Rowena

Capitulo 55

El Capitán Thar, ajeno a la misericordia de los panes calientes, tiraba de hilos más fríos. Su investigación sobre el medallón y los chantajes lo había conducido por caminos húmedos y grises hasta el umbral de la sacristía del templo mayor. Había algo que no encajaba: las cartas anónimas, el pago a un colaborador en la calle del muelle, las referencias a nombres que aparecían en los listados de novicias.

—¿Qué busca aquí? —preguntó un sacristán cuando Thar consultó el archivo más antiguo, un cuarto donde los ancianos registraban nacimientos, bautismos y órdenes.

—Pistas —respondió Thar, sin detenerse—. ¿Hay registros de correspondencia interna? Sellos, anotaciones marginales, recibos de entrega a manos concretas.

El sacristán, persona menuda y de manos entintadas, desvió la mirada. En un gesto que delataba culpabilidad, buscó entre pergaminos y sacó un legajo con pequeñas marcas, cuentas anotadas a lápiz y una nota que, en pequeño, decía “Silas — pago”. Thar vio el nombre y su sangre se heló. No había duda: alguien del templo había sido receptor o intermediario.

—¿Quién maneja esto? —exigió Thar.

El sacristán tragó saliva. Su voz fue un hilo.

—Un joven de los coros. A veces no entiende lo que firma. Le entregan monedas para guardar mensajes y, a cambio, él se queda con dos o tres monedas para su cerveza. Su nombre es Bryen. Vive en la capilla de la escalera.

Thar no perdió tiempo. Subió a la capilla de la escalera y encontró a Bryen, pálido, con la mirada de quien ha visto demasiado y entiende aún menos.

—Tu nombre está en un cuaderno que vincula pagos a Silas Corvo —dijo Thar sin rodeos—. Lo explicas, o te llevas problemas mayores.

Bryen intentó negar, luego tartamudeó el nombre del hombre del muelle, el medallón, y la promesa de dinero. El capitán supo entonces que el chantajista tenía un socio dentro del templo; alguien había permitido que las redes que Corvo tejía penetraran hasta el confesionario.

—Si esto se filtra —dijo Thar, apretando el puño— no salvarás a nadie. Tendré que informar a Iren y la cosa será tremenda.

Bryen bajó la mirada. En su temor había algo de lo que toda la ciudad sabía: la facilidad con que las pequeñas voluntades se venden.

★★★

Rowena supo, por sus fuentes entregadas y por el rumor que pisa las calles como un animal hambriento, que Thar se acercaba a la verdad; que en la sacristía había testimonios que la relacionaban con monedas antiguas y con empresas que prefería dejar enterradas. No quiso confiar en la sola fuerza de la beneficencia popular esta vez. Necesitaba callar a quien podía hablar, pero sabía que comprar silencio mandando monedas sería un paliativo: el testigo podía cambiar de ánimo por miedo, por conciencia, por promesa de absolución.

Fue a buscar a un hombre que sabía demasiado: un contramaestre que, años atrás, había trabajado en las rutas que conectaban a Rowena con compañías menores. El hombre, llamado Joran, había sido el primero en ver la medalla en manos de alguien que no debía tenerla. Joran vivía en un tugurio junto al muelle, con una promesa de olvido colgando sobre su cama.

Rowena lo encontró sentado, la mirada perdida en un vaso de vino aguado. Él la reconoció de inmediato, no por afecto, sino por el trato y por la economía de favores pasada.

—¿Por qué vienes? —preguntó Joran.

Rowena se sentó frente a él. La luz les dejaba marcas en la cara, haciendo que las sombras parecieran ojos.

—Porque necesito que tus labios no se abran —dijo Rowena sin rodeos—. Porque sé que supiste cosas que ahora pueden volverse en mi contra.

Joran sonrió, una mueca que no tenía humor.

—No quiero más monedas. No quiero promesas de pan. Quiero una salida. ¿Qué me pides, Rowena?

La mujer se quedó un instante en silencio, y su decisión pesó como una roca. Cuando habló, su voz se volvió una mezcla de hierro y plegaria...



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En el texto hay: mentiras, reina, ambicion

Editado: 10.01.2026

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