado: 10.01.2026