Rowena

Capítulo 58

El salón del trono olía a cera y a vino caro, pero bajo esa capa dulce y formal rondaba siempre un hedor más antiguo: la incertidumbre. Las antorchas, colocadas en largas filas, proyectaban sombras agitadas sobre los tapices que relataban conquistas ya olvidadas. En el centro, la mesa del banquete brillaba como un río de plata y porcelana; alrededor de ella, cortesanos y nobles hablaban en voz calculada, midiendo risas y silencios como quien afila una daga.

Rowena estaba a la sombra de una columna, con la túnica negra ceñida y la mirada como un filo. No era la más ostentosa de las figuras allí; su poder no se compraba con brocados. Tenía algo más peligroso: la capacidad de hacer visibles las piezas ocultas del tablero. A su lado, Fara, envuelta en el discreto hábito de las novicias, sostenía una copa con manos temblorosas. Habían pasado meses desde que la joven había sido admitida al templo por recomendación de Rowena; muchos en el salón preferían recordar cualquier otro dato antes que su presencia junto a la mujer de las sombras.

El estruendo fue pequeño, como un latido roto, pero suficiente para quebrar la calma. Una lámpara volcó con un ruido de porcelana, luego un estallido, un olor punzante a pólvora quemada. Gritos. La gente se arremolinó; la música cesó en seco. La confusión fue el primer triunfo de la violencia: cuerpos que empujaban, sillas arrastradas, una mujer que gritó por su bolso.

Capitán Thar apareció antes de que el pánico pudiera convertirse en histeria. No llegó con guardias alocadas ni con órdenes a gritos; su presencia era un command silencioso que sujetó la sala. Alto, con cicatriz que le cruzaba la mejilla como una leva marina, movía las manos con precisión de cirujano. Hizo que los músicos callaran y que los sirvientes aseguraran los pasillos. Hizo un semicírculo alrededor del punto del estallido y mandó a abrir ventanas para disipar el humo.

—Que nadie salga— dijo, la voz plana, sin aspavientos. —Que nadie entre al trono—

Rowena dejó la columna y se deslizó entre los murmullos, como si su presencia tuviese permiso para traspasar el tumulto. Se acercó al centro donde una bandeja había saltado y dejado un rastro de brasas y una pequeña muesca en la madera. Había algo más: una tela ennegrecida, restos de lo que había sido un pañuelo con un bordado notable —un emblema conocido por boca baja entre los criados— un círculo partido por una flecha doble. A simple vista, un detalle menor. Para alguien que conocía las calles, era una marca de origen.

Thar la miró de reojo cuando ella recogió la tela con guantes de seda. —No es el trabajo de un ladrón común— dijo. —Poco poder explosivo, pero suficiente para herir. Quien lo puso quería alarma más que matanza—

—Buscaban el augurio— murmuró Rowena. —No la muerte. Aún— Su voz fue un hilo que apenas se escuchó entre los murmullos, pero el Capitán la entendió. —Quieren miedo, señores, para medir respuestas—

Thar le mostró la línea de su boca como si quisiera decir más, y luego, como siempre, guardó las palabras que no le pertenecían. Ordenó barrer el salón, interrogar a los sirvientes y cerrar las puertas de la corte. Alguien debía hacerse cargo de la seguridad del rey, y él lo haría con mano de hierro.

En el corredor hacia las cámaras privadas, Rowena no esperó a que la invitación fuera oficial. Sabía que una crisis era como un péndulo: se balancea, y en su retorno deja expuestos los hilos. Llegó a la salita del rey en el momento oportuno: Iren, sentado sobre la silla de madera cruzada con placas de bronce, palidecía con la copa aún en la mano. Sus ojos buscaban anclaje. El resto del consejo se agrupaba como blusas de paja alrededor de su figura. Lady Evelin, con su sonrisa de ceniza, soplaba comentarios venenosos a quien la quisiera oír.

—Mi señor— dijo Rowena con una inclinación breve, ofreciendo la tela en la palma. —No encontré más que esto, pero la marca no es común en los arrabales. Es propia de casas que usan sigilos en sus mensajería— ...



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En el texto hay: mentiras, reina, ambicion

Editado: 10.01.2026

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