Rowena

Capitulo 54

—Hay que moverlo a los barrios bajos —ordenó, sin disfrazar la urgencia—. Que sepan que cuando la ciudad duda, alguien responde. Que el templo reciba la noticia, pero que el pueblo ya haya comido.

Marisol y Alina se repartieron las tareas: empaquetar, contar, vigilar que no se perdieran las donaciones en el camino. Las carrozas salieron al amanecer con el estandarte de la casa de Rowena —un estandarte modesto, pero conocido—. Las puertas de los barrios se abrieron; la gente la reconoció, la llamó, la tocó aún cuando ella intentaba mantener la compostura de líder. Sonrisas, lágrimas, gracias sin ceremonia. La ciudad, en esos barrios, se inclinó hacia ella como quien agradece el agua después de una larga sequía.

Esa acumulación de gestos no era solo caridad: era política en su estado más puro. Rowena lo sabía y lo aprovechaba. En las plazas donde los favores llegaron primero, la rumorología cambió de color; de “origen dudoso” pasó a “protectora”, y de “protectora” a “necesaria”. La calle compraba su reputación con pan caliente y abrigos.

★★★

Mientras Rowena tejía redes en la periferia, Hermana Lysa cayó en medio de un nudo moral que la hacía doler. La noticia del veto llegó al convento como un viento helado. Lysa había visto a Rowena con ojos de respeto y sospecha: la había oído hablar de justicia social en conversación confidencial, la había visto excavar favores para familias rotas. Pero Lysa también conocía las reglas, la disciplina que mantenía a las hermanas unidas.

Una tarde, en la sala de visitas del convento, una mujer del barrio —una madre con el rostro marcado por la fatiga— vino a agradecer a Lysa por la sopa que, por medio de Rowena, había calentado a su niño enfermo. Lysa sostuvo las manos de la mujer, y por un momento la vida ordinaria la venció.

—Rowena hizo esto —dijo la mujer con voz temblorosa—. Dice que nadie se quede sin comer. Que las iglesias no sean excusa para que se rían de nosotros.

Lysa notó la gratitud en los ojos de la mujer y la culpa en la suya propia. Aquella noche, el dilema la asedió: proteger a Rowena, a quien amaba en secreto por su prueba de compasión, o denunciarla por transitar entre lo mundano y lo eclesiástico de manera que el clero ya condenaba.

Fue a verla. La encontró en la iglesia periférica donde Rowena, de forma no oficial, ayudaba a repartir gratuitamente la comunión entre los más necesitados que se habían congregado ajenos a la solemnidad que la catedral pretendía imponer.

—Hermana —la saludó Rowena, apenas perceptible tensión en la voz—. No imaginaba que vendrías.

Lysa miró al rostro de la mujer que se había alejado del hábito para ponerse al lado de los pobres.

—No puedo callar —dijo Lysa, con la honestidad que solo la fe permite—. Si se rompe la regla, cada una de nosotras sabe qué precio puede pagar la iglesia. Pero no puedo, tampoco, ver a la gente morir de hambre por una sanción.

Rowena la miró con un reconocimiento que mezclaba gratitud con algo más duro.

—Necesito que te muevas con cautela. Si hablas, no solo me condenarás a mí; abrirás puertas que pueden herir a quienes protegemos. Pero si proteges en silencio, te pido que lo hagas con un compromiso: una barrera. No abuses. No hagas de esto una excusa para negar la verdad.

Lysa respiró. La petición era una cadena que la obligaba a aceptar una complicidad moral para preservar un bien mayor. La hermana se mantuvo en la cuerda floja entre la letra de la regla y la carne de la misericordia.

—Mi conciencia exigirá cuentas —murmuró—. Y cuando venga el juicio, no sé en qué lado estaré.

Rowena tomó su mano y la dejó con la misma delicadeza con la que había prometido favores. No dijeron más; ambas sabían que la virtud era una comarca donde la frontera entre bien y mal se movía según la estación...



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En el texto hay: mentiras, reina, ambicion

Editado: 10.01.2026

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