Rowena

Capítulo 61

La noche había cerrado sus puertas con llave sobre la ciudad, y a través de las vidrieras del templo sólo se colaban franjas de luna que parecían cuchillas. Rowena recorrió los pasillos con paso de sombra: no pidiera perdón ni clemencia, pero sabía leer el temblor en los sonidos—las voces amortiguadas de monjas que hablaban con mascarilla de cortés miedo, el raspado de un carro que se alejaba en la distancia, el retumbar sordo del casco de un guardia que patrullaba más cerca del muro sur. Todo conspiraba a la espera de la mañana, y la mañana traería juicios.

🦋Investigación documental🦋

La cámara de los archivos del templo olía a pergamino seco y polvo fino. Las estanterías se alineaban como columnas en una catedral menor, alberguando legajos que habían presenciado bodas, bautismos, pleitos y olvidos. Rowena cruzó la sala con los dedos enguantados, como quien recoge un secreto del suelo. Hermana Lysa la esperó en la penumbra junto a una mesa de roble; tenía la vista encendida por la devoción y, esa noche, por la resolución.

—Debemos darnos prisa —susurró Lysa—. Si alguien revisa los índices oficiales, encontraremos las anotaciones que buscas, pero están cerradas con sellos que no rompo sin autorización.

Rowena inclinó la cabeza, midiendo la voz de la hermana: la mujer arriesgaba mucho con ese gesto, arriesgaba un puesto que, para ella, era la línea que separaba la luz de un abismo. No era la primera vez que Lysa cruzaba esa línea, pero quizá sí la más peligrosa.

Los legajos estaban sellados con lacre azul; el sello del Aula Mayor brillaba frío. Hermana Lysa posó la palma sobre el lacre, como si pidiera permiso, y no lo pidió a Dios sino a su memoria de niña en los patios de la ciudad: a quién debía proteger y por qué. Con un filo pequeño—un punzón que, según dijo, "sirve para las cuentas de la cofradía"—lisa la corteza del lacre. Rowena sintió que la madera bajo sus dedos temblaba.

—Si me descubren, me excomulgarán por falsificar registros y te entregarán a la corte —dijo Lysa—. Haz lo que tengas que hacer, pero recuerda: las confesiones no desaparecen por más que las escondamos.

Rowena no replicó. Entró en la fila de pergaminos con una calma que escondía sus latidos. Buscó los libros de bautismos y registros de manutención. Las manos de Lysa trabajaban con sigilo en el borde del folio: arrancó un pedazo mínimo—una línea con el nombre—y lo escondió en el dobladillo de su hábito. No fue un acto heroico: una alteración pequeña, un nombre borrado con ceniza, una firma difuminada con agua. Lo suficiente para sembrar duda. Lo suficiente, si llegaba a las manos adecuadas, para que una acusación se volviera incierta.

—Lo he hecho —murmuró Lysa cuando acabó—. Si preguntan por mí, diré que una rata mordió un volumen y que ese día fui a reparar lo que quedaba. No sé cuánto podré sostener una mentira tan grande.

Rowena tomó la mano desvencijada de la hermana y la apretó con un gesto rápido, carente de afecto, lleno de agradecimiento. En la penumbra, las dos sabían la factura que tendrían que pagar. Afuera, la ciudad dormía, pero las fichas ya estaban sobre la mesa.

🦋Negociaciones con los gremios🦋

Al alba, Rowena se vistió como quien se prepara para una tregua: ropa limpia, pliegues que no mientan. Sus pasos la llevaron a la casa del gremio de comerciantes, un edificio con ventanas que reflejaban el sol como monedas nuevas. Dentro, la sala principal bullía de hombres de cuentas y mujeres de firmas, de quienes el pan de la ciudad dependía en silencio. Aguardaron su llegada con una expectación que olía a intereses.

Rowena no pidió permiso. Subió a la tarima y clavó en cada rostro su mirada: no la del soldado, sino la del trato...



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En el texto hay: mentiras, reina, ambicion

Editado: 10.01.2026

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