Rowena

Capitulo 59

El rey alargó la mano, y por un segundo el salón pareció un cuarto de justicia antigua. Al ver el bordado, su semblante se tensó.

—¿Señor, lo reconoce?— preguntó Thar.

Guideon no necesitó pensar. Su memoria tenía la facilidad de los príncipes: nombres y alianzas grabadas en la corte. —Varmont— dijo, una sola palabra con el peso de una acusación. —House Varmont se alía a las sombras que quieren jugar con mi seguridad—

Rowena no dijo cómo había obtenido la información que siguió; no era prudente explicar la red de chismorreos que tenía por debajo de la ciudad—ni que las preguntas las había pagado con monedas y favores. Dijo que había recibido una nota de un mercader que vio a hombres con la insignia en los muelles. Añadió, con la precisión misma de quien pone piezas, que había oído rumores de reuniones nocturnas en la Casa de las Mareas.

Thar inclinó la cabeza, la sola aceptación de los datos por parte de Rowena le daba un marco para actuar. —Ordeno rastreo inmediato de los contactos de Varmont— dictaminó. —Cierre de cualquier entrada hacia el palacio hasta nuevo aviso—

El rey, complacido por la resolución, saludó la prudencia del Capitán y la inteligencia de Rowena de una manera que dejó huella: al terminar la reunión, en voz alta, dijo que la lealtad y la astucia debían ser recompensadas. No eran halagos—eran políticas. Rowena sintió la mirada de varios cortesanos que se reajustaban, como si un viento hubiera cambiado y las velas de sus ambiciones se hubieran vuelto hacia ella.

Lady Evelin, sin embargo, no desaprovechó la apertura. —Si ha habido intento sobre la estabilidad del reino— dijo con voz que se volvía cuchillo, —también puede haber complicidad donde menos lo esperamos. El templo ha recibido novicias de dudosa crianza; el rito de pureza, que antes era sagrado, ha sido burlado. Propongo vigilancia severa sobre la casa del templo y sobre aquellas que han sido admitidas recientemente—

Un murmullo asintió. Muchos entre la nobleza veían al templo con recelo: su independencia, su poder de consagrar y excomulgar, su acceso al corazón del rey en actos privados. Lady Evelin levantó una ceja hacia Fara, que permanecía a su lado, la copa apretada en un puño.

Fara sintió el peso del escrutinio como una mano fría en la nuca. Su respiración se hizo rápida. Rowena notó el pánico que amenazaba con brotar. No hizo nada en ese instante, no por falta de instinto, sino porque el juego pedía paciencia.

La primera afrenta fue pública, y brutal en su simplicidad. En la plaza del mercado, al mediodía siguiente, cuando la ciudad aún olía a pan fresco, un hombre se subió a una tarima improvisada y llamó la atención de la muchedumbre con gritos ensayados. Era un tipo con las ropas remendadas y la cara curtida por el sol. Se hacía llamar Gorran, y su voz tenía la vibración del que ha vivido de vender verdades a quien pague.

—¡Escuchen, ciudadanos!— gritó. —Tengo algo que hará temblar la nobleza y a los falsos santos. ¡La mujer Rowena no es lo que aparenta! ¡Una vez fue ladrona en las calles, y su mano estuvo manchada de más de lo que ella confiesa! ¿Y la novicia esa—Fara? ¿No es acaso su alcahueta?—

La multitud se apiñó, los murmullos se volvieron cuchicheos. Algunos consideraron la historia una fábula melodramática: el espectáculo barato de un buhonero. Otros, sin embargo, dejaron de mirar los puestos y se inclinaron hacia la posibilidad de escándalo.

Fara se quedó pálida. Su voz apenas se oyó cuando intentó responder. —No—es mentira—

Gorran sonrió con desdén y sacó un pergamino amarillento y unas letras borroneadas. —Tengo pruebas. Viejas conexiones, viejas manos— proclamó. —Si alguien quiere silencio, puede negociar. Rowena, ¿pagarás para que esto se quede en sombras?—...



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En el texto hay: mentiras, reina, ambicion

Editado: 10.01.2026

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